La indignación que prendió en Mineápolis se extiende ya a todas las grandes capitales de Estados Unidos, que vivió el viernes otra noche caótica de protestas multitudinarias y actos de vandalismo. Muchas de las marchas por la muerte del afroamericano George Lloyd a manos de la policía derivaron en enfrentamientos con los agentes, edificios y vehículos quemados, comercios saqueados y cientos de detenidos. Hay ya al menos otros dos muertos, una manifestante en Detroit y un agente federal en Oakland (California). El presidente Trump pidió ayer mano dura contra los manifestantes, a los que tacha de ser de "la izquierda radical", y anunció a las autoridades estatales su disposición de enviar al Ejército para aplacar los disturbios

La que vive Estados Unidos es una explosión de furia por la persistente brutalidad policial y la sempiterna discriminación de los negros que las autoridades están teniendo serios problemas para contener. Varios estados han desplegado a la Guardia Nacional, mientras el Pentágono ordenó a la policía militar que se prepare para viajar hasta Mineápolis si el presidente lo ordena.

La solidaridad de parte de la clase política con las manifestaciones ha dado paso a la denuncia airada de los actos de vandalismo. "Esto es un caos absoluto. No tiene nada que ver con las muestras de luto o con la injusticia que todos reconocemos que se tiene que resolver. Esto es peligroso", dijo el gobernador de Minesota, Tim Waltz. El demócrata aseguró que los disturbios en Mineápolis y Saint Paul, las dos ciudades hermanadas que forman una misma conurbación, están "estrechamente controladas" por un grupo de agitadores de fuera de la ciudad.

Por primera vez desde la segunda guerra mundial, su estado ordenó el despliegue de todos los efectivos de su Guardia Nacional, más de 13.000 militares llamados a sumarse a los 700 que ya patrullaban sus calles. "Esto es un intento organizado de desestabilizar nuestra sociedad civil", afirmó Waltz . Pero hasta ahora ni la presencia de los militares en las calles ni el toque de queda impuesto lograron frenar los disturbios. Por cuarta noche consecutiva se prendió fuego a comercios y edificios, desde una sucursal bancaria a una gasolinera. Hubo también disparos contra los agentes, según la propia policía, que llevó a cabo unos 40 arrestos.

Escenas similares se vivieron al menos en una treintena de ciudades. El gobernador de Georgia declaró el estado de emergencia, después que grupos de manifestantes se enfrentaran con los agentes en Atlanta.

En Dretroit (Michigan) murió una persona, víctima de varios disparos de origen desconocido dirigidos contra los manifestantes. Por todo el país arreciaron los cánticos de "sin justicia, no hay paz", "la vida de los negros importa" o "no puedo respirar", una de las últimas frases que pronunció Lloyd antes de perder el conocimiento y morir en un hospital, según la posterior autopsia. En Nueva York hubo enfrentamientos con la policía, que recurrió a los gases lacrimógenos para tratar de disuadir las concentraciones, que se trasladaron desde Manhattan hasta Brooklyn a medida que avanzaba la jornada.

En un intento de calmar los ánimos, la fiscalía de Minesota ordenó el viernes el arresto de Derek Chauvin, el agente que inmovilizó brutalmente a Lloyd hincándole la rodilla en el cuello, y le acusó de homicidio en tercer grado. Padre de una niña y guarda de seguridad en paro desde que comenzó la pandemia, Lloyd fue detenido el lunes después de que el dueño de un colmado avisara a la policía acusándole de haber pagado con un billete falso de 20 dólares. Los otros tres agentes que contemplaron sin mover un dedo como agonizaba fueron despedidos.

La Casa Blanca deja por el momento que sean los estados los que lidien con las protestas, aunque Donald Trump sigue azuzando las llamas al culpar a "la izquierda radical" de orquestar las protestas y a los líderes demócratas de permitirlas. "¿Cómo puede ser que todos estos sitios que tan mal se están defendiendo estén gobernados por demócratas progresistas?", escribió en las redes sociales.

Las protestas llegaron hasta las puertas de la Casa Blanca, donde los cientos de manifestantes forcejaron para tratar de traspasar el perímetro de seguridad mientras el presidente Trump contemplaba la escena desde los ventanales de su residencia.