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Benito de Soto Aboal, pirata pontevedrés (I)

La historia de un bandolero descrito por muchos como un hombre “de terrible apariencia con mirada diabólica”

Barrio pontevedrés de A Moureira, donde nació Benito de Soto Aboal.   | // RAFA VÁZQUEZ

Barrio pontevedrés de A Moureira, donde nació Benito de Soto Aboal. | // RAFA VÁZQUEZ

Con o título de “O pirata da Moureira” publicó el que fuera el último gobernador civil de Pontevedra Jorge Parada Mejuto, un exhaustivo relato de las andanzas de este pontevedrés y al que seguiremos en parte de este trabajo, la biografía de Benito Soto Aboal considerado el último y más sanguinario pirata que surcó los mares en la primera mitad del Siglo XIX.

Parada Mejuto relata en su libro - a cuya presentación asistí- que Benito naciera en el histórico suburbio pontevedrés de A Moureira en 1805, un viejo arrabal de pescadores a orillas del Río Lérez. Un barrio que a estas alturas del S. XIX, apenas queda nada de su brillante pasado en que su poderoso Gremio de Mareantes imponía su autoridad y normas sobre la pesca a los demás puertos de las Rías, un vigoroso gremio a cuya sombra se erigió en el siglo XVI, el majestuoso templo de Santa María la Mayor de Pontevedra.

Benito Soto sería el tercero de los ocho hijos que su padre Francisco de Soto Franco tuvo con su segunda esposa Lorenza Aboal, sobrina carnal de Manuela Aboal su primera mujer. Benito creció en el seno de una familia netamente marinera. Su niñez y adolescencia estuvo sometida a los sinsabores de la escasez, necesidades que compartiría con un montón de hermanos y medios hermanos fruto de los dos matrimonio de su padre.

Desde muy temprano, Benito con su padre y los dos hermanos mayores trabajaron en la pesca, debían contribuir al sostenimiento familiar. Cada miembro debía ganarse el pan que comía.

Cuando su padre falleció, nuestro personaje, todavía era un adolescente, apenas 16 años, se convierte en el sostén de la familia pues ya falleciera Cayetano el mayor y primogénito de sus medios hermanos fruto del primer matrimonio. También murieran los otros dos hermanos anteriores a él, José Ramón y Juan de Dios. Lorenza, su madre, quedó viuda joven, contaba treinta y ocho años y un montón de hijos a su cargo. Lorenza casaría de nuevo con un marinero vecino de Vigo al que Benito llegaría a odiar. El nuevo matrimonio de Lorenza daría a Benito, como antes afirmábamos, tres nuevos medios hermanos, llegando a componerse una numerosa familia de 14 miembros.

Situación

El medio social que envolvió a nuestro personaje en su corta vida fue de extrema dureza. La lucha por la subsistencia, forjaría su dureza de carácter que acabaría por convertirlo en uno de los piratas más despiadado, probablemente, de la historia pirática. En España, la situación no es buena, el país entra en un período calamitoso. Es la España negra del reinado de Fernando VII. El desgaste económico producido por las guerras con Inglaterra y Francia, desde su padre Carlos IV, acabaron por agotar económicamente el país. España se verá envuelta en una cruel contienda de 6 años contra el poderoso ejército de Napoleón, la Guerra de la Independencia (1808- 1814). El rastro dejado tras la contienda fue desolador, la agricultura improductiva, nos conducirá una penuria generalizada por todo el territorio nacional, su gente, brutalmente castigada por el hambre, robará como forma de subsistir.

Finalizada la guerra, no es pues, extraño que ante este desolador panorama de miseria, la sociedad se llenase de ladrones, forajidos y salteadores. Andalucía se verá saturada de bribones, forajidos y bandoleros. Recuérdese a José María Hinojosa alias “El Tempranillo”, a Juan Palomo o los famosos salteadores de caminos llamados “Los Niños de Ecija”. De aquellos forajidos andaluces perduraba entre nosotros, hace algunos años, aquella frase “Vay roubar a Sierra Morena”, cuando alguien pretendía engañarnos o estafarnos.

En estos desdichados años veinte, Galicia también se verá plagada por numerosas cuadrillas de ladrones conocidas como “gavilleros”. Se trata de pandillas de hambrientos ladrones que dirigidos por un cabecilla, asaltaban y robaban tanto a ricos como a pobres labradores, con preferencia las casas rectorales, en ellas se decía que “na casa do cura siempre había fartura”. Roban únicamente para comer: pan, tocino, vino. Incluso prendas de ropa de vestir como zapatos. En El Morrazo, por ejemplo fueron conocidos jefes de gavilla, Domingos Davila y Benito Fontenla ambos cabecillas y vecinos de Ardán; este último llegó a matar al cura para robarle, entre otras prendas, el vino de la bodega; otro famoso cabecilla fue Manuel Pérez alias “El Andaluz”. Sus asaltos y fechorías tuvieron por marco Cangas y las aldeas del interior.

