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Inmigración en la era Trump

Los traficantes de personas se desplazan de EEUU a México para seguir con el negocio pese al bloqueo migratorio de Trump

El bloqueo de la frontera encarece la ruta, reduce los cruces y empuja a los polleros hacia el sur de México, donde el negocio se mezcla con cárteles, extorsiones y colocación laboral

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Un agente de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos observa, desde la orilla estadounidense del río Grande, a unas personas que se encuentran en la orilla mexicana e intentan cruzar el río cerca de McAllen, Texas.

Un agente de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos observa, desde la orilla estadounidense del río Grande, a unas personas que se encuentran en la orilla mexicana e intentan cruzar el río cerca de McAllen, Texas. / LARRY W. SMITH / EFE

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Irene Benedicto

Irene Benedicto

Barcelona

Dicen de Pedro que siempre lleva los mejores tenis, que es seductor por naturaleza, pero discreto por disciplina. Pedro es "pollero", como se llama en la frontera entre EEUU y México a quienes se ganan la vida pasando migrantes —los "pollos"—, convertidos en mercancía humana por los traficantes de personas. Lleva 30 años en "este oficio", al que evita poner nombre: "Al final del día, doy servicio a una persona que quiere llegar a su destino", describe en una entrevista con EL PERIÓDICO.

Cada semana podían pasar cientos de personas por sus manos en Sonora, estado mexicano fronterizo con Arizona. "Yo tenía cinco casas, con señoras que cocinaban un mundo de comidas, chicos que mandaba a hacer recados para que no les faltara nada", explica sobre las casas de seguridad donde escondía a los migrantes a lo largo de la ruta. "Era como si fuera fiesta", rememora, con nostalgia.

Pero su era dorada terminó cuando empezó la de Donald Trump. La migración hacia el norte continúa, pero el bloqueo ha desplazado las redes del tráfico unos kilómetros más al sur. No desaparecen ni pierden dinero pese a la menor afluencia. La ruta es más peligrosa, más cara y el destino final es cada vez más México; para unos pocos, EEUU.

La historia de Pedro, que habla desde Chiapas, en el sur de México, bajo condición de anonimato, abre una rendija a cómo las redes de tráfico de personas y el narco, íntimamente conectadas, se retroalimentan y reinventan para seguir ganando dinero, ocupe quien ocupe la presidencia de EEUU.

Cómo se reparte el pastel

Hay algo en lo que Pedro sí le da la razón a Trump. En su orden ejecutiva de "Designación de cárteles como organizaciones terroristas", el presidente argumentó que los cárteles funcionan como entidades cuasigubernamentales en México. Pedro es un mando intermedio dentro de una estructura muy organizada. La cadena empieza a kilómetros de distancia, con los "proveedores": los que, aclara, "andan buscando directamente al migrante, promoviendo quién quiere llegar a Estados Unidos".

El precio cambia según la nacionalidad y el punto de partida. A un mexicano le cobra alrededor de 8.000 dólares por cruzar la frontera con EEUU. A un centroamericano, unos 11.500 dólares. La diferencia está en atravesar México. "En México sí pago mafias, ese es el pago fuerte", dice.

Pedro ha subido en la jerarquía con los años. Centraliza los pagos y permite que se hagan en dos o tres partes para dar tiempo a que el migrante reúna el dinero. "Para que un migrante llegue desde Honduras a su destino, andamos involucrados mínimo unas diez personas", calcula. Asegura que él se queda con unos 2.500 dólares por persona y recorrido. Tiene que repartir juego entre los diferentes involucrados. "Toda esta estructura es realmente una empresa", dice.

Personal del Ejército mexicano y la Agencia de Investigación Criminal realizan labores de seguridad este jueves, en el puerto internacional de San Ysidro en Tijuana (México).

Personal del Ejército mexicano y la Agencia de Investigación Criminal realizan labores de seguridad este jueves, en el puerto internacional de San Ysidro en Tijuana (México). / Joebeth Terríquez / EFE

Los cárteles distribuyen los salarios como empresas. "Cada pago se distribuye entre los diferentes grupos que forman parte de una red compleja", explica a este diario Guadalupe Correa-Cabrera, experta en crimen transnacional de George Mason University, a las afueras de Washington. "Son redes que ya existían y que saben que pueden extorsionar y extraer dinero de seres humanos en movimiento", señala.

