Parecía que todo tenía que terminar sin demasiados incidentes. Un grupo de 2.000 refugiados había planeado una marcha desde el campo de Moria -en la isla griega de Lesbos- hacia Mitilene, la capital de la isla, como en otras ocasiones. Y como siempre desde hace dos años la policía iba a pararla.

Esta vez, sin embargo, no fue así, porque Grecia vive un clima de tensión enorme desde que el nuevo Gobierno, de la conservadora Nueva Democracia, aprobó una reforma de la ley migratoria que ha servido para que se rechacen muchas más peticiones de asilo que antes. Atenas ha prometido miles de deportaciones.

De modo que, cuando manifestantes y policía se encontraron, llegó una gran ráfaga de gas lacrimógeno y la manifestación dejó de ser pacífica. A la primera línea, en vez de las habituales familias, pasaron jóvenes refugiados encapuchados con poco que perder y mucho que quemar. Unos lanzaban palos y piedras. Los uniformados, botes y botes y botes de gas lacrimógeno. Tras algunas horas y en una atmósfera irrespirable, la manifestación se dispersó y los refugiados volvieron a Moria.

Lesbos es, con diferencia, la que más refugiados y migrantes recibe de entre todas las islas griegas. En la actualidad, Gracia alberga algo más de 112.000 refugiados, y 31.000 están en Lesbos. De donde no pueden moverse, porque según el acuerdo de 2015 entre la UE y Turquía, cuando un migrante llega a una isla griega tiene que quedarse allí hasta que se le da el estatus de refugiado. Puede tardar meses o años.

Así, cuando alguien llega a Lesbos, las autoridades griegas lo mandan al campo de Moria, un sitio infame con capacidad para acoger a unas 2.800 personas pero en el que hay actualmente casi 20.000. "No tenemos seguridad, ni agua, ni luz, ni comida. Los baños son putrefactos", explica, entre lágrimas, Afia, una refugiada afgana que asegura: "Si lo llego a saber me tumbo encima de una bomba antes de venir y acabo con este sufrimiento antes".