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Faro de Vigo

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Cualquier tiempo pasado fue peor

Los gavilleros y la cárcel

El bandolero gallego del siglo XIX no vive huído escondido en las montañas, convive entre sus vecinos

La Casa de Xuventude, fue antes Concello de Cangas y en el siglo XIX, cárcel. | // G.N.

Con este título iniciamos una serie de crónicas y episodios conteniendo anécdotas, algunas amenas, y otras plagadas de retazos de historia. Las creemos llenas de atractiva curiosidad, extraídas del inmenso caladero de la documentación local, protagonizadas por personajes que nos precedieron. Diremos que en mi bachillerato, la Historia era un cúmulo de fechas, batallas y reyes contando la vida de los imperios, sin atender a la cotidianidad de sus gentes. Los historiadores desdeñaban lo común, lo popular. Hoy nos interesa la vida cotidiana de cualquier período histórico.

A mayor brevedad diremos que el bandolero gallego del S. XIX, no vive huido lejos de la sociedad escondido por las montañas, como ocurría en Andalucía sino de suyo, convive entre sus convecinos de manera anónima, de jornalero, campesino, tabernero o sastre… y si alguien los conocía no les señalaba porque sus fechorías las cometía en otros lugares, fuera de su feligresía. En su parroquia, estaba el confidente de gavilla, un anónimo delator que actuaba de caballo de Troya, daba el chivatazo a la banda comunicándole que tal vecino de la localidad vendiera un par de bueyes en la feria o bien una finca o tal otro estaba construyendo una casa, por tanto se les suponía con dinero fresco y de esa manera era motivo para “visitarle”.

En la zona Morrazo, destacaron capitanes de gavillas destacadas, Benito Fontenla, José Colorado alias El Andaluz, Manuel Álvarez alias El Castellano y Domingo Davila

En cuanto a la cárcel de la villa, solo daremos unas breves pinceladas para señalar que el inmueble era una ruina total y la situación de los encerrados lo calificaríamos de infrahumana.

Como las fugas solían ser frecuentes no solo por el mal estado de la cárcel, ventanas desgajadas… techumbre al que faltan tejas, rejas en mal estado, falta de celo de los guardianes… sino por una situación de crisis económica y moral. Sin embargo, cuando el reo no interesaba su fuga, se le ponía un grillo o bola de hierro de 25 libras de peso sujeto a uno de los tobillos que le impidiese escapar. Todo ello estaba al capricho del juez

Los encerrados su situación era de lo más lastimero, de insufrible miseria. El preso tenía por compañeros la suciedad, el frio y el hambre, un sufrimiento añadido a la condena. Alguna de estas tres calamidades solía mitigárselas la caridad cristiana de algún conmovido vecino que llevado de la piedad, dejaba en testamento ropas que llevó en vida y, con suerte, podía caer alguna manta, ya raída por el mucho uso, le protegiese del frio. Asomado a las rejas, que miran a la calle de la Cárcel, hoy Benigno Soage, los reos pedían limosna a los que pasaban.

¿Por qué pedían caridad? Porque el condenado debía pagarse de su bolsillo su propia manutención. Los que tenían ciertos bienes, la familia le traía el sustento. ¿Se imagina el lector cómo lo pasarían aquellos carentes de fortuna, que eran casi la totalidad de los reos?

En localidades pequeñas como Cangas, la precariedad del sistema penitenciario no permitía la existencia del funcionario carcelero que custodiara la cárcel. Esta responsabilidad recaía sobre los propios vecinos que obligados por el juez, se encargaban de vigilarlos en grupos de dos a cuatro o cinco hombres, dependiendo de la calaña de los internos, para relevarse cada poco tiempo. Los que custodiaban la cárcel ocasionalmente podían encontrarse algún reo conocido o pariente, en ese caso aun corriendo el riesgo de ser castigado, le permitía salir y acercarse a la iglesia, que estaba a pocos metros, para pedir limosna entre los asistentes a misa, procuraba siempre que el cura oficiante o el sacristán no advirtieran su presencia, en caso contrario era rápidamente expulsado. De esa manera con lo recaudado aliviaría en lo posible el hambre de ese día.

