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Aniversario

Los atentados del 11-S, en primera persona

Michael Hingson, ciego, escapó de la Torre Norte con su perra guía - El doctor Luis Rojas Marcos era director de los hospitales públicos de Nueva York - Lila Nordstrom estudiaba en un instituto cerca del World Trade Center

Michael Hingson, un hombre ciego que escapó de la planta 78 de la Torre Norte con su perra Roselle.

Cuando a las 8:46 de la mañana del 11 de septiembre del 2001 el primer avión impactó entre las plantas 93 y 99 de la Torre Norte del World Trade Center de Nueva York Michael Hingson sintió en su oficina de la planta 78 el edificio inclinarse y volver a su posición, pero con un notable “descenso de casi dos metros”. Un colega miró por la ventana y le dijo que veía fuego y humo sobre ellos y millones de piezas de papel cayendo por la ventana. Hingson, ciego de nacimiento, se percató de que Roselle, su perra guía, estaba tranquila, sin dar indicaciones de nerviosismo. “Eso me dijo que fuera lo que fuera que estuviera pasando no era tan urgente como para no poder evacuar de forma ordenada”, recuerda. “Si ella no tenía miedo yo no debía tenerlo. Y no digo que no lo tuviera, por supuesto estaba asustado, pero lo utilicé para mantenerme concentrado en lugar de dejar que me dominara”.

Mientras a otros les cegaba el miedo, Hingson puso a funcionar todo lo que su discapacidad física le había dado de ventaja. Porque desde que empezó a trabajar en las Torres Gemelas había estado aprendiendo qué hacer en caso de emergencia, cómo moverse por el World Trade Center, y cada día investigaba, hablaba con los responsables de seguridad o los agentes de la Port Authority y los bomberos, se preguntaba si había algo más que debía saber o algo nuevo que debía explorar. Desarrolló la actitud de que “puedes lidiar con cualquier cosa que pase, solamente necesitas la información” y, cuando llegó la emergencia, “esa mentalidad se activó”.

Hingson y Roselle bajaron por las escaleras, cruzándose con los bomberos que subían en ese recorrido hacia un infierno vertical que acabó costando la vida a 343 de ellos. Cuando cayó la torre sur, aún estaba muy cerca y todo el mundo empezó a correr. “Estuve más preocupado que en ningún momento pero incluso entonces me concentré porque tenía que seguir dando los comandos a Roselle”, recuerda.

Nueva York en llamas, el 11 de septiembre de 2001.

Habló entonces por teléfono con su esposa, que le dijo lo que había sucedido tanto en las Torres como en el Pentágono y en Pensilvania. Cuando llegó a la calle Canal puso una radio que llevaba y escuchó las instrucciones del alcalde, Rudy Giuliani, ordenando la evacuación total por debajo de la calle 14. Enfiló al norte y no se sintió totalmente seguro hasta que estuvo en casa en Nueva Jersey a las siete de la tarde. Entonces “la sensación dominante era intentar encontrarle el sentido”, algo a lo que también se ha dedicado los últimos 20 años, hablando públicamente de su experiencia.

Las lecciones según Rojas Marcos

Hingson encarna varias de las lecciones que el doctor Luis Rojas Marcos asegura que se aprendieron en aquellos atentados. “Las personas que ponen el control dentro de ellas, que se dicen a sí mismas que pueden hacer algo por superar el momento y confían en sus facultades, sobreviven más que aquellas que dicen que sea lo que dios quiera, esto es cuestión de suerte”, explica el psiquiatra, que ve imposible no recordar los atentados en este aniversario sin ponerlos bajo la lente de otro golpe que ha resucitado “el sentimiento y la idea de vulnerabilidad que Nueva York adquirió el 11-S”.

Si lo último ha sido “un dolor crónico” los atentados fueron “un golpe agudo”. Si ahora “se lucha contra un enemigo invisible” lo ocurrido en los 142 minutos entre el primer impacto y el derrumbe de las Torres Gemelas “fue dramático, entró por los sentidos”. Pero ahora también se pueden aprovechar otras lecciones. “Entonces tuvimos bastante suerte porque la información que dimos las autoridades era la misma. Aquello salvó a miles de personas, se calcula que al menos 50.000 se escaparon. Fue información fiable”.

Rojas Marcos, que vive en Nueva York desde 1968, estaba entonces al frente del sistema público de hospitales de la ciudad y vivió los atentados peligrosamente cerca, pues llegó a uno de los puestos de mando que los bomberos establecieron en el WTC antes de que a las 9.03 impactara el segundo avión contra la Torre Sur y solo por cuestión de minutos, al ir a realizar una llamada desde un teléfono fijo ante el colapso de la red de móviles, evitó estar allí cuando esa torre se derrumbó 56 minutos después.

