El naufragio del «Marbel», 48 años después: la muerte a las puertas de casa
«27 desaparecidos y 9 supervivientes en el naufragio del congelador Marbel, a la altura de las islas Cíes». Este fue el titular de primera página de FARO DE VIGO del domingo 29 de enero de 1978. La tragedia, de la que pronto se cumplirá medio siglo, ha estado siempre bajo la sombra de una investigación deficiente y los escasos medios con los que aquella tripulación pudo contar para evitar la muerte a las puertas de casa

Familiares de fallecidos en el funeral, el 5 de febrero / Cameselle

El buque congelador Marbel acababa de cambiar de manos: había pertenecido a la armadora Álvarez Entrena pero, a fecha de su desaparición, era de un banquero de Valladolid, Domingo López Alonso, con domicilio en la calle Serrano de Madrid. A las órdenes del capitán Antonio Souto Villanueva, de Marín, el pesquero partió de Vigo en la tarde del 27 de enero de 1978 para realizar una marea en África del Sur (actual Namibia), en tanto no arreglaba todos los papeles para empezar a operar en una empresa mixta de Argentina. Su TRB (tonelaje de registro bruto) era de 1.317 toneladas, con unos 75 metros de eslora y fue construido por Marítima Axpe (Bilbao) en 1966.
Arreciaba un temporal en la ría, con vientos de más de 50 nudos y olas que alcanzaban los 10 metros en Cabo Silleiro. El Marbel salió igualmente. En torno a las 19:30 horas de la tarde, y por una explosión en la sala de máquinas —por la rotura de una biela o uno de los pistones—, se abrió un boquete en casco y, sin gobierno, la mar fue empujando al pesquero contra las Cíes.
El primer SOS se emitió a las 21:40 horas, pero la Costera de Vigo no se enteró: estaba sin corriente. No fue hasta la medianoche, ya del 28 de enero y tras distintos intentos de cargueros y pesqueros por asistir al Marbel —el Puerto de Alicante o el Magallanes—, que a la zona acudió un remolcador. Pero era diminuto, un juguete: el José Elduayen apenas aportaba 800 CV de máquina y 30 metros de eslora. Al pesquero no llegó nadie a tiempo para evitar su encontronazo fatal con las piedras.
Fallecieron 27 de los 36 tripulantes que iban a bordo.
Pensé en mi hijita. Ya me estaba despidiendo de ella cuando sentí que una fuerza me impulsaba hacia arriba. No se de dónde salió
«Todos los cabos se soltaban o rompían una y otra vez más cerca de las rocas. Como último intento desesperado intentamos largar el ancla, pero la perdimos. Así que la nave quedó prácticamente sin gobierno mientras el mar nos acercaba peligrosamente a tierra», relató a FARO José Martínez Méndez, de Cangas, el mismo día 28. «Al mismo tiempo teníamos fuego a bordo. Cuando tocamos fondo eran, aproximadamente la una y media de la madrugada. Yo me tiré al agua y gané tierra a nado».

Imagen de archivo del «Marbel» / FdV
En plena tormenta y tras haber sobrevivido a un siniestro de esta magnitud, los supervivientes fueron asistidos por un pequeño pesquero, el Carolo, que los desembarcó en Vigo. «Yo no sé cómo fue que ganamos tierra, pero llegamos y pasamos la noche en el monte, en las Cíes. Hasta las diez y medía de la mañana no nos encontraron», abundaba, también a este periódico, el moañés José Manuel Santomé Fervenza.
«Ya pensé que me moría. El caso es que no sé cómo estoy aquí. Me caí o me tiré al agua y me encontré cubierto por una masa de agua, extenuado. Pensé en mi hijita. Ya me estaba despidiendo de ella cuando sentí que una fuerza me impulsaba hacia arriba. No se de dónde salió. Era una ola, una ola fuerte que me subió a las rocas». Antonio Dacuña, el cocinero, se juró aquel día que no volvería a la mar.
La falta de medios en tierra, la tardanza en asistir a los náufragos, la salida a la mar en medio de un temporal o la falta de corriente en la costera de Vigo son cuestiones que, de un modo u otro, contribuyeron al siniestro, a escasas 13 millas de O Berbés.
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