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Extranjeros a bordo

De Rumanía a Vigo y del taller de coches a la mar: «Tuve mucha suerte con los armadores de aquí. Me han llegado a dar pescado para no volver a tierra vacío»

Viorel Potanga, uno de los socios más jóvenes de ARVI, decidió comprar a sus 41 años el antiguo «Segundo Os Carballa», hoy «Nuevo David», tras más de media vida dedicada a la pesca

«Ya no es tanto sacrificio. Antes descargabas a mano y era un trabajo bruto», remarca el pescador, que ya ha incorporado a seis marineros senegaleses: «Sin ellos sería difícil»

Viorel Potanga minutos antes de zarpar en el «Nuevo David». A bordo, su padre Daniel y toda su tripulación, formada por seis marineros senegaleses.

Viorel Potanga minutos antes de zarpar en el «Nuevo David». A bordo, su padre Daniel y toda su tripulación, formada por seis marineros senegaleses. / Jose Lores

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Vigo

Un paseo por O Berbés basta para certificar que la pesca española es inconcebible sin extranjeros. ¿Las tripulaciones nacionales? Prácticamente ausentes. Y en los modestos barcos, a bordo, cada vez más extranjeros que buscan ganarse el pan en el mar.

Algunos llevan ya más de media vida en el oficio, como Viorel Potanga, que arribó al sector pesquero gallego a los 19 años, procedente de Rumanía. Hoy, con 41, sigue siendo uno de los socios más jóvenes de la Cooperativa de Armadores del Puerto de Vigo (ARVI).

Entró en la gran familia de la pesca a las puertas de la peor crisis de España en el siglo XXI, con el derrumbe de la economía por el crac del ladrillo. Y lo hizo cambiando el taller de coches que regentaba con su padre Daniel en la pequeña ciudad de Fetești, en el distrito de Ialomița, por las noches faenando en la ría. Y cuando no, descubriendo la costa del Cantábrico.

Viorel, a bordo del «Nuevo David».

Viorel, a bordo del «Nuevo David». / Jose Lores

«Creo que lo mejor ha sido poder conocer todos los puertos del noroeste: Ondarroa, Bilbao, Santoña, Avilés, Burela, A Coruña, Camariñas, Fisterra... hasta Vigo. Me quedo con Vigo», remarca Viorel. «Eso y ver las ciudades desde el mar. Esas vistas».

El currículum pesquero de Potanga escribe sus primeras líneas en el Nuevo Narval, donde trabajó durante unos pocos meses para más tarde acabar fichando a largo plazo por el Mi Nombre Cinco: una carrera de fondo desde 2007 hasta 2025. En este cerquero que acaricia los 24 metros de eslora y baña su casco en acero creció como profesional hasta llegar a ser patrón, encadenando formación tras formación para poder aspirar a más. Y este año, en marzo, se despidió finalmente de él y de su armador para emprender con su propio barco, el antiguo Segundo Os Carballa. Ahora bautizado como Nuevo David.

Potanga, su padre Daniel y toda su tripulación, formada por seis marineros senegaleses, en el «Nuevo David».

Potanga, su padre Daniel y toda su tripulación, formada por seis marineros senegaleses, en el «Nuevo David». / Jose Lores

Un vistazo a este buque vuelve a confirmar la misma tesis que emana a pie de puerto: los extranjeros son indispensables para evitar que los barcos (más barcos) amarren. Para que puedan faenar y llevar pescado a las lonjas, a las pescaderías y a los supermercados. A nuestras neveras o congeladores.

A bordo de la embarcación, seis tripulantes senegaleses gestionan la pesca junto a Viorel y Daniel, que llegó antes que su hijo a España porque le gustaba viajar, y le gustó tanto Vigo que se quedó, probando suerte primero en un palangrero que capturaba pez espada y después en otro cerquero, el Loreto Cuatro. «Sin ellos sería difícil», dice el patrón sobre su dotación. Y es que cuesta encontrar mano de obra como cuesta poner a rodar el negocio. Arrancar. Algo complicado si el relevo que llega es nuevo y no cuenta con mucha experiencia.

El «Nuevo David», zarpando para hacer una nueva jornada de pesca.

El «Nuevo David», zarpando para hacer una nueva jornada de pesca. / Jose Lores

«Los comienzos con el Nuevo David han sido duros. Al principio pensaba: apaga y vámonos para casa. Pero tuve mucha suerte con los armadores de aquí. Me han llegado a dar pescado para no volver a tierra vacío», señala Potanga, citando entre los muchos buques que le ayudaron al Colomba Tercero y al Tribal. También se acuerda de Ángel, el dueño del Mi Nombre Cinco, por todo el apoyo que le prestó durante casi dos décadas. «Cuando le dije que iba a comprar un barco no fue fácil —⁠reconoce⁠—⁠, pero me acabó apoyando».

«Si se inscribe un barco nuevo, el resto siempre le tiende la mano», destaca Viorel, para quien el oficio del pescador ha mejorado mucho en los últimos años y hoy ofrece «una verdadera oportunidad» a la gente que quiere trabajar. «Ya no es tanto sacrificio. Antes descargabas todo a mano y era un trabajo bruto», asegura. Aun así, admite que también hay contras, como tener que cambiar de horario (⁠faenar de noche y dormir de día⁠)⁠, aunque lo compense, en parte, tener todos los fines de semana libres para descansar.

«Tiene sus cosas malas, pero también sus cosas buenas», resume el armador sobre la pesca. Y tiene algo muy claro: «Te tiene que gustar; si no, lo abandonas todo». «Te tiene que gustar para seguir».

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