Año 1607.- Famoso ladrón

Para encontrar bandas de ladrones en la comarca no hay que esperar a los gavilleros del Siglo XIX. Los delincuentes existieron y existirán, en cualquier época. En la localidad, encontramos ya precedentes de bandolerismo en el Siglo XVII, a un tal Francisco Suárez que capitaneaba una banda de ladrones cometiendo robos por toda la comarca incluyendo el otro lado de la ría. Robos que hoy nos parecerían ridículos, pero entonces, se consideraban de sumo valor. No olvidemos que nos hallamos ante una sociedad muy pobre y cualquier objeto o utensilio tenía muchísimo valor.

En 1607, el juez de Cangas había condenado al forajido Francisco Suárez a 4 años de destierro y prisión por haberle robado la mula al cura de Teis. El abad, Alonso Núñez, privado de su medio de viajar, protestará airadamente contra el juez acerca de las andanzas de este personaje diciéndole que la dictada sentencia no llegó a cumplirla pese a ser condenado a galeras. Es más, le manifiesta que Suárez anduvo suelto y se unió a otra banda de ladrones capitaneada por su suegro Juan Martín quienes comenzaron a asaltar y saquear las casas y haciendas por Santomé de Piñeiro y Ardán “donde hurtaron mucha cantidad de dinero y cometieron fechorías en distintos lugares de la zona y ahora andan huidos. Añade el clérigo que en cierta ocasión el Corregidor de Bayona los condenara también a galeras. El indignado abad exigía al juez que “por tales hechos los conduzca a la cárcel donde ahora se encuentran y se lleve ante el Gobernador para un mayor castigo, cosa que todavía Vuestra Merced no hace”.

¿Cárcel por prostitución?

Uno de los encierros más antiguos del que tenemos documentación, lo encontramos en la pobre moza Juana Freire mujer soltera, pasa de los 25 años y vecina de Darbo. Dice ser huérfana, hija que quedó de Alberte Gago. Juana está presa en la cárcel pública de la villa desde “…va corriendo ya por más de tres meses” reza el acta y ante la imposibilidad de alimentarse por su cuenta pues carece de recursos, Juana pide clemencia al Juez Pedro Menduiña, la libere de la prisión pues declara “ser mujer pobre y no tiene medios con qué sustentarse y además declara haber dicho la verdad en que se halla preñada como es notorio y no saber de quién”, suplica “la deje suelta y tenga con ella benignidad”. Desconocemos el delito por el qué la encerraron, probablemente por ser pobre y llevar vida licenciosa.

En septiembre del año señalado, la gavilla de ladrones capitaneada por Domingo Davila vecino de Ardán, varios miembros de la banda están presos en la cárcel pública de Cangas, acusados de haber asaltado y saqueado la casa rectoral de su propia parroquia de Ardán y dado muerte a su párroco D. Benito Enríquez Valladares la noche de 23 octubre de 1809. Poco tiempo después, la banda fue detenida.

Uno de los miembros de la gavilla de Davila, Nicolás Iglesias vecino de Ardán y partícipe del salto a la mencionada rectoral lleva encerrado tres años, al cabo de los cuales logró fugarse. Perseguido por la justicia, cuatro años más tarde, el 19 de septiembre de 1816 es capturado gracias a dos vecinos suyos de Ardán que le delatan

Puesto ante el juez, Nicolás declara bajo juramento que hizo la fuga sólo por pura necesidad “para poder comer, buscarse la vida y ganar algún dinero” Le confiesa que desesperado y “viéndose muy hambriento y pereciendo de necesidad y miseria, el año pasado de 1812 se le presentó la ocasión de poner remedio a su calvario y provechando que estaba la puerta abierta de la celda sin sus vigilantes se salió de ella por puro menester y a ninguna otra cosa”, decía.

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