Bueu, por Gonzalo Torrente Ballester
El autor de "Los gozos y las sombras" recordaba en 1965 su llegada a la villa
GONZALO TORRENTE BALLESTER
Recuerdos viejos ya de treinta y cinco años. Llegué una mañana gris, en un coche de línea amarillo que hacía el camino más largo, por Aldán y Beluso: es también el camino más bello. A una vuelta del camino, el chófer alargó el brazo y me dijo: Ahí lo tiene. Era una línea blanca de casas a la orilla del mar, y más casitas blancas que trepaban por las laderas del valle. En medio, un triángulo verde que se pierde, arriba, en la garganta estrecha donde se junta con los montes.
Treinta y cinco años después, todo sigue más o menos igual. Las casas quizás no sean todas blancas, quizás pruritos de modernidad hayan estropeado la sencillez antigua y campesina. Pero, desde lejos, no se nota. Quien venga de Cangas por Aldán y Beluso verá, como yo, casas alineadas junto al mar y casas que trepan por las laderas. Más ahora, claro. Algunos marineros, algunos emigrantes, edifican sus hogares, que es como edificar la manifestación de su triunfo. Tienen eso de bueno, todavía, de los antiguos.
Lo que ya no es lo mismo es la gente. Treinta y cinco años son muchos años, incluso para un pueblecito hermoso y arrinconado en la ría. Entonces eran sumisos. Ahora, levantan la cabeza con orgullo y se sienten libres. Entonces, eran también más pobres. El pescado iba barato o no iba. Los maridos vendían tirado para que las mujeres, al menos, tuvieran trabajo en la fábrica. Ahora, parece que las cosas han cambiado. Hay más perspectivas y mayores. Si en la mar no se halla el sustento, se coge el tren y se marcha uno a Alemania. El caso es que se vive mejor, y que la razón de esa mayor libertad se halla en el desahogo económico. Hay pobres todavía, pero también la esperanza de que deje de haberlos.
Un buen día, no sé cuándo, los franceses descubrieron Bueu. Desde entonces, no hay año que no vengan unos cuantos. Al principio, se les veía con cierto estupor, porque eran distintos. Ahora, las diferencias se van borrando. Antes sólo tenían el espíritu abierto los que regresaban de América. Ahora, lo tienen todos. Unos cuantos veranos con franceses y francesas en el pueblo valen de mucho para eso de abrir horizontes al espíritu. Y para desatracar a la gente de la rutina. Y para enseñar a los hombres a vivir. Desconozco el censo demográfico de Bueu, pero al pasar he advertido que existen tres o cuatro comercios donde se venden aparatos electrodomésticos. Son un buen índice y, al mismo tiempo, un indicio.
Cuando voy a Bueu, las esperanzas se me revuelven con los recuerdos. Pero acaban por vencer las esperanzas. Me gustaría que, en su prosperidad, no olvidase la antigua belleza. Me gustaría que alguien supiese orientar los ímpetus de la gente nueva, para que, entre todos, llegaran a perfeccionar lo que tienen. No es muy difícil. Bastará con hallar ese punto en que modernidad y tradición se funden. Me refiero a las costumbres tanto como a las edificaciones. Con un esfuerzo de todos, Bueu puede seguir siendo muy bello.
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