El tráfico de personas forma parte de una economía criminal más amplia, que nutre a los cárteles y se sostiene por la ausencia de controles estatales. "Eso es el crimen organizado: economías ilícitas que funcionan por impunidad, corrupción y se aprovechan de la necesidad que empuja al migrante", resume. El endurecimiento migratorio de Trump, añade, no elimina esas redes, sino que desplaza sus efectos: "EEUU externaliza la problemática migratoria, las deportaciones y sus consecuencias".

Peaje a los narcos

El mayor desembolso, unos 3.000 dólares, va a pagar "peaje" para pasar a los migrantes por territorios controlados por cárteles que se han repartido el país. Pedro presume de buena relación con distintos grupos, lo que le permite cambiar de ruta ante cualquier obstáculo. "Parte de mi éxito es que conozco muchas fronteras y tengo relación con distintos señores", dice sobre los capos.

Él paga y les entrega nombres, documentos y fotos de los migrantes. A cambio, los señores los "protegen", incluso de las fuerzas del orden. "Yo no tengo línea directa con el Ejército ni con la Policía. De eso se encargan los señores", asegura.

Hasta principios de los 2000, el tráfico de droga y el de personas usaban las mismas rutas, pero cada uno iba a lo suyo. "Ellos iban con su marihuana y nosotros con el migrante", recuerda. Después cambió la relación. "El cambio empezó cuando los señores vieron que esto era un negocio". La marihuana perdió rentabilidad con la legalización en varios estados de EEUU: "Entonces voltearon a ver al migrante y empezaron a cobrarnos por cada persona".

De cruzarlos a instalarlos

Si antes llegaban unos 10.000 migrantes a la semana a lo largo de toda la frontera EEUU-México, ahora llegan unos 1.000 en total y, de esos, solo unos 100 consiguen llegar a EEUU, según los cálculos del pollero.

Jorge, que regenta su propia empresa en Sonora y trata de mantenerse al margen de las redes de tráfico de drogas y personas, ha convivido con ellas toda su vida. Así es la frontera. Antes veía grupos de migrantes esperando, preparándose para cruzar. "Ahora no se ve a nadie en las plazas. Son pocos y los esconden". Algunos están dispuestos a todo por llegar a EEUU. Los polleros le dicen que "estos huelen a muerte, a camión", cuenta, bajo condición de anonimato.

Elementos de la Guardia Nacional de México enviados por la presidenta Claudia Sheinbaum a la ciudad mexicana de Tijuana, fronteriza con Estados Unidos, para reforzar la detención del tráfico de drogas y la migración irregular, iniciaron operativos en el puerto internacional de San Ysidro.

Agentes de la Guardia Nacional de México enviados por la presidenta Claudia Sheinbaum a la ciudad mexicana de Tijuana, fronteriza con Estados Unidos, para reforzar la detención del tráfico de drogas y la migración irregular, iniciaron operativos en el puerto internacional de San Ysidro. / Joebeth Terríquez / EFE

El tráfico de personas atraviesa toda la economía local. "El migrante es un negocio para todos. Y este país sin migrantes pierde dinero, y todo el mundo se salpica", asegura Jorge, que señala la paradoja de la dependencia y el tabú migratorio: "Vivo en la capital del desastre. He estado en esos lugares horribles. Pero, aquí, nadie habla de la inmigración".

Jorge observa cómo ha cambiado su pueblo. "Los polleros se han reconvertido, parece que tengan una agencia de colocación de trabajo", afirma. Otros se han pasado al narcomenudeo o a la extorsión, con secuestros exprés para pedir dinero a la familia del migrante. "Llegó mucha gente nueva. Bueno, mataron a los viejos", expone, sin énfasis.

Por eso Pedro cambió la frontera norte con EEUU, por la sur, con Guatemala. "Ya entregué bodegas, regalé cacerolas, despedí a las señoras. Ya no tengo nada de eso", dice. "Ahora me llegan tres personas a la semana y prefiero meterlas en un hotel y mandarles llevar comida".

La frontera se ha militarizado y la guerra es también psicológica. Quienes son detenidos por las autoridades estadounidenses pasan más días retenidos y reciben un castigo ejemplarizante. "Cuando salen, me dicen: yo ya no quiero nada más ahí arriba", cuenta Pedro. Y añade: "Ya el sueño americano no existe".

Con todo, confía en que el negocio no morirá. "No sé hacer otra cosa", dice. Añade que le gusta "vivir bien" y que gana suficiente para darse una buena vida a sí mismo y a sus ocho hijos de tres exesposas. "A los 90 años te voy a andar aquí metiendo gente", asegura. "Me he cuidado tanto, que soy un fantasma".

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