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«Robar las campanas de Santiago era como robarle la voz al apóstol»

«El Camino fue el cordón umbilical que mantuvo unida a la cristiandad hispana con el resto de la europea»

La periodista y escritora Isabel San Sebastián.

La periodista y escritora Isabel San Sebastián. / Jesús Prieto

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Xabi Sanmartín

Isabel San Sebastián es parte del grupo de periodistas más influyentes de la prensa política española desde finales del siglo XX a la primera década del XXI, pero un día de 2007, esta mujer nacida en Chile (1959), de raíces en Bilbao y Navarra, abrió la puerta a su nueva vida. Gracias a su anhelo por escribir más allá de la fiera trinchera mediática, hace casi 20 años (¡Un tango de Gardel!, a ella que tanto le gusta bailar, según dice) recibió el Premio de Novela Histórica de Cartagena por «La visigoda» (La Esfera de los Libros), el primer paso de una saga literaria cuyo séptimo capítulo se titula «La venganza del apóstol» (Plaza y Janes). La escritora vasca afincada en Madrid nos atiende en Santiago, ciudad que conoce bien tras recorrer varias veces el Camino, de cuyo final compostelano es firme defensora ante la moda de concluirlo en Fisterra («El Camino hay que acabarlo en Santiago», dice). El próximo 9 de septiembre, esta «abuela feliz con cinco nietos» hablará en el Club FARO de «Las Navas de Tolosa: Épica y emoción en la Reconquista».

–Este nuevo libro, «La venganza del apóstol» agranda su saga de novelas sobre la Reconquista, ¿cómo decide la época que trata en cada entrega?

–«La venganza del apóstol» es consecuencia de otro libro anterior llamado «Las campanas de Santiago», que relata el robo de las campanas de Santiago en el año 997 por parte de Almanzor... Ya hace tiempo que hice la locura de proponerme novelar toda la Reconquista, y este nuevo libro cuenta el regreso de las campanas desde Córdoba hasta Santiago a hombros de sarracenos. A la hora de decidir qué momento concreto novelo en cada libro, me fijo en los hitos de la Reconquista... Y un hito es la creación o el descubrimiento, esto ya depende de la fe de cada cual, del Camino de Santiago, un hito determinante en la historia de España y en la Reconquista porque ese Camino de Santiago fue el cordón umbilical que mantuvo unida a la cristiandad hispana con el resto de la cristiandad europea. El Camino de Santiago es un hito europeo que perdura hasta hoy, no hay más que ver como está estos días la ciudad. Gracias a ese camino la ciudad ha crecido, igual que otras muchas ciudades por donde pasa.

–Solo he podido leer los primeros capítulos, pero el esqueleto de esta novela que empieza en el año 1231 parece recaer en dos hermanos bien dispares...

–La historia la sostiene un personaje de ficción llamado Beltrán López de Cazorla, que es la figura del antihéroe y es un tipo torpe, débil, alguien que no encaja en su tiempo, en el siglo XIII, y que es el contrapunto de su hermano, que es un guerrero formidable. Ambos son hijos de un héroe de las Navas de Tolosa, batalla que se cuenta en la novela en forma de retrospectiva. Beltrán necesita abrirse camino en el mundo de la guerra, que es el mundo de los hidalgos castellanos cristianos pero como no está dotado para ello, se propone voluntario para infiltrarse como espía en Córdoba y, desde ahí, participa en la Reconquista de Córdoba y en la misión que da título a la novela, devolverle al apóstol sus campanas dos siglos y medio después del robo de Almanzor. Y ese viaje trepidante de mil kilómetros desde Córdoba a Compostela con las campanas a hombros de cautivos sarracenos, un viaje duro y difícil, está recreado en esta nueva novela.

«He acabado muy, muy harta de la bronca política y de la batalla constante. Durante once años viví con guardaespaldas, y esa etapa fue peligrosa»

–¿Eran más que campanas?

–Claro. Las campanas de Santiago, en su momento, no fueron solamente unos bronces y un botín más. Las campanas tenían un significado simbólico formidable porque robarle las campanas a Santiago era robarle su voz, la voz que llamaba a los peregrinos, la voz del apóstol y la del dios cristiano, que no podía proyectarse más lejos que la voz del almuédano que llamaba a la oración de los musulmanes. Robar las campanas y llevárselas hasta Córdoba a lomos de los cristianos era una humillación brutal y devolverlas a Santiago a lomos de sarracenos era devolver esa humillación y era la única venganza posible.

–De acción va sobrado el inicio de la novela.

–La Reconquista, aparte de su valor histórico y político, en términos literarios es una epopeya incomparable, llena de episodios maravillosos para novelar. La batalla de las Navas de Tolosa es como las aventuras de Indiana Jones, igual que el saqueo de Compostela por Almanzor... La Reconquista es un periodo lleno de episodios que son épicos y está llena de simbología porque toda la Edad Media está repleta de simbología y la simbología que tienen las campanas del apóstol es algo irresistible.

–Al leer el libro y pensar en su época periodística de gran eco mediático, pensaba: «¿Escribirá sobre el pasado para dejar atrás el estrés de aquella etapa convulsa?» Usted dirá...

–Yo he acabado muy, muy harta de la bronca política y de la batalla constante. Durante once años viví con guardaespaldas, y esa etapa fue peligrosa para mí y para mis hijos, después ya no, no hay ese riesgo de muerte, pero sí se ha hecho cada vez más personal, cada vez más enconada, cada vez más desagradable y yo hace ya mucho tiempo que encontré en la novela histórica una vía de escape, una forma de huir de una realidad muy bronca, muy fea y muy oscura... hacia un pasado en el que España estaba en construcción y el mundo era muy duro en términos materiales y muy violento, pero, digamos que, en cierto modo, era esperanzador porque España estaba en construcción, porque había un proyecto común y compartido, porque estábamos, de alguna forma, en una época de esperanza, en medio de un mundo muy duro pero de esperanza y hoy me da la sensación de que el mundo actual va en sentido contrario, es mucho más cómodo y más grato en términos materiales, pero aquel me motivaba más en términos literarios.

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