31 de enero de 2020
31.01.2020
Faro de Vigo

El "Brexit" se consuma sin repercusiones inmediatas, pero con incertidumbres

Los dos años de negociación de la ruptura del Reino Unido con la UE se prolongan ahora con otro proceso para limar la nueva relación - La transición durará al menos hasta 2021

31.01.2020 | 02:37
Una banda de gaiteros escoceses en la Grand Place de Bruselas, en los actos de despedida del Reino Unido de la Unión Europea. // Dpa

La ruptura del Reino Unido con la Unión Europea se consumará hoy de manera formal, aunque sus consecuencias todavía no serán perceptibles. Los doce meses, prorrogables, de transición prolongarán dos años de intensa negociación para limar muchos aspectos de la nueva relación.

Con el último trámite legal formalizado, la adopción del acuerdo de retirada del Reino Unido de la UE en el Consejo, se cierra un proceso de divorcio complicado que ha necesitado de más de dos largos años de negociación. Empresas y ciudadanos tendrán sus derechos garantizados, al menos hasta el 31 de diciembre del 2020 en que expirará el período transitorio del "Brexit" -si no hay prórrogas añadidas- pero desde la medianoche de hoy el Reino Unido se convertirá oficialmente en un país tercero y dará el portazo a una relación tormentosa que ha conseguido durar 47 años y un mes.

¿Cómo es posible que más de 40 años después de votar por abrumadora mayoría su incorporación a la familia europea decidan salir? "Para algunos es el miedo a perder soberanía, para otros la inmigración y hay otros que nos culpan a nosotros porque no dimos lo suficiente a David Cameron, el primer ministro británico que convocó el referéndum, cuando vino a Bruselas pidiendo nuevas excepciones para Gran Bretaña", señalaba el eurodiputado liberal belga, Guy Verhoftstat. El "Brexit", en su opinión, empezó a escribirse mucho antes de que se conociera el resultado del referéndum del 23 de junio del 2016, que sacudió políticamente a los 27. Verhofstat sostiene que arrancó el día en el que Londres empezó a arañar excepciones y cheques para diseñarse un traje a medida, echando el freno a cualquier proyecto destinado a impulsar la integración política. "Todas estas excepciones, todos los vetos hicieron que la Unión Europea no fuera capaz de actuar eficazmente: siempre poco y tarde", lamenta el belga.

Esa ha sido la tónica dominante en la relación de amor-odio que han mantenido la UE y el Reino Unido durante este periodo. Los seis países fundadores -Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo- invitaron a mediados de la década de los 50 al Gobierno británico a entrar en las negociaciones que servirían posteriormente para crear la Comunidad Económica Europea. Convencidos de que como potencia mundial que eran tendrían más oportunidades comerciales fuera, el conservador Harold MacMillan, el primer ministro por aquel entonces, rechazó la oferta.

Fue el primer síntoma de cómo se desarrollaría la relación futura. Ese distanciamiento del proyecto europeo no hace distingos ideológicos. El primer ministro laborista Harold Wilson fue el primero en prometer una renegociación de las condiciones de adhesión y un referéndum sobre la permanencia, en el que se impuso la continuidad.

Los choques entre Bruselas y Londres, sin embargo, volverían a reavivarse con la llegada al poder de Margaret Thatcher, en 1979. La "dama de hierro" convirtió el presupuesto europeo y la contribución británica en su prioridad más absoluta al entender que Londres aportaba demasiado a las arcas comunitarias y obtenía poco a cambio. La frase "¡quiero que me devuelvan mi dinero!" se convirtió en su eslogan más conocido. Cinco años después, arrancaba lo que ha pasado a la historia como el "cheque británico", una especie de compensación financiera que ha seguido vigente hasta hoy.

La salida de escena de Thatcher no disminuyó el euroescepticismo británico que siguió arrancando excepciones. Las más evidentes, el mantenimiento de la libra y el derecho a no formar parte del euro y la exclusión del espacio de libre circulación de Schengen.

El golpe de gracia, sin embargo, lo terminó de dar Cameron. Como sus predecesores, llegó a Bruselas en busca de nuevas excepciones y prometió un referéndum en el que, esta vez sí, aunque por un estrecho margen, se terminó de consumar el desamor. "Echaremos de menos su energía", admitió ayer con pena la vicepresidenta de la Comisión, Margrethe Vestager.

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