Dos de las tres principales instituciones de la UE -el Consejo, o cumbre de jefes de Estado y Gobierno, y el Parlamento Europeo (PE)- están librando una dura batalla por la elección del sucesor del actual presidente de la Comisión Europea, tercera gran institución de la UE, equiparable a un Ejecutivo comunitario. El lunes por la noche, la cumbre de Bruselas encargó a su presidente, el belga Herman van Rompuy, que negocie con la Eurocámara y con el propio Consejo el nombre de una persona que pueda obtener el respaldo tanto de los Gobiernos como de los eurodiputados.

Con esta decisión, el Consejo ha intentado atar corto a la Eurocámara, desoyendo su petición de que, el lunes por la noche, comenzase a debatir el respaldo o rechazo al candidato del PPE a presidir la Comisión, el luxemburgués Jean-Claude Juncker.

En realidad, el Consejo nunca ha visto con buenos ojos la decisión de cinco eurogrupos de acudir a las elecciones de la pasada semana con un cabeza de cartel al que revistieron de la categoría de candidato a la presidencia de la Comisión.

Hasta ahora, el nombre del candidato a presidir la Comisión salía de los debates del Consejo Europeo y, después, era sometido a la Eurocámara, ante la que debía obtener una mayoría absoluta de apoyos. Sin embargo, la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, que ha reforzado los poderes del Parlamento, ha dado origen a la actual batalla. Puesto que el Tratado estipula que el Consejo Europeo propondrá un nombre a la Eurocámara, "teniendo en cuenta los resultados de las elecciones", el Parlamento ha interpretado que el candidato de la lista más votada es el que, en primer lugar, debe ser sometido a debate por el Consejo. Sin embargo, el Consejo se niega desde hace semanas a entrar en ese juego y ya advirtió antes de las elecciones, por boca incluso de la canciller Merkel -quien, por lo demás, apoya a Juncker-, que el nombre del candidato puede ser el que propongan los eurodiputados u otro que decida el Consejo.

De ahí que el lunes ni siquiera se molestaran en comenzar a examinar el nombre de Juncker. Y eso que, en una iniciativa que el Consejo estima carente de fundamento legal, los presidentes de los grupos parlamentarios de la cámara saliente dieron por sentado que el elegido sería Juncker y le encomendaron, pocas horas antes de la cumbre, la búsqueda de alianzas para lograr los 376 votos que marcan la mayoría absoluta.

Según datos provisionales de la propia Eurocámara, el PPE sólo contará en la próxima legislatura con 214 diputados, por lo que le faltan ni más ni menos que 162, que con toda probabilidad lograría con un pacto con los socialistas, en cuyas huestes formarán 191 legisladores.

Mientras Consejo y Eurocámara se enzarzan en una nueva de las muchas peleas que jalonan la historia de la UE, los euroescépticos continúan sus movimientos para formar grupo. La líder del Frente Nacional francés, Marine Le Pen, negocia discretamente la captación de legisladores de al menos dos países para cumplir el requisito exigido a todo grupo de contar con miembros de siete países.

El líder del eurófobo UKIP británico, Nigel Farage, se reunió, por su parte, con el jefe del M5S italiano, Beppe Grillo, para intentar un acuerdo. Ambos comparten el deseo de convocar sendos referendos en sus respectivos países sobre la salida de la UE.