El psiquiatra Luis Rojas Marcos esquivó la muerte por pocos minutos. Luis Rojas Marcos

Tras recoger a su hija de siete años de la escuela, se trasladó al Hospital Bellevue, donde como en toda la ciudad cientos de médicos esperaban heridos que no llegaban (solo 20 personas, recuerda, murieron en los hospitales). Y allí lidiaban con colas de voluntarios, neoyorquinos desesperados por hacer algo para ayudar. “Desde entonces”, cuenta, “cualquier directiva oficial de rescate o actuación ante una tragedia incluye un capítulo de voluntarios”.

Los atentados enseñaron también que “quienes ya habían sufrido otras situaciones difíciles en su vida, como quienes habían perdido a algún ser querido de forma inesperada o inmigrantes que vivieron situaciones traumáticas al huir de sus países, tuvieron más dificultades en superar esto. Aprendimos que los seres humanos tenemos un límite”, dice el psiquiatra. “Aguantamos muy bien uno o dos momentos traumáticos pero llega un momento en que perdemos la capacidad de resistir y superar”. Y aunque cree en “en general la ciudad se recuperó de aquello”, asegura que “los familiares de fallecidos y la gente que se salvó por los pelos arrastra un trauma muy importante”.

El aire enfermo

No son los únicos. Lila Norsdtrom en 2001 estudiaba en el instituto Stuyvesant en Tribeca, cerca de las Torres, uno donde los que convirtieron a miles de niños en testigos directos del horror. También uno al que, semanas después de los atentados las autoridades dictaminaron que era seguro volver, pese a que las condiciones del aire dejaran consecuencias letales o graves a miles de personas, de los trabajadores que participaron en la limpieza de la zona cero a gente como Nordstrom, que era asmática, y a sus compañeros.

Por eso ella creó StuyHealth, una organización que lleva años luchando para asegurar cobertura médica bajo el Programa de Salud del World Trade Center a los jóvenes a los que impactó física y emocionalmente el 11-S. No es fácil, menos en un país con un sistema sanitario endiablado. El estrés postraumático es uno de los diagnósticos más comunes en ese programa pero “muchas veces es increíblemente lento conseguir ese diagnóstico”. También los que se han mudado de Nueva York encuentran dificultades para que los médicos vinculen sus problemas físicos con el 11-S.

Lila Norsdtrom protestando, junto a su madre, por la falta de cobertura médica a las afectadas por el 11-S. Ethan Moses

Nordstrom, que acaba de publicar el libro “Some kids left behind”, además ha enfrentado a lo largo de su lucha reticencias de algunos que crean escalas entre las víctimas. "La idea de tener que ser un héroe para calificar para atención sanitaria me parece una locura”, dice, subrayando no obstante que muchos trabajadores de emergencia le han apoyado. Y lo que sucede, en su opinión, “tiene que ver con que se ponen crisis nacionales muchas veces en un tipo de marco de guerra, donde cuentan los héroes y las víctimas pero no los civiles. No importa si eras héroe o no, si el gobierno te mintió y te hizo enfermar ese es un punto irrelevante, y lo mismo está pasando con covid”.

Mirar al futuro

“Muchas veces las conmemoraciones son tan miopes y tan concentradas en el pasado que no queda espacio para hablar de cómo somos similares a otras víctimas del desastre. De muchas formas tenemos mucho más en común con otras víctimas, incluso de desastres más pequeños, que lo que nos diferencia”, asegura también Nordstrom.

Como para ella, para Hingson y Rojas Marcos es más útil e importante mirar hacia delante, especialmente en un momento significativo por la reciente retirada de la guerra del Afganistán, que entregarse al ejercicio anual de trágica nostalgia, intensificado este año por la cifra redonda del aniversario.

“Hoy es un acontecimiento histórico más que nunca antes, no está fresco en la mente de la gente y tenemos una generación completa de niños que han crecido sin saber de ello”, dice Hingson. “Es importante intentar mantenerlo al frente porque tenemos que aprender de ello y pasar página. Mucha gente murió, pero más sobrevivieron, y espero que la gente aprenda a superarlo y que estamos juntos en este mundo y necesitamos trabajar juntos, que es algo que muy rara vez vemos hoy”.

Esa mirada hacia delante no es porque no recuerden. Rojas Marcos, por ejemplo, puede describir perfectamente las dos torres ardiendo “como la puerta del infierno”, tiene grabada “la visión muy real de gente cayendo o tirándose” o los sonidos distintivos de esas muertes. Pero son “recuerdos que se quedan en el cerebro” a los que solo vuelve porque le preguntamos los periodistas, deshaciendo el trabajo útil que hace la memoria. “La memoria nos ayuda y hace que con el tiempo los malos recuerdos se vayan normalmente olvidando”, dice. “Llega un momento en que yo no quiero pensar en el 11-S”.

Él, por ejemplo, nunca ha ido al museo en la zona cero. “A nivel individual que te recuerden tragedias no es útil”, subraya. “En la consulta hablamos de tu tragedia una vez para entenderla pero después, una vez que la has entendido, hay que pasar página”.

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