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Benito de Soto Aboal, pirata pontevedrés (II)

Su barco “Burla Negra” encalló en Cádiz y perseguido por los ingleses fue detenido y ahorcado en 1830 en Gibraltar

Un retrato de Benito de Soto y una recreación de su embarcación.

Un retrato de Benito de Soto y una recreación de su embarcación.

El profesor José Moreira Pumar concluye en esta segunda entrega el recorrido por la historia del pirata Benito de Soto Aboal, que antes de ser capturado intentó colocar en Beluso el botín de su rapiña. Los testimonios de aquellos que lo conocieron hablan de un hombre de “terrible apariencia” y una “mirada diabólica” pese a su juventud. El pirata pontevedrés intentó retirarse al Mediterráneo para vivir de rentas después de vender su botín. Un plan parecido al del “cuento de la lechera”, que se frustró al encallar su barco en Cádiz. Él logro escapar, pero fue detenido, juzgado y ajusticiado en Gibraltar en enero de 1830

Los que estuvieron bajo su mandato, describían a Benito Soto como hombre, de “terrible apariencia”, pese a su extrema juventud, 23 años. Siempre de pie en el castillo de popa con los brazos cruzados, su miraba amedrentaba, sus órdenes se ejecutaban sin demora ni la menor protesta. Algunos lo calificaban, persona de “mirada diabólica”. Afirmaban que nunca sintió la más mínima empatía y lástima ante los llantos y súplicas de sus víctimas ni sentir el menor remordimiento o desasosiego por el delito cometido. A todos mató, no quería dejar testigos que pudieran delatar sus fechorías, así evitaría problemas si algún día cayese en manos de la Justicia.

Primeros escarceos delictivos

Las primeras lecciones delictivas aprendidas por Benito, fueron en compañía de su tío materno José Aboa. Se trataba de saquear en los galeones hundidos en el estrecho de Rande. Los “furtivos” (sic) expoliaban de su interior toda clase de pertrechos y objetos, para luego venderlos. Muchos de estos furtivos solían ser los vecinos de Rande que aprovechando la bajamar se dedicaban a “rastrear” (sic) en los galeones con artilugios especiales que ellos mismos elaboraban. El rastreo en los navíos estaba totalmente prohibido, se castigaba con penas de cárcel. Para poder “rastrear” legalmente se precisaba licencia especial de la Hacienda Pública, pero costaba dinero. Durante muchos años los galeones de Rande, pese a las fuertes medidas de vigilancia y sanciones, fueron objeto de constante pillaje y latrocinio por parte de los locales , hasta casi finales del S. XIX.

Siempre de la mano del oportunista tío José, el joven Benito llegó a conectar con los “carcamanes” en Beluso y beneficiarse en el “acarreo” contrabandista gibraltareño. Allí corría un dinero fácil de lograr cosa que animaría a nuestro personaje a continuar por esa senda. Un dinero fácil, asequible, lejos de la dura faena de la pesca y los escasos beneficios.

A partir de este momento, existe una nebulosa en la vida de Benito. Lo cierto es que pronto lo vemos embarcado en un buque corsario y esclavista brasileño visitando la costa de África. Un negocio cruel e inhumano, pero legal y en alza por entonces, al considerar al negro individuo de raza inferior. Un comercio que reportaba cuantiosas ganancias. Señalaremos que por aquel entonces, A Coruña entre 1816 y 1820 era centro esclavista de suma importancia, llegó a contar con 32 armadores dedicados a este inhumano comercio. Hoy, alguna de aquellas firmas comerciales, se han convertido en respetables entidades bancarias.

Acción depredadora

Benito Soto capturado por los ingleses y juzgado en Gibraltar confesará ante los jueces que su primer asesinato fuera contra un miembro de su tripulación, un marinero de Ferrol llamado Miguel Ferreira que harto de su comportamiento le descerrajó un tiro en el pecho arrojando a continuación, su cuerpo al agua.

Afortunadamente, su venturosa vida de desmanes será corta. Sus primeras fechorías piratas comienzan temprano con solo 17 años en Río de Janeiro enrolado, como segundo contramaestre, en el buque corsario llamado “O Defensor de Pedro” al servicio del emperador de Brasil.

En uno de los viajes a la costa africana, se inicia una rebelión encabezada por Benito que acaba apoderándose del navío. Benito, su nuevo capitán, dejaría abandonados en tierra a su suerte aquellos marineros que no se habían sumado a la rebelión. A partir de ahora deja de servir a la autoridad brasileña como corsario para convertirse en pirata. Benito solo tiene 23 años.

Cuando Benito es puesto ante la Justicia gibraltareña sabemos por el sumario que su primera víctima como pirata, sería el “Morning Star,” un mercante inglés que trató de huir, pero perseguido por “O Defensor de Pedro” más veloz, pronto le daría alcance. El “Morning Star” procedente de Ceilán (actual isla de Sri Lanka) navegaba rumbo a Inglaterra.

