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Tribuna Libre

Adolescencia y pandemia

El confinamiento afectó más que nadie a los adolescentes. Es una etapa en la que un terremoto vital lo cambia todo, y la pandemia dejó a los adolescentes paralizados en medio del terremoto. Es una etapa en que las contradicciones se nos enredan en los pies. Necesitamos sentirnos independientes pero seguimos necesitando mucho afecto. Queremos comernos el mundo y a los cinco minutos un grano nos derrumba. Dejamos de ser débiles física y mentalmente pero seguimos siendo muy vulnerables. El mundo se expande. Por fuera, por dentro y en la superficie. El cuerpo se transforma cada semana en el espejo. La cara se alarga y endurece. La nariz y todo en general, crece. Disfrutamos del riesgo, tomamos decisiones como si no hubiese mañana. Buscamos sentido a la vida, mientras las responsabilidades, espacios, actividades, se transforman aceleradamente. Y nos surge la pregunta ¿quién soy yo?

Y buscamos la respuesta de esa pregunta vital en nuestros iguales. Necesitamos socializar, ser aceptados, experimentar. Poner a prueba normas y límites. Necesitamos estar con nuestras amistades, colegas, panda. Tenemos una enorme necesidad de contacto. De descubrir quienes somos imitando al grupo, criticando, hasta odiando lo que hacen los mayores, u otros grupos. Posicionándonos. Las opiniones novedosas de influencers nos embaucan. Podemos caer en mitos y fakes, que con simples pero rompedoras explicaciones nos explican el mundo de nuevos modos, demostrando las equivocaciones del sistema. Así creemos que el cannabis es bueno para la salud porque es natural, que si sigues apostando recuperas, que puedes tener un cuerpazo con superalimentos o dietas ultimísimas.

El cerebro en la adolescencia está madurando, las hormonas borboteando. Y patina bastante el autocontrol. Hay una fuerte tendencia a ir contra lo establecido, a diferenciarse de las imposiciones adultas, para sentirse genuino, con identidad propia. Reforzada por el grupo de amistades. Que idolatramos porque nos quieren tal como somos, no por pertenecer a una familia, que nos quiere por obligación. Porque validan lo que sentimos. Y una pareja se convierte en el no va más. Me quiere a mí, y solo a mí, por lo que soy, por como soy, por mi cara y mi cuerpo. Me voy a tatuar su inicial. Y si nos deja, o no nos podemos ver, sentimos que se acaba el mundo.

Las dificultades para tocar, abrazar, empujar, descubrir, reír. El vacío, la desesperación de no poder quedar con las amistades, la imposibilidad de soltar las parrafadas que no pueden entender una madre o un padre. No poder salir cuando se salía hasta el amanecer. La reducción de contactos durante el confinamiento fue una bomba en la línea de flotación de la adolescencia. Con las habilidades para tolerar la frustración todavía formándose. En un momento histórico en el que llevaban una década aumentando los problemas de salud mental en adolescentes. Porque se habían relajado la autoridad de padres y madres, los límites. Y aumentado la sobreprotección y permisividad. Había más libertad pero menos responsabilidad. Todo en un contexto de deficiente apoyo emocional, donde no se enseña a tolerar la frustración, y con un deterioro en la nutrición y el sueño. Problemas como la depresión, el TDHA, las urgencias psiquiatras, el síndrome del emperador, las tasas de suicidio se venían incrementando y se han disparado con las restricciones. El malestar de las y los adolescentes ha llegado a derribar el tabú de ir al psicólogo. Se ha convertido en moda. Se anuncian ya diversas apps con sesiones por video. La pandemia destapó las carencias de una deficiente atención sanitaria a la infancia y adolescencia y una escasa presencia de la enseñanza de habilidades para la vida en el currículum escolar y en la convivencia familiar.

*Psicólogo clínico y director de la UAD de Cangas

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