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La toxina remite con el inicio del verano y el sector bateeiro vendió en 2020 más de 35 millones de kilos de mejillón

Maniobras de descarga de mejillón, ayer en el puerto de Bueu.

Maniobras de descarga de mejillón, ayer en el puerto de Bueu. Gonzalo Núñez

El verano comienza con buenas noticias para el sector mejillonero de la comarca de O Morrazo, en especial para el de la ría de Pontevedra. El Instituto Tecnolóxico para o Control do Medio Mariño (Intecmar) acaba de autorizar la apertura de los polígonos bateeiros ubicados en Aldán y dos de los tres de Bueu, lo que no suele ser habitual a estas alturas del año. Hace unos días también dio permiso para abrir las bateas de la bocana de la ría de Vigo, una autorización que acaba de quedar en suspenso de manera cautelar. El Intecmar decidió nada más empezar esta semana cerrar cautelarmente las zonas de producción Cangas F y Cangas G, que llevaban abiertas apenas cuatro días y que se corresponden con los entornos de Nerga-Barra y Liméns. El sector mejillonero de O Morrazo cerró 2020 con un notable aumento en las descargas, que superaron los 35,5 millones de kilos de molusco, cuando en 2019 se quedó al borde de los 30 millones. Así, el volumen de negocio rozó los 16 millones de euros, según los datos de la plataforma Pesca de Galicia.

La apertura en la ría de Pontevedra es casi total. El Intecmar autorizó la actividad en los dos polígonos situados en la ría de Aldán (Cangas A y B), los tres que están Combarro y dos de los tres parques bateeiros de Bueu, que estaban cerrados desde mediados del mes de marzo. El único que permanece todavía clausurado es el Bueu A1, que está situado en el ámbito entre Agrelo y Lapamán. En la ría de Vigo la mayoría de las zonas de producción están también operativas. A principios de mes pudieron retomar el trabajo los polígonos de Tirán y Meira y la semana pasada reabrieron los tres que están en Cangas, una reapertura que en el caso de Barra y Liméns duró apenas unos días y en estos momentos se mantienen en situación de cierre cautelar.

Un bateeiro de Bueu trabajando ayer en el polígono Bueu A2, situado en Beluso. | // GONZALO NÚÑEZ

El informe anual del Intecmar constata que el año 2020, pese al COVID-19, dejó un balance más que favorable para los acuicultores de mejillón de la comarca de O Morrazo, aunque con algunos matices. Especialmente en el caso de Bueu, donde es necesario incluir en ese balance el primer trimestre del año 2021.

Los polígonos del distrito marítimo de Cangas –en los que se incluyen las bateas de Cangas, Aldán y Moaña– descargaron en 2020 un total de 28,2 millones de kilos, con una facturación global de 13,3 millones de euros. Son cifras que superan los 22,1 millones de kilos y los 10,8 millones del ejercicio 2019.

En Bueu sí que hubo una reducción en el volumen de descargas y de negocio. En 2020 fueron 4,3 millones de kilos y 2,5 millones de euros de facturación, mientras que en 2019 las cifras registradas por Pesca de Galicia fueron de más de 7 millones de kilos y 4,2 millones de euros de facturación. Ese descenso se explica por el hecho de que las bateas de Bueu se pasaron la última campaña de Navidad cerradas por culpa de la toxina. La reapertura no llegó hasta la víspera de Reyes –ya en el año 2021–y a partir de ese momento la actividad fue frenética, sin parar ni domingos ni festivos.

“Fuera de serie”

Los propios bateeiros de la localidad reconocían abiertamente que si se hace un balance conjunto de 2020 y principios de 2021 el resultado es sencillamente “algo fuera de serie”. A esas alturas el resto de las zonas de Galicia ya habían colocado toda su producción en el mercado y por ello la demanda de producto se concentró en Aldán y especialmente en el puerto de Bueu, por donde cada día pasaban más de una veintena de camiones con capacidad para entre 20 y 25 toneladas. Así, hubo jornadas en las que las descargas se estiman que superaron el millón de kilogramos. Unos datos que se corresponden a la cosecha de 2020, pero que aparecerán reflejados en el informe final de 2021.

La mayoría de esa producción se destinó a la industria, que pagó el producto a buen precio. La mayoría de las conserveras se quedaron sin producto durante el confinamiento y el estado de alarma y necesitaban reponer existencias, lo que fue un estímulo para la demanda y para el precio del mejillón.

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