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“No hay momento del día que no esté con La Palma”

La palmera Carmen María de las Casas vive en Moaña y con ella están sus padres que no pudieron volver a la isla

Antonio de las Casas y Consuelo Dolores Henríquez, con su hija Carmen María, en Moaña; e imagen del volcán Cumbre Vieja en La Palma. Santos Á. / EFE - Miguel Calero

En una pequeña casa en Moaña se siguen, día a día, los acontecimientos en La Palma y se llora por la dramática situación que está dejando la erupción del volcán de Cumbre Vieja, con 1.500 casas ya arrasadas. Es la vivienda de Carmen María de las Casas Henríquez, nativa de La Palma y que lleva 19 años en Galicia, en donde es profesora de Matemáticas en el Instituto Monte Carrasco. Con ella están sus padres Antonio y Consuelo, que llegaron a Moaña a finales de julio para pasar el verano y que no han podido regresar a la isla, a la espera de que mejore la situación.

No puede reprimir la emoción cuando habla de su isla de La Palma porque, aunque está a más de 20.000 kilómetros de distancia, en la casa en donde reside desde hace 15 años en Moaña, Carmen María de las Casas Henríquez asegura que “no pasa un momento del día en que no piense con la cabeza y con el corazón en ella”. Desde el 19 de septiembre, cuando erupcionó el volcán Cumbre Vieja, "vivo con una angustia, con una presión en el pecho que no soy capaz de sacar de dentro”. Aunque es gallega de adopción, La Palma “es la tierra que llevo dentro". La casa familiar en la isla está a salvo, aunque los primos de su madre, que residen en el núcleo de Los Llanos, tienen la lava a 5-6 kilómetros de distancia.

Profesora de Matemáticas en el Instituto Monte Carrasco, de Cangas, asegura que lo primero que hace cuando se levanta es poner la televisión para seguir, a través de los medios de comunicación, los últimos acontecimientos del drama en su isla. Con ella, siguen en Moaña sus padres Antonio, de 81 años; y Consuelo Dolores, de 79; que llegaron de La Palma a finales de julio para pasar el verano y tenían previsto regresar en septiembre, aunque la erupción del volcán lo ha impedido. 

Carmen María de las Casas, en una imagen de archivo, en su isla natal de La Palma. Cedida

Ellos viven en Santa Cruz de La Palma, en donde nació también Carmen María, a unos 30 kilómetros del volcán, pero los problemas respiratorios del padre le aconsejan no regresar debido a los gases y la caída de ceniza que también llegan hasta la vivienda. El billete de regreso lo tienen para noviembre, pero tampoco están seguros de que puedan retornar, asegura Carmen María que reconoce que ellos tienen en su esencia que son de una isla volcánica, “es una isla negra, nuestras raíces son lava y salitre del mar, eso nos forja como palmeros”. Pero nunca se hubieran imaginado el drama que ha supuesto este último volcán, ya que hasta ahora las erupciones en la isla siempre se vieron “como un fenómeno natural que no traía desgracias”. De hecho, ella nació poco tiempo después de la erupción del Teneguía en 1971, que solo afectó a algunos cultivos y estalló más cerca del mar. Su madre reconocía ayer en Moaña que ella fue a verlo con su marido, en la recta final del embarazo, sentados desde una ladera, para ver aquel espectáculo natural. Y como ellos, mucha gente.

Para Antonio de las Casas, éste ha sido su tercer volcán, ya que con 9 años fue testigo de la erupción del San Juan. “Lo que está pasando es una tragedia terrible. Por suerte no hay víctimas mortales, pero la lava se ha llevado por delante 1.500 casas, toda una vida para muchas personas, también los cultivos, su medio de vida... la isla vive, sobre todo de la producción de plátanos, y también del vino y aguacate y ahora hay que ver cómo toda esa gente se recupera de esta situación, de haber perdido todo. Se ha quedado sin nada”.

Antonio de las Casas y Consuelo Dolores Henríquez, con su hija Carmen María, en Moaña. Santos Álvarez

Ayer recibía el mensaje de una amiga: “La casa de papá sigue ahí, la de mi hermano no”

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Ayer recibía a través del grupo de WhatsApp de sus amigas y compañeras de la Universidad, un mensaje de una de ellas que es reflejo de la realidad de muchas familias en La Palma: “Ya estoy de vuelta en Tenerife. Regresé la tarde del jueves. Este ha sido un viaje descorazonador y de estar en vilo. Descorazonador por la tremenda tragedia que se vive en las zonas afectadas por el volcán y en vilo porque estás pendiente de las fotos que saca un dron para saber si tus casas siguen en pie o si simplemente han dejado de existir. La casa de papá y la de mi sobrina siguen ahí, gracias a Dios, la de mi hermana no, ni la de algunos vecinos y amigos. La pérdida de la casa no es sólo la pérdida de una construcción es la pérdida de un estilo de vida: tus flores, tus huertas, tus animales, el cortadito con la vecina, el encuentro en verano, la acogida en Navidad… La lava sigue ganando territorios y a cambio la gente pierde su trabajo de años, su casa, sus cultivos… Por el día el paisaje se vuelve inhóspito, desolador y oscuro, pero por la noche un río de oro baja por la montaña y se desparrama ladera abajo ajeno a la angustia de tanta y tanta gente. Todos queremos despertar y que todo vuelva a ser como antes: nuestros caminos, nuestros vecinos de siempre, nuestros patios llenos de flores… Ahora toca armarse de coraje y tirar para delante”.

Una foto de Carmen María de las Casas

Una foto de Carmen María de las Casas

Carmen María asegura que vive como en una pesadilla de la que no logra despertar, ya que siguen los temblores y las erupciones en la isla, como la última que ya amenaza al núcleo de la Laguna: “La lava está arrasando con todo, cambia el paisaje y la esencia de La Palma. Es como si te aplastara a ti también”.

Está muy agradecida por todas las muestras de solidaridad que se ha encontrado aquí, desde una panadería pequeña que ha destinado la recaudación de un día a la isla, a cómo se promociona el plátano de la isla en las fruterías. Ella también los ha llevado a su instituto, en donde no sabe cómo agradecer a sus compañeros que no dejan de preguntarle por la gente de la isla y también a los alumnos, que han demostrado mucha sensibilidad. Es consciente de todo el trabajo que queda para que los palmeros puedan remontar sus vidas.

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