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Faro de Vigo

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Guerra en Ucrania

EEUU se perfila como el ganador último de la guerra en Ucrania

La invasión rusa ha generado numerosas oportunidades económicas y geopolíticas para la superpotencia estadounidense

Los ataques rusos continúan en la región de Lugansk. Reuters

No ha pasado ni siquiera un año desde que Estados Unidos se retirara derrotado de Afganistán para cerrar la guerra más larga de su historia. Las formas de aquella caótica desbandada fueron propias de una potencia en declive. Los talibanes habían vuelto al poder, miles de colaboradores afganos fueron abandonados a su suerte en los accesos del aeropuerto de Kabul y la mala sangre se impuso los despachos de la OTAN, después de que Washington apenas consultara su salida con los aliados. Muchos se preguntaron si aquel fiasco no era acaso el principio del fin del siglo americano, como lo había sido para la Unión Soviética su derrota en Afganistán. Había motivos para pensarlo. EEUU ya no era un socio de fiar para muchos de sus aliados; su población estaba harta de aventuras bélicas, y la polarización política interna era tan extrema que el país se había vuelto prácticamente ingobernable.

Y entonces llegó la guerra de Ucrania, un país en el que Estados Unidos llevaba años trabajando discretamente para alejarlo de Rusia y anclarlo en el bando de las llamadas democracias liberales. Esa guerra ha cumplido sus primeros 100 días sin que se atisbe su final, pero poco a poco va quedando claro que, sin haber disparado una sola bala, EEUU va camino de erigirse en el gran ganador de la contienda. Para empezar, ha logrado debilitar a uno de mayores rivales geopolíticos, una Rusia que no solo ha demostrado ser un gigante con pies de barro en el terreno militar, sino que tendrá las alas cortadas durante mucho tiempo por las masivas sanciones impuestas sobre su economía, las más draconianas aplicadas nunca contra un país.

La desconexión de Moscú, particularmente compleja y costosa para la Unión Europea en el sector energético, ha abierto un sinfín de oportunidades para sus competidores. Y EEUU no ha tardado en postularse para llenar parte del vacío que dejará en el continente su mayor suministrador de gas y petróleo. "Vamos a ayudar a Europa a reducir su dependencia del gas ruso tan rápido como sea posible", dijo a finales de marzo el presidente Joe Biden durante una visita a Bruselas. Días después, la UE anunció un acuerdo con su socio trasatlántico para incrementar significativamente las importaciones de gas natural licuado estadounidense, llamadas a triplicarse durante los próximos años para que el continente pueda cumplir con su objetivo de dejar de importar gas ruso en cinco años.

Armas, gas y petróleo

En el caso del petróleo hay algo más que una declaración de intenciones, después de que Bruselas acordara esta semana el embargo al petróleo ruso importado por vía marítima, dos tercios del que llega al continente. Como ocurre con el gas, Washington por sí solo no podrá tapar el agujero ruso, pero sus exportaciones a la UE llevan meses creciendo exponencialmente. En abril alcanzaron su nivel más alto desde que el país levantara su veto a las exportaciones hace seis años, según publicó Bloomberg.

También hay buenas noticias para su industria armamentística, llamada a sacar una jugosa tajada del rearme que la invasión rusa de Ucrania ha precipitado en Europa. La tradicional reticencia europea a aumentar sus presupuestos en Defensa empezó a cambiar durante el mandato de Donald Trump, cuando las importaciones europeas de armas aumentaron un 19%, más que en ninguna otra región del mundo, según el Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI). Pero es solo el principio porque la UE anunció en marzo un acuerdo para "incrementar significativamente el gasto en defensa". Solo Alemania pretende gastarse 100.000 millones de euros para remozar sus capacidades.

Parte alimentará a la industria europea, pero otra parte acabará en las arcas del mayor vendedor de armas del mundo, unos EEUU que copan el 39% de las exportaciones mundiales, más del doble que Rusia, su principal competidor. "El alineamiento con la OTAN implica un compromiso con la interoperabilidad del ecosistema de defensa estadounidense”, escribió recientemente la revista Forbes tras la decisión de Finlandia y Suecia para solicitar su integración en la Alianza. "Esto beneficia directamente a los grandes contratistas de EEUU. El mercado para sus productos se está expandiendo y no tendrán competencia en el futuro cercano".

Guardián de la defensa europea

Pero los beneficios de esta guerra para Washington no son solo económicos. Desde su fundación en 1949 para contener al comunismo y el expansionismo soviético, la OTAN ha sido uno de los principales instrumentos de EEUU para proyectar su influencia sobre Europa y cimentar su hegemonía en el mundo. Un presupuesto que empezó a tambalearse con la disolución de la URSS en 1991. Desde entonces la Alianza ha tratado de reinventarse para encontrar una nueva razón de ser, una misión a ratos muy complicada, tanto por la decisión estadounidense de redirigir su atención hacia el Pacífico para contener a China como por el escepticismo de alguno de sus líderes hacia la OTAN, principalmente Trump.

Gracias a Vladímir Putin esas dudas han pasado a mejor vida y el paraguas estadounidense sobre el continente se ha prorrogado indefinidamente. "La OTAN nunca ha estado tan unida", clamó Biden en marzo. Y nunca ha sido tan grande porque tanto Suecia como Finlandia han iniciado los trámites para integrarse en su organigrama. Mejor todavía para Washington es que Europa, ahora sí, parece dispuesto a asumir una mayor responsabilidad en su defensa, lo que posiblemente permitirá a Washington liberar eventualmente algunas de sus fuerzas del continente para redirigirlas a otras latitudes.

No solo eso. La respuesta de la OTAN a la agresión rusa ha sido tan firme que, a ojos de muchos analistas, podría servir de disuasión a las ambiciones chinas en Taiwán, uno de los dolores de cabeza de los arquitectos de la política exterior estadounidense.

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