Del fondo del mar a la lata de conserva: las algas ya son el «oro verde» de las rías gallegas
No es pescado ni marisco: son algas como las que se capturan en Arousa y llegan a A Lama, donde Algamar procesa 300 toneladas al año y allí se seca «como si fuera tabaco», un producto que ayuda a paliar la sobreexplotación de especies como la navaja
El mar rompe suave sobre las bateas en Arousa cuando Tito Barreiro se zambulle bajo el agua. Bucea con la misma naturalidad con la que uno respira, pero lo que más sorprende no es cómo lo hace sino por qué lo hace. Qué le lleva a descender varios metros de profundidad para luego subir como un relámpago, una vez ha descubierto y destripado su suculento botín. No es pescado, tampoco marisco. Sujeta algas que al rato ya iza la pequeña chalana en el que se mueve por las inmediaciones de la isla a la caza de otro tesoro de oro verde del mar. Un valioso recurso que lleva más de 15 años explotando —las tendencias de consumo mandan y especies como el wakame se devoran; de hecho, cada vez más—. Pero sobre todo, un producto que a él y a sus colegas de gremio les ha permitido diversificar más allá de la navaja, contribuyendo por tanto a paliar su sobreexplotación.
Ahora alternan en las rías, entre vegetales y bivalvos. «Un trabajo monótono, sí, pero nos gusta. Y eso tira mucho», dice Demetrio —así se llama realmente Tito— cuando ya ha concluido otra jornada de maratonianas inmersiones. Entonces la mercancía cosechada ya descansa en una camioneta, bien empaquetada y lista para partir hacia su siguiente destino. Recorre unos 60 kilómetros hasta detenerse en el municipio de A Lama, y allí se descarga en las instalaciones de Algamar.
Fundada en 1996 por los hermanos Clemente y Fermín Fernández Sáa, se puede decir que esta empresa es la que abrió el camino en Galicia al tratamiento y la comercialización de algas. En el interior de la provincia de Pontevedra se asienta su factoría procesadora, donde el fresco que arriba se almacena en cámaras frigoríficas nada más entrar. Se acomoda. Y al día siguiente arranca su transformación, que culmina con la deshidratación del 95% del material. «Se limpia, se retiran las partes deterioradas y se mete en secaderos durante 30 horas como si fuera tabaco», explica Fermín. Y logran un producto que se puede conservar hasta cuatro años y que ofrece un sinfín de posibilidades.
Hamburguesas, hummus, sopas, patés, incluso sushi... Todo a partir de estas plantas marinas. Las opciones son infinitas a la hora de innovar no solo con wakame, también con la ya mítica kombu o la lechuga de mar —denominada ulva—. Se hace además a escala industrial: el consumo se ha disparado de tal manera que invita a ello. Solo esta compañía gallega produce unas 300 toneladas anuales: 820 kilos al día sin echar el freno ni un minuto.
«Nuestra región es conocida por su pescado y marisco. Y nosotros pensamos en darle valor a la parte vegetal del mar», agrega Fernández Sáa, que siempre bromea al recordar sus inicios: «A finales del siglo pasado decías que ibas a comer algas y te miraban como si fueras de otro planeta». Ahora ese planeta es un mundo que se fragmenta en multitud de formatos que van más allá de la harina, la salazón, el congelado y llegan a la lata. Algas en conserva.
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