Al rescate de los tesoros de Ucrania
La Unesco ha contabilizado hasta 526 equipamientos de valor patrimonial que han resultado dañados por las bombas, los misiles y los drones en la guerra con Rusia

Gemelo digital de la catedral de Santa Sofía de Kiev, creado para su reconstrucción en caso de ataque. / La Provincia
En la imagen de ordenador emerge en luz espectral la estructura de la catedral de Santa Sofía de Kiev, cuyas curvas y rectas conforman, más que un plano, una partitura. Su osamenta de más de 900 años gira en la pantalla porque ha habido gente que se ha dedicado a cifrar en ceros y unos cada rincón, reducir a las partículas elementales de la informática cada esquina, las filigranas, las miradas serenas de los ángeles y los santos de los frescos del interior bizantino, y la armonía de redondeces doradas, verdes y blancas de su exterior barroco.
Va a cumplirse un año de que un misil ruso derrumbara parte del ábside principal del edificio, incluido en la lista del patrimonio mundial de la Unesco. Pero, si alguna vez otro bombardeo echa abajo a la Sobor Sviatoyi Sofiyi, como la llaman en ucraniano, hay un gemelo digital guardando con exactitud milimétrica un catálogo de medidas para reconstruirla tal como era.
Los autores de ese plan de resurrección son los miembros de un equipo que se hace llamar Skeiron, y que se afanan en una labor de preservación del legado cultural de Ucrania. En plena guerra, viendo su cultura amenazada, lanzaron #SaveUkrainianHeritage, campaña bajo la que han ido creando copias exactas digitales de bienes culturales en peligro a base de paciencia, reglas de topógrafo, escaneos 3D y fotogrametría; con las máquinas que han podido ir reuniendo, generadores cuando el Kremlin les deja sin luz, y alojamiento prestado por vecinos en sus viajes de rescate.
Yuri Prepodobnyi, uno de los fundadores de Skeiron, tras cuatro años de jornadas continuadas temiendo algún desastre, un derrumbe, un incendio, una explosión, cree que la destrucción de patrimonio cultural «es un crimen de guerra, sin duda, tan obvio como que el día sigue a la noche».
Cómputo de daños
La Unesco publica periódicamente listas de bienes afectados por los ataques rusos. El pasado 15 de abril, fecha del último balance, sumaba 526 lugares culturales dañados, de los que 153 son templos y 275 son edificios de interés histórico-artístico. Bombas, misiles y drones han golpeado además a 39 museos, 33 monumentos, 21 bibliotecas, cuatro yacimientos arqueológicos y un archivo cultural.
Lo de Skeiron es una carrera contra las bombas, escanear antes de que suceda algo irreparable. La guerra les ha obligado a ampliar la lista de gemelos digitales. No solo está la catedral de Santa Sofía, también la de San Jorge de Lviv (o Leópolis), joya del barroco tardío, o la residencia de los obispos metropolitanos de Bukovina y Dalmacia, castillos, palacios, iglesias del centro histórico de Lviv y unos templos de madera de los Cárpatos ucranianos que, sin copia digital, serían irrecuperables si les alcanza un dron o un misil.
En su catálogo también hay edificios difuntos. El tiempo pasa deprisa, unas guerras se solapan con otras anteriores, unas tragedias eclipsan a otras, y parece ya un caso lejano la matanza del Teatro Dramático de Mariupol. Pero no fue hace decenios, sino en marzo de 2022 cuando una bomba rusa cayó sobre las personas que se habían refugiado allí, con un saldo de más de 500 cadáveres y el edificio en ruinas. Los refugiados habían escrito bien visible la palabra Дети (niños, en ruso) a la puerta.
El presidente ruso, Vladímir Putin, quien ahora controla la ciudad, ordenó la reconstrucción del teatro, que volvió a abrir en 2025, pero para los técnicos de Skeiron lo que vale es «nuestro fantasma digital», dicen. Sostienen que el edificio ya no existe tal como era, pero sí pervive en la digitalización que habían podido realizar antes de la invasión a gran escala de Ucrania, con ayuda de unos socios que hicieron mediciones y con una campaña de recopilación de miles de imágenes de archivo que les enviaron los vecinos.
Para Yuri Prepodobnyi, la precisión es su obsesión. «Nuestros modelos tienen un margen de error de solo uno a cinco milímetros. Es el nivel que permite a arquitectos y restauradores utilizar los datos como base para su trabajo profesional. A partir de nuestras nubes de puntos, los arquitectos pueden crear planos acotados, medir deformaciones en muros, inclinaciones estructurales o detectar grietas».
Las reproducciones 3D que hacen los jóvenes de Skeiron en sus ordenadores edifican bibliotecas de datos de ingeniería y arquitectura, algo así como el código genético del edificio que quieren preservar.
Dice Prepodobnyi que la elección de cada edificio «nunca ha sido un capricho, sino respuesta a amenazas reales». Cuando estalló la invasión, se lanzaron a escanear lo más valioso que tenían a mano en Lviv, siguiendo la lista de Patrimonio de la Unesco. Después les llegaron peticiones de Kiev, para la catedral capitalina, o para la universidad de Chernivtsi… «Los protectores profesionales del patrimonio saben mejor qué es prioritario. Solo somos instrumentos», explica.
