Cangas luchaba ayer contra la invasión turca. Hace 400 años, la plaga era la peste, el hambre y la Inquisición, ahora es el Covid-19. Así que la escenificación del desembarco de piratas berberiscos en Cangas se tuvo que acomodar a las circunstancias de esta pandemia. No hubo ayer piratas desembarcando en el muelle de Cangas, ni "A defensa da vila" tuvo lugar en las calles de la villa. Todo se concentró en el escenario de la explanada de Ojea, donde se apreció un mayor atrezzo y una escenografía más completa que si la obra se representa por las calles de Cangas.

El teatro de Ningures puso hincapié en los detalles. Se cuidó no solo a ambientación, sino también el vestuario y la música en directo. El trabajo de narrador fue acertadamente sustituido por el de un ciego que acompañado por una zanfoña comenta los hechos que ocurrieron en aquella Cangas profanada, en la que su población fue pasada a cuchillo, apresada y vendida como esclava en Oriente para más tarde sufrir los avatares de la Inquisición, donde surge la figura de María Soliño, que había de ser condenada por bruja.

El cante alegre de unas mujeres era la banda sonora de lo que ocurría arriba en el escenario, donde se podía ver un pueblo alegre que vivía del mar, con las mujeres reparando las redes. La música se interrumpe cuando Pedro Barba, interpretado por Lois Soaxe, llega con la noticia de que los piratas turcos desembarcaron en Domaio, donde mataron a siete hombres y que se les había visto desembarcar en la playa de Rodeira. En ese momento, de entre el público, salen los piratas armados y se produce la matanza que después canta el ciego. Pedro Barba, a la postre esposo de María Soliño, cae en dura pelea con las tropas berberiscas. La música toma la palabra mientras que las mascarillas anticovid de las actrices confunden por un momento a lugareñas con tropas invasoras. Después de un tiempo toma la palabra María Soliño, interpretada por Mónica Camaño. También de entre el público asistente emerge la figura del inquisidor, interpretada por Fausto Núñez, que llega hasta el escenario con zancos, para el juicio sumarísimo a María Soliña, que quiere defenderse con la palabra del atropello y la injusticia.

Fran Paredes ejerció de Cego,y Sara Malvido, de lazarillo. El diseño del cartel estuvo a cargo de Diego Seixo, la iluminación fue cosa de Salvador del Río, el vestuario de Sonia Rúa, , la confección de Mila Abal, el profesor de esgrima histórica fue Ricardo Soto, la composición musical recayó en Anxo Graña e Guillermo Lamosa, de la escenografía se ocupó Pablo Giráldez (O Pastor) y la dirección corrió a cargo de Casilda Alfaro, Sonia Rúa y Salvador del Río. Participaron también los colectivos A Cepa, Adicam, Ameaça de Bombo, Banda de Gaitas de Tromentelo, Escola de Teatro de Cangas, Peis d'hos, Asociación Cultural Lembranzas da Ría y la Escola de Música de Cangas. Participaron 60 actores y actrices, que dieron vida a 13 piratas, 3 nobles, el inquisidor, María Soliña, dos curas, el ciego, la lazarilla y las meigas.

El escenario de la explanada de Ojea salvó "A defensa da vila", que parecía condenada a aplazarse por culpa de la pandemia. En el patio de butacas al aire libre se mantuvieron la distancia de seguridad y era obligado entrar con mascarilla y lavarse las manos con gel hidroalcóholico. Se puede decir que se llenó el aforo y mucha gente se detuvo en las vallas a presenciar la actuación. Pero la Policía Local ni Protección Civil permitieron aglomeraciones en esas vallas, obligando a la gente a distanciarse.

Fue un espectáculo muy bien cuidado. Si me apuran, mejor que el que se hace en la calle otros años. La diferencia está en que por las calles de la villa cobra mayor emoción y las luchas entre los piratas y los cangueses son más emocionantes, con un público más metido en la obra.