Yoshihide Suga, de 71 años, nuevo primer ministro japonés, prometió ayer que perseverará en las políticas de su antecesor Shinzo Abe, tras ser ratificado por el Parlamento. Suga no se explica sin Abe, su amigo y aliado desde hace tres décadas.

Hace ocho años, Abe lo animó a ser su segundo al frente de un Ejecutivo que él mismo había tenido que abandonar años antes por una colitis ulcerosa crónica que, finalmente, el pasado agosto le obligó a dimitir. Suga fue su secretario de Gabinete durante esos años.

Los dos dirigentes coinciden en su visión política y divergen en el resto. Al líder saliente le sobraba carisma para empujar medidas antipopulares como la reforma de la Constitución pacifista, mientras que Suga es un burócrata gris apodado "Muro de hielo" por su rostro hierático.

Abe pertenece a una dinastía política que ya había dado primeros ministros, mientras Suga -hijo de un agricultor de fresas y una profesora- ha protagonizado la más improbable carrera política: será el primer líder del hegemónico PLD sin pedigrí.

A Suga le falta rodaje internacional y hereda un cuadro complejo: presidenciales en EE UU, relaciones maltrechas con Corea del Sur y cíclicas pugnas con China. A ese contexto se suma la pandemia, una economía en recesión y las incertidumbres sobre los Juegos Olímpicos.