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Salvar los océanos

Investigadores europeos recomiendan más algas y menos proteína marina para alimentar a la industria acuícola: «La dependencia de peces forrajeros es insostenible»

Un informe encargado por Bruselas constata que las verduras del mar son «una alternativa viable» y apuesta por que supongan «entre el 20% y el 25%» del pienso de las lubinas y doradas

Unos 17 millones de toneladas de pescado salvaje se transforman cada año en harina y aceite para sostener una producción de 66 millones de toneladas de peces de cultivo

Limpieza de algas el pasado mes de mayo en el parque de cultivo de bivalvos de Carril.

Limpieza de algas el pasado mes de mayo en el parque de cultivo de bivalvos de Carril. / Iñaki Abella Dieguez

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El Parlamento Europeo expresó en 2024 su intranquilidad por las preocupantes noticias que llegaban desde la costa de África occidental, donde las comunidades locales han visto estos últimos años cómo la depredación china se ha intensificado hasta el punto de tensar aún más la seguridad alimentaria de la región. Son cada vez más los buques del gigante asiático que se dedican a asediar sin pudor tantos caladeros como pueden, sin un ápice de control ni humanidad. Hasta el punto de dejarlos sin peces para hacer con ellos harinas y aceites de pescado con los que producir piensos para alimentar a su industria acuícola. En definitiva, peces que sirven de comida a otros peces, mientras millones de personas pasan hambre en el mundo.

La insostenibilidad de estas prácticas ha salido a flote en una profunda investigación impulsada por la organización periodística The Outlaw Ocean Project, divulgada por El País. Según el reporte, que puso el foco en la actividad de 2.400 pesqueros vinculados a la producción de harina de pescado, más de la mitad de las especies descargadas por estos barcos fueron catalogadas por los científicos como «sobreexplotadas». Pero no es el único impacto. El informe también constata tensiones geopolíticas y muertes asociadas a la molienda de proteína marina procedente del extranjero, que también se cuela en las piscifactorías españolas y, por ende, en las especies de cultivo que distribuyen algunos supermercados del país.

Ya en 2024, los europarlamentarios consideraron adecuado promover «la innovación en fuentes de pienso complementarias, como las algas, para evitar una mayor dependencia de las importaciones de harina de pescado». A raíz de la postura de Estrasburgo, la Comisión Europea encargó un estudio para evaluar las posibilidades reales de implementar una dieta verde en la acuicultura. «Una alternativa viable», a ojos de los autores, que el pasado mes de junio publicaron al fin su trabajo.

Según indican, «la dependencia de peces forrajeros capturados en estado salvaje para producir piensos acuícolas es insostenible desde el punto de vista ambiental y económico». «La sustitución total de los ingredientes de origen pesquero es técnicamente posible», reconocen asimismo, aunque en estos momentos identifican un enorme cuello de botella industrial y económico.

Los extractos procedentes de algas son, de media, un 10% más caros, por lo que el principal problema es producir suficiente volumen a precios competitivos. La acuicultura europea consume unas 390.000 toneladas de harina de pescado y 152.000 toneladas de aceite de pescado al año. Reemplazar solo una cuarta parte de este último exigiría 25.000 toneladas de aceite de algas, equivalentes a 63.000 toneladas de biomasa.

La producción mundial de microalgas rondó las 130.000 toneladas en 2022, y Europa únicamente representaba el 2% del total. Por lo tanto, la producción comunitaria actual no da, ni de lejos, para cubrir la demanda de aceites y harinas verdes que necesita la acuicultura de la Unión Europea.

Los investigadores recomiendan promover un aumento escalonado de las verduras del mar en los menús de las piscifactorías, pero teniendo como horizonte a largo plazo «la sustitución completa». Las formulaciones podrían aspirar a que la harina y el aceite de algas representen entre el 10% y el 15% del pienso total en los cultivos de salmón y trucha, y del 20% al 25% en el caso de la cría de lubina y dorada. «Debería fijarse como objetivo inicial que al menos el 25% del EPA y el DHA total (dos tipos de ácidos grasos omega-3 presentes en los productos del mar) proceda de ingredientes no derivados del pescado», añaden al respecto.

Según recoge el informe, a partir de datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y de la Organización de Ingredientes Marinos (IFFO), cerca de 17 millones de toneladas de pescado salvaje se destinan cada año a la producción de harina y aceite para conseguir 66 millones de toneladas de peces de cultivo. «Las algas representan un componente de importancia estratégica para lograr un sistema europeo de piensos acuícolas más resiliente, circular y sostenible», subrayan los autores, que apuestan por pasar del dicho al hecho con un nuevo marco político que combine instrumentos financieros y normas de sostenibilidad.

«Corregir las distorsiones del mercado —⁠por ejemplo, eliminando las subvenciones a materias primas para piensos consideradas insostenibles e introduciendo incentivos fiscales para las alternativas sostenibles⁠— podría modificar de forma significativa su comportamiento», indican. En cuanto a la incorporación de las microalgas, «una estrategia práctica y ampliable consistiría en combinar las algas con otros ingredientes alternativos y con componentes de origen pesquero obtenidos de forma sostenible, incluidos los recortes y despojos procedentes de las operaciones acuícolas, para optimizar tanto los resultados nutricionales como los económicos».

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