Skeiron nació en Lviv, en 2016. En la otra punta de Ucrania ardía ya una guerra enconada, y hacía dos años que Rusia se había apropiado de Crimea, pero aún en la vieja Leópolis la juventud vivía sin la acuciante previsión de una invasión a gran escala.
Guion para una serie de chavales nerd: tres amigos de instituto, Andrii Hryvniak, Volodimir Zaiats y Yuri Prepodobnyi, se juntan en torno a «una idea que surgió de la pura curiosidad estudiantil», cuenta este último. «Entonces la fotogrametría y los drones eran algo nuevo, futurista. Quisimos ver qué pasaba, y con el tiempo la aventura se convirtió en la obra de nuestra vida», relata.
Primero retrataron en 3D su propio instituto. Luego, cuando empiezan a salir a las calles del casco viejo para captar copias digitales de edificios, se les junta un grupo de jóvenes numeroso, frikis de la ciencia y los ordenadores. El cálculo y las máquinas les acercan al arte con una perspectiva inédita. La vida adulta se va imponiendo, algunos necesitan ganarse la vida y se van; la pandilla que deambula por Leópolis con extrañas cámaras y varas de medir se va reduciendo, hasta quedar en los tres fundadores que operan hoy, y que han terminado convirtiendo en empresa su juego de adolescentes.
Yuri es geodesta, profesional del estudio y la medición de las formas y dimensiones de la Tierra. Andrii y Volodimir son técnicos informáticos. La guerra se les cruzó en el camino, convirtiendo su afición en misión: «Nos dimos cuenta de lo vital que es digitalizar nuestra historia antes de que desaparezca», relata el portavoz del grupo.
Trump les cerró el grifo
El proyecto de Skeiron no se ha librado del impacto de los cambios geoestratégicos. Uno de los golpes más duros que ha recibido ha provenido de Washington, y no de Moscú, cuando la Administración de Trump decidió acabar con el programa USAID que esparcía ayuda estadounidense por todo el mundo. Skeiron era uno de los proyectos beneficiarios de USAID, pero se cortó el grifo. «Es muy desalentador -se lamentan desde Lviv-. Teníamos un plan ambicioso plurianual para capacitar a estudiantes. Queríamos transmitir nuestros conocimientos a la próxima generación de especialistas». Hasta ahora han recibido oxígeno financiero de la Alianza Internacional para la Protección del Patrimonio en Zonas de Conflicto, o fundadión ALIPH, con sede en Suiza, una especie de Cruz Roja de las piedras, los libros y los lienzos que es benefactor principal del grupo.
En 2022, recien iniciada la guerra, les contrató también el Instituto Polonika, entidad pública radicada en Varsovia que se dedica a la preservación del legado polaco repartido por Europa; y les llegó también una ayuda clave de Google. Con ambos apoyos pudieron seguir trabajando.
Hay además ayudas puntuales de su propio Estado. El UAAC, Centro de Ayuda al Arte de Ucrania, les ha regalado un escáner y un servidor, que se han convertido en su hardware base cuando los bombardeos rusos les han multiplicado la faena. Antes de la guerra, habían escaneado 50 edificios y objetos del patrimonio artístico. Desde la invasión, llevan otros 200. En cinco de ellos dañados por bombas y drones, los datos tomados por los tres amigos son la base para la reconstrucción. Entre ellos la catedral de Santa Sofía de Kiev, dos iglesias en Chernihiv y un edificio de la calle Kornovatsia de Leópolis, en un barrio de hermosos edificios residenciales del XIX cuya afectación por los misiles llevó al consistorio de la ciudad a lanzar una campaña caritativa entre empresas para impulsar su salvación.
«Para mantener el ritmo, a menudo omitimos el escaneo en color, que lleva mucho más tiempo, y nos centramos únicamente en la geometría», explica Prepodobnyi. Y cuando aparecen dificultades, tiran de lo que llama «flexibilidad ucraniana», la capacidad de reacción a la que obliga la guerra. ¿Que no hay luz? Acuden a un vecino que tenga. ¿Que un bombardeo se ha cargado la central eléctrica? Instalan paneles solares, compran generadores, se buscan la vida. «Estamos bien entrenados», ironiza, antes de contar un detalle que les tiene orgullosos. Su método de escaneo y fotogrametrías se ha convertido en requisito obligatorio del Ministerio de Cultura. «Gracias al estándar que hemos establecido, la restauración hoy se basa en mediciones precisas, no en fantasías», afirma.
Algún día acabará la guerra, finalizarán las aturdidas carreras a los refugios, la nocturna lotería de las explosiones en los barrios y plazas , y los tres de Skeiron seguirán en activo. «Es que este trabajo no depende solo de la guerra -explica el geodesta-. Los monumentos también pueden derrumbarse por el paso del tiempo, o por pura negligencia».
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