En una cosa están de acuerdo demócratas y republicanos en estas elecciones: ambos ven al candidato del partido rival como una amenaza existencial para EE UU sus libertades, su democracia y su seguridad. Ese es el mensaje que transmitieron ayer de madrugada (hora española) en la recta final de la primera jornada de la convención republicana, horas después de nominar oficialmente y por unanimidad a Donald Trump como candidato.

Los republicanos habían prometido un cónclave optimista y vigorizante para recordarle al país "la promesa de América" en estos tiempos convulsos, pero acabaron vendiendo una realidad tan tétrica como distópica para sembrar miedo sobre una eventual presidencia demócrata. Un mensaje que combinaron con intentos de blanquear la gestión presidencial de la crisis del coronavirus.

Los republicanos han entrado en el juego de acusar a sus rivales de lo mismo que ellos acusan a Trump. Solo que de forma más tremebunda e hipotética. "Quieren destruir este país y todo aquello que apreciamos y por lo que hemos luchado. Quieren robaros la libertad", dijo en el discurso más visceral y a gritos de la noche Kimberly Guilfoyle, quien estuvo casada nada menos que con el gobernador demócrata de California, Gavin Newsom. Hoy es novia del primogénito del presidente, Donald Trump junior, un papel que ha asumido sin matices. "Quieren controlar cómo vivís, quieren esclavizaros al servicio de su ideología débil, dependiente, progresista y victimista", dijo la puertorriqueña.

El mantra repetido una y mil veces es que el demócrata Joe Biden y los suyos son unos "radicales socialistas". Nada más lejos de la realidad, por más que haya una facción creciente pero minoritaria en su partido que abraza la socialdemocracia. "Os hablo hoy porque he visto antes a gente como esta", dijo Máximo Álvarez, un empresario de Miami de origen cubano. "A mí no me suenan radicales, me suenan familiares. A Fidel Castro le preguntaron una vez si era comunista y respondió que era católico romano".

Una profesora de California cargó contra los sindicatos, acusándoles de haber convertido a las escuelas en "zonas de guerra", y una pareja de Misuri que se enfrenta a varios cargos por apuntar con rifles automáticos a una manifestación de "Black Lives Matter" dijo que los demócratas aspiran a destruir los suburbios llenándolos de "viviendas para gente de pocos recursos". Otra manera de decir negros y latinos.

El primogénito de Trump, Don junior, hizo hace cuatro años uno de los mejores discursos de la Convención en Cleveland, dedicado a presentar a su padre como un entregado hombre de familia y un hábil negociador preocupado por el bienestar del país. Esta vez fue muy diferente. Describió a Biden como "el monstruo del lago Ness en el pantano" de Washington, un político al servicio de China -"Beijing Biden"- que "quiere traer más inmigrantes ilegales para quitarles el trabajo a los estadounidenses".

El supuesto aquelarre que preparan los demócratas acabó ofuscando la defensa a ultranza que se hizo de Trump y sus casi cuatro años de mandato. Se dijo que ha cumplido "todas su promesas" y que es capaz de hacer grande nuevamente al país tras el parón forzoso por el virus. Los ponentes lo presentaron como un "atento padre afectuoso", un "gran líder", un "negociador duro y habilidoso" y un presidente "preocupado por la justicia social". Hasta cuatro afroamericanos tomaron la palabra, toda una señal de que el Partido republicano busca arañar votos en el más fiel de los electorados demócratas. Y en gran medida lo hicieron para negar que Trump sea racista.