En Vigo, al contraerse el comercio, las élites industriales (mayoritariamente catalanes) aprovechando las circunstancias de la guerra napoleónica, vieron en el mundo corsario la forma de resarcir sus pérdidas. Sus embarcaciones, antes dedicadas al transporte, se convierten en navíos corsarios. Con licencia real o “patente de corso”, asaltan embarcaciones enemigas para apoderarse del navío y cargamento, su latrocinio llegaba al mezquino extremo de apropiarse de las ropas que en ese momento tenían puestas los pobres marineros. En ocasiones, su actuación iba más allá de las limitaciones impuestas por la “ley del corso” (corsario es distinto de pirata), cometían irregularidades apresando buques de neutrales, se les detenía bajo el pretexto de comprobar si llevaban mercancías prohibidas. Les dejaban libres después de rapiñarles algún raquítico botín consistente, casi siempre, en alimentos (azúcar, café, bacalao, tocino, queso…) sin despreciar algún que otro pertrecho naval. Regresara a puerto de vacío suponía pérdidas..

Su primera escuela en la ensenada de Beluso

Continuando con esta desastrosa situación, señalaremos la ensenada de Beluso, ese modestísimo núcleo de población próximo a Bueu, por muy extraño que parezca jugó un destacado papel. Allí, Benito tendría su primera escuela en el mundo delincuente. Beluso una pequeña ensenada oculta lejos de las miradas de la justicia, se había convertido en un nido de marginados traficantes. A su ensenada, llegaban y fondeaban peligrosos buques contrabandistas. Se trata de personajes, mitad comerciantes y mitad delincuentes. Eran los llamados “carcamanes”, traficantes de origen genovés, contrabandistas que asentados en Gibraltar introducían en Beluso toda clase de mercancías de variadas telas, tabaco, licores y un sinfín de fardos conteniendo artículos prohibidos procedentes de aquella colonia. Hasta bien avanzado el S. XIX, los ”carcamanes” gibraltareños hicieron de este lugar un floreciente comercio ilegal (comercio históricamente apenas estudiado). Atraídos por el contrabando y precios de oportunidad, acudían a este fondeadero tenderos, vendedores, feriantes y toda clase de minoristas de la comarca para luego distribuirlos por ferias y mercadillos en tenderetes al aire libre. Los contrabandistas gibraltareños eran gentuza peligrosa, no tenían reparo alguno en intimidar y enfrentarse a los acobardados carabineros de Cangas si estos pretendían controlarles. Solían navegar en flotillas de tres o cuatro embarcaciones todas con artillería que no dudaban en asaltar algún navío si se le presentaba la ocasión. En 1822, cuatro de estos buques “carcamanes” hundieron y quemaron un patrullero español el “Hermosa Rita” que pretendía controlarles. Después de un duro enfrentamiento, lograron destrozarlo tras un intenso fuego de artillería. A su dotación la amenazaron con ahorcarla, sirva de advertencia – decían- nada de registros ni controles en lo sucesivo. Salvaron sus vidas de milagro, uno de los capitanes gibraltareños se oponía a su liberación, pretendía llevar a cabo las ejecuciones. Les permitieron desembarcar entre los peñascos de la costa próximo a Bueu, en una playa muy pequeñita que hoy se la conoce como “playa de los Carcamanes”. Las desgracias para España no acaban, se diría que los españoles inician sus desavenencias, se abre una nueva era que desgraciadamente hoy todavía está vigente: el período llamado de las “ Dos Españas” y con ello se inicia el capítulo de las guerras civiles ( de momento van cinco). Este desgraciado período, tendría su primer enfrentamiento en el llamado Trienio Constitucional de 1820 a 1823. Ahí no acaban los males. Y como a perro flaco todo son pulgas, nuestras colonias de América se sublevan contra la metrópoli en la lucha por su independencia en que la siempre intrigante Inglaterra tendrá un siniestro y relevante papel en apoyo, naturalmente, de los independentistas criollos. Resumiendo, se diría que aquella España decimonónica, conocida como “el siglo de las revoluciones”, apenas conocería un momento de paz. Por doquier, proliferaban forajidos y delincuentes de todo pelaje. En este sórdido contexto se forjó, mejor diríamos “educó” Benito Soto, pero aun así no justificaremos en modo alguno, su cruel comportamiento.

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