El «milagro del chorito» o cómo Chile multiplicó por 200 su producción de mejillón en 30 años
La cantidad despachada por el país sudamericano ha pasado de las 2.000 a las 400.000 toneladas anuales, convirtiéndose en el mayor exportador del mundo

Productores de mejillón chilenos con parte del cultivo extraído del mar. / Mejillón de Chile
Al mejillón chileno se le llama choro o chorito por su vínculo con la palabra churu, que significa molusco o concha marina en quechua; la familia lingüística indígena más importante de América, el «habla de la gente». A contracorriente, el sector acuicultor de la república sudamericana ha acelerado su crecimiento hasta el «milagro», multiplicando su producción por 200, de las 2.000 a las 400.000 toneladas anuales, en cosa de 30 años.
Chile se ha convertido así en el segundo productor mejillonero del mundo, solo tras la todopoderosa China. ¿Pero cómo ha sido posible este remonte? ¿Qué es lo que ha hecho la industria del país más largo del mundo y qué puede aplicarse a Galicia, donde a cierre de 2024 ni se alcanzaron las 179.000 toneladas, casi 100.000 menos que en 2018?
Un estudio publicado por el Centro Interdisciplinario de Investigación en Acuicultura (Incar) —formado por investigadores de la Universidad de Concepción, la Universidad Andrés Bello y la Universidad Austral de Chile— explora cómo se forjó el «milagro» del mejillón chileno, asegurando que la expansión de la industria llega como fruto de un «proceso complejo y multivariable». La producción se ha visto impulsada por las condiciones naturales favorables —al contrario de lo que está sucediendo en la comunidad gallega—, pero también por la fuerte apuesta por políticas de investigación, promoción y comercio internacional efectivas, así como por la captación de inversiones privadas nacionales y extranjeras.

Campaña de promoción del consumo de mejillón entre escolares impulsada en Chile. / Mejillón de Chile
«Long-line» versus bateas
El mejillón chileno partía de la nada hasta que la región de Los Lagos, en el sur del país, se activó a comienzos de los años 90 y empezó a correr a cada vez más revoluciones, convirtiendo a Chile en el mayor exportador de mejillón del mundo. Lo hizo mayoritariamente a través de cultivos en long-line, a diferencia de las bateas gallegas, y según los autores del artículo científico fue imprescindible, además, el desarrollo y la implementación de mejoras tecnológicas en el campo de la acuicultura y la configuración de un clúster empresarial potente, que permitió escalar la producción, acceder a nuevos mercados y reducir los riesgos ambientales.
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