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O Hío recuerda a Antonio Graña

Mañana se realizará un acto de homenaje al que fuera párroco entre 1931 y 1981

O Hío recuerda a Antonio Graña

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E.ALFONSO FERNÁNDEZ SOTELO | CANGAS

Muy joven, 25 años, se hizo cargo de la parroquia de Hío, y en ella permaneció hasta su jubilación en 1981.

D. Antonio, y su antecesor D. Ricardo, sucedieron a dos párrocos muy activos, que aportaron grandes obras a la parroquia: D. Juan Manuel Míguez y su sobrino D. Constantino por lo que sobre todo a D. Antonio le correspondió la tarea de solucionar flecos y trabajos menores de ordenamiento en el atrio e ir acondicionando el interior del templo de acuerdo con las nuevas necesidades. Ese mismo ordenamiento y eliminación de elementos innecesarios los ejecutó en el entorno de la Casa Rectoral y trató simultáneamente de que aquella vieja casona fuera un espacio habitable.

O Hío recuerda a Antonio Graña

O Hío recuerda a Antonio Graña

Al exterior del templo, y después de la inauguración del nuevo cementerio en 1908, la voluntad de D. Antonio fue eliminar del atrio cualquier vestigio del viejo cementerio para crear espacios nuevos para un uso también nuevo donde el Cruceiro lo dominara todo en compañía de los majestuosos cipreses, que envejecieron con los años, se fueron apagando como cualquier ser vivo y desaparecieron.

Del interior del templo puedo decir que está hoy como él lo dejó. Le llegó el tiempo de retirar los retablos colaterales de columnas salomónicas decoradas con hojas de vid y racimos de uvas de finales del S. XVII, buscó espacio para cobijar más fieles, mandó tallar algún retablo colateral y recompuso otro. Y no parece afortunada la reforma que mandó realizar en el retablo de piedra de la capilla mayor. De esto he escrito en el Libro de Semana Santa-2013 y no es preciso insistir.

Pero son otros los valores que adornan y enriquecen la trayectoria humana de D. Antonio, que sólo tuvo parangón con otra figura contemporánea de él en Hío: el médico D. Manolo Piñó, al que dedicaré en otra ocasión la atención que merece. En primer lugar fue capaz de vivir la adversidad en tiempos revueltos sin estridencias y quejas al aire; en segundo lugar mostró suficiente serenidad para perdonar y olvidar. Si otros tuvieran esta grandeza personal al juzgar viejas actitudes, profundos rencores y deleznables campañas, todos hubiéramos sido algo más felices en el tiempo que nos tocó vivir.

Por esto y por muchas cosas más, D. Antonio merece nuestro homenaje para que se cumpla aquello de que "alguien no muere del todo si otro le recuerda".

Es lo que pretendemos.

*Párroco de O Hío

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