Jacinda Ardern obtuvo una aplastante victoria en Nueva Zelanda al conseguir el 49 por ciento de los votos. Ese porcentaje se traduce en 64 de los 120 escaños, lo que, a diferencia de 2017, permitirá a Ardern repetir como primera ministra del país sin recurrir a otras fuerzas.

La principal fuerza opositora, el conservador Partido Nacional de Judith Collins, perdió 21 diputados respecto del 2017 y se queda con 35 (27% de los votos); el liberal ATC (8%) consiguió 10, los mismos que los Verdes (7,6%), y el Partido Maorí entra en el hemiciclo con un escaño (1% de los votos). Los populistas de Nueva Zelanda Primero se han quedado sin representación. "En los próximos tres años hay mucho que hacer. Nos reconstruiremos de la crisis del covid-19 mejor y más fuertes", declaró ayer la dirigente laborista ante sus eufóricos seguidores en la ciudad de Auckland, en un discurso que inició en lengua maorí.

Su carácter empático y su buena gestión de la crisis sanitaria contribuyeron a la victoria electoral de Ardern, quien durante su juventud trabajó en una cocina popular en Nueva York y formó parte del equipo de consultores del entonces primer ministro británico Tony Blair. Tiene un buen manejo de las redes sociales, hasta el punto de que la llaman "la primera ministra de Facebook". En Instagram suele colgar fotos domésticas con su pareja, el presentador de radio y televisión Clarke Gayford, pero nunca de su hija, Neve, de dos años.

Tras decretar el cierre del país el 25 de marzo, cuando solo había seis casos y ningún fallecido, Ardern se dirigió a la nación a través de un directo de Facebook después de acostar a su pequeña para trasladar su comprensión con la ansiedad que pudieran sentir los ciudadanos y pedir disculpas por una medida tan drástica. La consecuencia de confinar el país en un estadio muy embrionario de la epidemia -con clausura total de fronteras y estrictas medidas de contención- fue un impacto muy limitado del coronavirus, con 1.872 casos y solo 25 muertos. Además, en solidaridad con los trabajadores afectados por las consecuencias de la crisis sanitaria, la política laborista decidió en abril que tanto ella como el resto del Gabinete se bajarían el sueldo un 20 por ciento durante seis meses. Tras declarar al país "libre de Covid" y volver a la práctica normalidad el 9 de junio, la primera ministra volvió a confinar la ciudad de Auckland, la más grande de Nueva Zelanda a principios de agosto por un brote y retrasó un mes las elecciones.

La pandemia no fue su único éxito. El tacto con el que enfrentó, en marzo del 2019, a la masacre en dos mezquitas de Christchurch, donde el supremacista blanco Brenton Tarrant asesinó a 51 personas e hirió a decenas más, también le valió numerosos elogios. Supo transmitir un mensaje de unidad y respeto hacia la comunidad musulmana y logró sacar adelante en un tiempo récord un proyecto de ley para prohibir la venta de armas automáticas como las que usó el terrorista, de quien se niega a pronunciar su nombre.

La dirigente se autodefine como feminista, socialdemócrata, progresista y republicana, en un territorio que tiene como jefa del Estado a la reina de Inglaterra. Además, defiende el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo, la universidad gratuita para todos los neozelandeses y la legalización de la marihuana.