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Los crímenes de la flota asiática

Depredadores terrestres en alta mar: «Capturábamos incontables tiburones. Hasta el punto de destruir el ecosistema»

EJF publica una nueva investigación en la que sitúa al puerto senegalés de Dakar como uno de los grandes nodos mundiales del tráfico ilegal de aletas

«Nos inspeccionaron, pero sobornamos a los inspectores. Les dábamos pescado y no revisaban el barco», asegura uno de los marineros

Un marinero asiático corta las aletas de dos ejemplares de tiburón en aguas de África.

Un marinero asiático corta las aletas de dos ejemplares de tiburón en aguas de África. / EJF

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«Capturábamos incontables tiburones. Hasta el punto de destruir el ecosistema», reconoce uno de los 124 pescadores de la flota asiática que opera en Dakar, Senegal, entrevistados por Environmental Justice Foundation (EJF). La organización no gubernamental acaba de publicar su nuevo informe, Cut & Run; Cortar y Correr, traducido al español. En él describe el puerto africano como uno de los grandes nodos mundiales de cercenamiento de aletas, documenta las malas prácticas de decenas de palangreros chinos y adjunta un reportaje de fotografías macabras —⁠de las que revuelven el estómago hasta el punto de perder la fe en la humanidad⁠—⁠. Son posados de marineros sujetando el cadáver de un escualo con la boca abierta, mientras emanan sangre o a medio despedazar. «Los cuerpos se cortaban en pequeños trozos y se convertirían en cebo. Los usábamos de cebo para volver a capturar tiburones», dice otro tripulante. Depredadores terrestres en alta mar.

Zorros ojones y puntas blancas masacrados, entre otras especies. Ese es el precio que paga la sostenibilidad de los océanos mientras se llenan los bolsillos pesqueros como el Lisboa, señalado por la ONG en su última investigación. Posteriormente bautizado como Kiki, el barco fue incluido en la lista negra de Iccat, la Comisión Internacional para la Conservación del Atún Atlántico, en septiembre de 2022. Se le acusó de transbordo ilegal de cuerpos de tiburón y sus aletas, que desembarcaba en la costa senegalesa sin aparente control.

Un tripulante posa con un tiburón zorro capturado de noche.

Un tripulante posa con un tiburón zorro capturado de noche. / EJF

«En Dakar podíamos descargar las aletas sin más. No teníamos que esconder nada porque no había nada que temer», relata un tripulante a EJF. «Nos inspeccionaron, pero sobornamos a los inspectores —⁠admite otro⁠—⁠. Les dábamos pescado y no revisaban el barco».

Los marineros entrevistados, la mayoría indonesios y filipinos enrolados en buques chinos y taiwaneses, dan cuenta del sangriento negocio ilegal tras la matanza de tiburones, que se capturaban únicamente por sus aletas: la izquierda, la derecha y la cola. «Los cuerpos se desechaban», dice uno de ellos, a excepción de algunos ejemplares como las hembras de tiburones tigre. «Los arponeábamos», matiza un segundo, regalando detalles del momento de la captura.

Senegal, tierra de nadie

El 17 de noviembre de 2024 expiró el acuerdo pesquero que mantenían Senegal y la Unión Europea. A cambio de una dotación económica al país africano, un máximo de 45 barcos europeos —⁠la mayoría españoles y algunos gallegos⁠— estaban autorizados a faenar en sus aguas; hoy tierra de nadie, o más bien, de todos los buques asiáticos que esquilman el caladero sin control. Dakar ha cambiado una flota que apostaba por la sostenibilidad por otra que masacra sus recursos, como así acreditó Bruselas en mayo de hace dos años al sacarle tarjeta amarilla al Estado costero, antes de romper completamente las negociaciones. Ese fin de relaciones ha provocado que 28 atuneros cerqueros congeladores, diez atuneros cañeros, cinco palangreros y dos arrastreros de merluza negra hayan tenido que abandonar la zona. Una situación «agónica» para muchos de ellos, como denunció repetidas veces la asociación Dakartuna.

EJF identificó a más de 70 palangreros asiáticos que operaron en Dakar entre 2020 y 2025. De ellos, 41 habrían practicado finning —⁠como se conoce a la práctica de extirpar aletas a animales marinos y devolverlos al agua, prohibida en la Unión Europea y también, sobre el papel, en Senegal⁠—⁠. «Se guardaban en secreto porque el cercenamiento de aletas de tiburón viola la ley del país. Las colocaban al fondo del congelador», admite un tripulante. «El capitán nos ordenó arrojarlas cuando hubo una inspección policial con un helicóptero. Tiramos unos 20 fardos, de entre 70 y 80 kilos cada uno», recuerda otro.

Los trabajadores consultados por la ONG explican que sus desembarques tenían lugar normalmente de noche, a toda velocidad para evitar cualquier choque con los guardas, a los que si no trataban de persuadir a golpe de sobornos. «Nos metían prisa», indica un marinero. Y un segundo lo corrobora: «Se descargaban en secreto. Era como un robo».

Un pescador sostiene un tiburón martillo juvenil a bordo de una embarcación asiática.

Un pescador sostiene un tiburón martillo juvenil a bordo de una embarcación asiática. / EJF

Según el informe, Senegal exportó aproximadamente 1.360 toneladas de aletas de tiburón entre 2015 y 2024, lo que sitúa al país africano en el puesto 16 del ranking de principales comercializadores mundiales de este producto por peso. China y Hong Kong recibieron cada uno el 24% de esa cantidad, manchada por la violencia que retratan las imágenes que acompañan el documento, publicado esta semana, a pesar de que a bordo estaba totalmente prohibido inmortalizar la carnicería.

«Antes de izar la captura, se apagaban primero las cámaras. Se apagaban todas», afirma un tripulante. «No estaba permitido grabarlo con los teléfonos», agrega otro. EJF lamenta el agujero normativo de Iccat, que según denuncia sí consiente que las aletas y los cuerpos se descarguen por separado siempre que las aletas no superen el 5% del peso de los tiburones. Un marco regulatorio que, a sus ojos, presenta importantes lagunas, al dificultar el trabajo de inspección. Por este motivo, la ONG pide que se aplique la regla de «aletas naturalmente adheridas» —⁠que cada ejemplar llegue a tierra con ellas unidas al cuerpo⁠—⁠, además de urgir una cobertura de observadores científicos, humanos o electrónicos, de hasta el 100% de las horas efectivas de pesca; controles prioritarios para las flotas en riesgo y un sistema internacional de intercambio de información.

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