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«En mi cabeza, Carmen», por Lara Graña

El «García del Cid» en la ría de Vigo.

El «García del Cid» en la ría de Vigo. / Javier JAC

Lara Graña

Lara Graña

En mi cabeza está sonriendo. Porque se ha cortado el pelo y le gusta, porque quien tiene la cámara le ha hecho una carantoña o porque está estrenando unas gafas de sol. No lo sé, pero sonríe. Y así como para mis adentros le he llamado siempre “Carmen”, aunque en su familia le decían «Mari», me he imaginado un millón de veces la realidad suya. Hasta moldearla, sin permiso. Le pinté una sonrisa sincera sin conocer más que, de puntillas, su tormento. Que la verdad cruda de haber denunciado una violación por un compañero de trabajo a bordo del oceanográfico García del Cid. Que el hecho cierto de haber escrito una despedida en una libreta de anillas, diciéndonos, quizás, que el miedo al dolor es más fuerte que a morirse.

No sé si a María del Carmen Fernández Vázquez (Cangas, 1980) le gustaba pasear por Bueu, donde vivía; si escuchaba música antes de dormirse o si le daban grima los kiwis. A lo mejor no le entusiasmaban las sardinas, calzaba una talla 38 de pie, tenía alergia a los ácaros o nunca estuvo en Berlín.

Le he hecho transitar tantas horas conmigo, solas, que, sin quererlo, me la he figurado. Como a sus hijos, como a sus padres. ¿Y si no le gustaban aquellas gafas de sol, en realidad? ¿O su corte de pelo? A lo mejor ni siquiera quería que le dijeran “Carmen”.

Me entero hoy de que sus padres, Luis y María del Pilar, acaban de fallecer. Él, Luis o do tractor, de manera fulminante; su madre no, llevaba mucho tiempo enferma, pero siguió al marido pocas horas después. Ni siquiera sé si María del Pilar era consciente en su convalecencia de que a su hija, a Mari, se la había tragado el mar en su primera campaña desde que había denunciado la agresión sexual en su camarote. Desaparecida en la noche del 9 al 10 de septiembre de 2023 frente a las costas de Gandía. No he tenido oportunidad de preguntarlo.

Pero en el espacio de mi imaginación no hay sitio para el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), la empresa empleadora de esta camarera de a bordo que aseguró que no podían cambiarla de centro de trabajo —así lo indico por escrito en una respuesta a Congreso y Senado— porque no lo permitía el convenio laboral —no era cierto, y la plantilla del buque Cornide de Saavedra sí fue reubicada, homólogo en condiciones laborales al oceanográfico Garcia del Cid— y porque ya tenía camarote propio, el mismo en el que denunció haber sido violada. La empresa pública que se ha referido a ella solo por sus iniciales, que mandó desguazar el barco en silencio, que ha despedido a todos sus trabajadores, que no ha explicado por qué no están los datos de posicionamiento del Garcia del Cid de las horas previas y posteriores a la desaparición en el último expediente científico. La compañía que ha recibido un premio europeo a la igualdad. La que, probablemente, coquetee hoy con la tentación de emitir un pésame político.

Sobre esta trabajadora he tenido que fabular, supongo que para tenerla presente como mujer, no como un número; sobre de la gestión del CSIC, no. Hemos aportado información, datos, testimonios. No sé si a Eloísa del Pino le gustan las sardinas y no me importa, sabemos cómo actuó su equipo con este caso. Eso basta.

En mi cabeza sonríes, Carmen. Mucho. Siempre.

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