Una recreación en Pontevedra del pirata Benito de Soto y su tripulación del barco "Burla Negra" Rafa Vázquez

Llevaba a bordo militares enfermos y mutilados. Entre sus pasajeros iban nueve niños y cuatro mujeres, esposas de militares procedentes de aquella colonia inglesa. El “Morning Star”, es apresado, registrado de arriba abajo, saqueado, se vació de todo lo que de valor había y se destrozó a sablazos lo que no les servía. Sigue a continuación un humillante “festival” de vejaciones y barbaridades con los abordados, barbaridades que el lector puede imaginar entre ellas, la muerte del capitán de un sablazo y la infame vejación de las cuatro mujeres. Después de la orgía, Benito ordena encerrarlos a todos en la bodega, les cierra las escotillas de cubierta e intencionadamente provoca una vía de agua que lo llevará al fondo. Su política es no dejar atrás testigos.

Abandonados a su suerte, algunas horas después de haberse alejado “O Defensor de Pedro” los encerrados consiguen liberarse al taponar la vía de agua y lograr romper la escotilla. Tras muchos sacrificios y vencer dificultades los sobrevivientes del “Morning Star” lograrían llegar a Londres.

No más errores

El “Topacio” es otra de las víctimas. Se trata de una embarcación norteamericana matricula de Boston que desafortunadamente, correría peor suerte que el bergantín inglés. Benito esta vez no quiere cometer errores, mata a toda su tripulación salvo al capitán y tres marineros que los encierra en la bodega del barco y lo incendia antes de hundirlo, según declararía más tarde en juicio. Benito para que no reconocieran su embarcación lo mandará pintar de negro, de ahí, en adelante su navío llevará nuevo nombre: “Burla Negra”. El botín obtenido en esta ocasión fue 80 balas de tela de seda y un barril de añil, entre otros más efectos.

Regreso a Pontevedra

Tras otros asaltos, Benito Soto necesita convertir lo robado en efectivo sonante por lo que pone rumbo a Pontevedra. El 17 abril de 1828 hace su primera escala en Beluso. Benito es viejo conocido de lo que allí se cuece. En contacto de nuevo con su tío José trató de colocar toda la mercancía que pudo como lo vienen haciendo los traficantes “carcamanes” a comerciantes y oportunistas. Pero la presencia del “Burla Negra” y el extraño comportamiento de su tripulación pronto despertaron sospechas y dos días más tarde, pone mar por medio y fondea en Marín escondiéndose detrás de la isla de Tambo para que su buque no sea visto desde Pontevedra.

Sus aguas le parecen más tranquilas donde conocerá también a través de su tío José a un tal D. Francisco, personaje pontevedrés de cierto relieve social, pero de escasa moralidad quien le recomienda sea cauteloso, se traslade A Coruña donde tendría una mejor venta la mercancía.

Como dato curioso se dice que estando en este puerto de Marín, Benito Soto de acuerdo con el cura párroco, dispone que en el templo parroquial, se celebre una misa de acción de gracias para agradecer al Altísimo las riquezas obtenidas.

Media docena de asaltos y 75 personas asesinadas

Ya en Coruña, el “Burla Negra” con una dotación joven y de muy baja catadura, derrochando alegremente dinero a manos llenas y atiborrada de alcohol les hacía soltar demasiado la lengua, se comienza a sospechar, cunde la alarma y el pontevedrés se verá obligado zarpar a prisa y poner rumbo al Mediterráneo donde pretendía continuar sus fechorías al amparo de la piratería marroquí. Por el camino, pronto cambia de idea y decide retirarse. Sabía que la flota inglesa le persigue por todo el Atlántico.

Es hora de retirarse, se deshará del buque, colocará el resto de la mercancía en Cádiz o Gibraltar por ser buenas plazas y, como “el cuento de la lechera”, será rico y feliz, disfrutar y vivir de rentas. Para no alargar el texto, abreviaremos diciendo que el destino le deparará una mala jugada. El “Burla Negra” por un error de cálculo encallaría cerca de Cádiz en un punto llamado Ventorrillo del Chato.

A partir de este momento, las cosas se le complican, las autoridades le llegan a reconocer y le prenden junto con su dotación, pero Benito es escurridizo y consigue fugarse para refugiarse, nada menos, que en Gibraltar. Y como sucede a la lechera del cuento, el cántaro se le rompe y nuestro pirata perderá toda aspiración de futuro. Diez hombres de su tripulación son juzgados en Cádiz y sentenciados a la horca. Perseguido por los ingleses Benito es reconocido y detenido en La Roca y tras casi dos años encarcelado, se le juzga y es condenado a morir ahorcado, sentencia que se cumpliría el 25 de enero de 1830. Apenas contaba 25 años de edad. Se dice que en el instante de su muerte, un sacerdote anglicano le acompañó hasta el tablado de ejecución, lo había solicitado. El balance de sus desmanes se resume a seis buques asaltados, otros historiadores afirman que fueron diez, el número asesinados se elevan a 75 personas.

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