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Liberia: miedo en un caladero de pesca

Los palangreros gallegos que operaban en aguas del país o iban a hacerlo reniegan por inseguridad

D. Gutiérrez.

La flota pesquera guardesa reniega de Liberia. El único barco que estaba en el caladero, el palangrero Cedes, ya ha puesto millas de por medio tras ser abordado y apresado durante cinco horas en una acción que los Guardacostas liberianos llamaron "inspección rutinaria", pero que fue a punta de pistola. El otro, O Galopín, ni siquiera va a activar la licencia que ya ha abonado y perderá el dinero invertido. "No va ir nadie, hay miedo a lo que pueda pasar", explican los armadores, que temen que las tripulaciones sean retenidas o, peor, heridos, y por eso no ocuparán las tres posibilidades de pesca restantes. Todo ello, con el recuerdo de lo que le pasó al palangrero ribeirense Eros en el año 2012, apresado un año por el país africano mientras disfrutaba de un permiso de pesca con su armador y capitán, Manuel Alberto Suárez, en el interior.

Liberia es un país gobernado por el exfutbolista George Weah (único Balón de Oro africano y célebre por su paso por el A.C. Milán) desde finales del año pasado y cuya historia reciente está marcada por una cruenta guerra civil. Forjado por los liberados de la esclavitud en Estados Unidos, es la república más antigua de África, proclamó su independencia en 1847 y adoptó una Constitución semejante a la norteamericana. Marcado por los sucesivos golpes de Estado, la estabilidad llegó con las primeras elecciones tras la guerra en 2005, en las que salió vencedora la economista Ellen Johnson-Sirleaf.

El acuerdo pesquero entre Liberia y la Unión Europea llegó diez años después, en 2015, cuando se desató una epidemia de ébola que costó la vida a más de 4.800 personas en el país. En aquel momento desde el sector palangrero renegaban del pacto que les ofrecía cinco posibilidades por tratarse de un país con una historia convulsa. Sin embargo, el Cedes, de la Organización de Palangreros Guardeses (Orpagu), decidió probar el año pasado. La buena experiencia les animó a repetir, pero no contaban con el arresto el pasado 2 de abril. "Si te llevan a tierra ahí no sabes lo que te vas a encontrar; sabes cuando entras, pero no cuando te van a soltar", dice Diego Gutiérrez, patrón del barco.

La embarcación Bob Barker, de la organización conservacionista Sea Shepherd, apresó al barco cinco horas junto a militares liberianos armados con metralletas. "En todo momento tuvieron una actitud agresiva", se queja Gutiérrez, que recuerda que fueron apuntados con el arma cuando se negaron a cortar las aletas de los tiburones (una práctica prohibida a bordo por la normativa comunitaria). "En un momento dado pensé que me querían mandar para la lancha y llevarme a tierra", recuerda el patrón, que decidió recoger el aparejo y marcharse a las aguas situadas al norte de Brasil tras su liberación. A bordo van cuatro españoles, tres de ellos gallegos: Julio Piñeiro, Pablo Expósito y Francisco Miguel Martínez. Son los últimos de Liberia.

Javier Castro, por su parte, quiso evitar llegar a este punto. "Tan pronto nos enteramos de lo que pasó abortamos la tramitación", explica el armador del palangrero O Galopín, de la Asociación de Palangreros Guardeses -diferente de Orpagu- y que ya había pagado la licencia. "Ese dinero ya lo hemos perdido porque no lo van a devolver", lamenta el veterano armador, que explica que el único motivo es el "miedo". "Queríamos probar por primera vez y aprovechar unos meses, pero ahora no va a ir nadie", apunta.

¿Qué hará Bruselas?

Mientras, en el sector se preguntan qué va a pasar con el acuerdo pesquero en sí y qué medidas tomará Bruselas. Y es que hace poco menos de un año la Comisión Europea alertó a las autoridades del país africano de la necesidad de tomar medidas para luchar contra la pesca ilegal, no declarada y no reglamentada (IUU, por sus siglas en inglés) y ajustar su legislación para el correcto cumplimiento de acuerdo con los estándares europeos. El pacto caduca en 2020 y su uso por parte del palangre es inexistente.

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