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La era del calor extremo (5)

Oasis térmicos de emergencia: Italia estudia reconvertir catacumbas, búnkeres o canteras romanas en refugios climáticos

Tres metros bajo tierra la temperatura es de 17 grados constantes, un bálsamo que no ha variado desde el antiguo Imperio romano

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Uno de los pasadizos de las catacumbas de Domitila, en Roma.

Uno de los pasadizos de las catacumbas de Domitila, en Roma. / WIKIMEDIA

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Irene Savio

Irene Savio

Roma

El calor extremo preocupa ya tanto que en Italia se plantean incluso usar catacumbas, búnkeres abandonados y canteras subterráneas como refugios climáticos. La propuesta no sale de una novela de ciencia ficción, sino de un grupo de científicos del ISPRA (Instituto Superior para la Protección y la Investigación Ambiental). Tras completar un ambicioso inventario de la inmensa telaraña subterránea que sostiene Roma, estos investigadores han puesto sobre la mesa una idea tan extravagante como radical: estudiar si estos espacios pueden ser oasis térmicos de emergencia para los meses de bochorno insoportable.

Italia, por su geología y sus tres milenios de excavaciones compulsivas, reposa sobre una de las redes de ambientes subterráneos más vastas de Europa. La experiencia es física e instantánea. Basta cruzar la boca de una vieja cantera de época romana en el Parque de la Appia Antica (conocida como El Laberinto y recorrida hoy principalmente por turistas) para que la tiranía del verano se disipe. En apenas tres metros de descenso, el asfixiante calor del exterior se aplaca de golpe. El aire se vuelve denso, huele a arcilla húmeda y el termómetro se clava en los 17 grados constantes. Un bálsamo que no ha variado desde tiempos del antiguo Imperio romano.

En la penumbra, el geólogo del ISPRA Giuseppe Delmonaco ilumina con su linterna las cicatrices que los picos romanos dejaron en el tufo volcánico. "Estamos en una vieja cantera romana de donde se extraía puzolana y tufo", explica. "Roma es la única gran ciudad italiana que hoy cuenta con un inventario de cavidades antrópicas casi completo. Hemos censado más de 5.600 cavidades y 1.500 estructuras poligonales", añade sobre este entramado milenario reutilizado a lo largo de los siglos según las urgencias de cada época: canteras imperiales, necrópolis cristianas, acueductos, búnkeres antiaéreos durante la Segunda Guerra Mundial e incluso para la fungicultura.

Un camión lanza agua para refrescar a los turistas que acuden a visitar el Coliseo de Roma.

Un camión lanza agua para refrescar a los turistas que acuden a visitar el Coliseo de Roma. / MASSIMO PERCOSSI / EFE

Para el director del parque de la Appia Antica, el geólogo Enrico Maria Guarnieri, acudir al subsuelo no es ninguna excentricidad, sino el reflejo de un clima cada vez más hostil. "Es un síntoma de los tiempos, de un clima que está volviéndose cada vez más tórrido", señala. De la misma opinión es Riccardo Paolucci, de la asociación Sotterranei di Roma quien, sin embargo, defiende con más ímpetu una iniciativa que, según él, entronca con la propia identidad de la capital italiana. "Acondicionar estos espacios como refugios climáticos sería continuar una tradición histórica; la costumbre romana de hacer vida en el subsuelo", sostiene.

Cinco ciudades

El proyecto, financiado con un millón de euros de fondos europeos, no se quedará en las catacumbas romanas. El plan es poner en marcha más pesquisas en otras cuatro ciudades italianas: Catania, Palermo, Altamura y Cagliari. Pero el objetivo no es de momento poblar las cavernas, sino primero monitorizar la estabilidad del suelo para entender cómo evitar derrumbes o hundimientos —los temidos sinkholes— y para analizar la salubridad del aire.

Porque el inframundo puede ser fresco, pero no siempre es benigno. "La calidad del aire tiene que estudiarse. En algunos ambientes subterráneos de Roma, por ejemplo, está el radón, que es un gas inodoro que se genera por la descomposición del radio y el uranio, de los que estas rocas volcánicas son muy ricas, y su acumulación puede ser peligrosa para la salud", advierte Delmonaco. Por ello, durante los próximos 15 meses, el plan es instalar —en las ciudades seleccionadas— una red de sensores que mida minuto a minuto la concentración de radón, los niveles de dióxido de carbono, la humedad y la estabilidad estructural de las bóvedas para certificar si un humano puede permanecer allí dentro sin arriesgar los pulmones.

Varios turistas se refrescan en una fuente frente al Panteón, en Roma.

Varios turistas se refrescan en una fuente frente al Panteón, en Roma. / RICCARDO ANTIMIANI / EFE

Un alivio puntual

Claro está, la idea, además, despierta dudas tanto sobre el terreno como en los despachos. En la superficie del parque de la Appia Antica —cuyas galerías subterráneas se dividen principalmente entre los sectores de Tormarancia y Caffarella—, un guardaparque se muestra escéptico ante la propuesta. "Deberían primero eliminar gran parte de los coches que circulan por Roma", señala. Y desde los despachos del ayuntamiento, fuentes municipales también enfrían las expectativas con distancia burocrática: "Es una idea del ISPRA que el ayuntamiento aún tiene que evaluar por completo", dicen, al referirse a esta propuesta que exigiría además licencias, planes de evacuación y un mantenimiento continuado.

Lo cierto es que nadie imagina —al menos por ahora— una Italia distópica de ciudadanos viviendo bajo tierra, sino quizá una red de socorro para ofrecer alivio a personas vulnerables o a turistas al borde del colapso térmico. Pero, aún así, la propuesta deja al descubierto una paradoja incontestable: para sobrevivir al clima del futuro, la ciencia europea ya está volviendo los ojos a las profundidades del pasado remoto.

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Fuente: El Periódico

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