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El anverso de la morriña en Rosalía de Castro

Tres poetas gallegas actuales destacan a la Rosalía periodista y a la Rosalía ensayista. Además, analizan el gesto fundacional de la autora de «Cantares Gallegos» y «Follas novas», escribir en gallego cuando la lengua no tenía ningún prestigio literario

Estatua de Rosalía en Santiago.

Estatua de Rosalía en Santiago. / Xoán Álvarez

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Miguel Fabia Beiza

Gris e inmóvil, en una silla ubicada en el corazón de Santiago de Compostela, encontramos, desde hace más de un siglo, a Rosalía de Castro, sosteniendo, con una mano obediente, la mejilla inclinada de un rostro cocido de morriña. ¿Las estatuas padecen, también, morriña? Como un pimiento que ya no pica, el monumento consagrado a la escritora en el Parque de la Alameda parece añorar, con el eco de sus Cantares Gallegos, todos los viejos matices que se alejan detrás de su piedra: «Non m’olvides, queridiña, / si morro de soidás… / tantas légoas mar adentro… / ¡Miña casiña!, ¡meu lar!».

En el 141 aniversario de su muerte, conmemorado el pasado 15 de julio, la autora de Follas Novas encuentra, en la nueva generación de poetas gallegas, voces que responden a su ruego: «queridiñas» que no olvidan matices. «La crítica la ha analizado como la poeta sentimental y morriñenta –dice Noelia Gómez (Rianxo, 1995), ganadora del V Premio de Poesía Gonzalo López con su ópera prima, O xiro (Xerais, 2018)–, pero nosotras la vemos como la escritora feminista que ha construido una obra pionera y reivindicativa. Y en gallego. La voz que se constituyó como base para las muchísimas que nos hemos formado en sus textos».

Periodista de profesión, Gómez dedicó su Trabajo de Fin de Grado a una faceta de Rosalía que se oculta tras la piedra: la cronista. Estudió, entre varios textos, «Padrón y las inundaciones», un reportaje en el que la escritora describe, desde una ventana de la casa familiar de Lestrove, la catástrofe que asolaba a sus vecinos. Se trata –postula Gómez– de «periodismo social»: «La autora actúa sobre la realidad y la denuncia, situándose del lado de las desfavorecidas y desfavorecidos».

Clara Vidal (A Coruña, 1992) –ganadora en 2023 del Certame de Poesía Rosalía de Castro de Cornellá– encuentra otra grieta: el pensamiento ensayístico de la poeta. «Estamos a falar dunha muller que escribiu o primeiro libro integramente en galego, e moitas veces só se len textos poéticos soltos, esquecendo afondar nos prólogos, que son excelentísimos ensaios sobre o seu pensamento e compromiso», escribe, sin abandonar –ante unas preguntas formuladas en castellano– el gallego. Y remata: «Fixar no calendario un día conmemorativo é moitas veces un xeito de esquecemento».

La nueva responsable de Ediciones de Editorial Galaxia –primera mujer en alcanzar el cargo–, Tamara Andrés (Combarro, 1992), se sumerge todavía más en la piedra: no describe solo qué falta, sino por qué se esculpió así. «Por un lado, es una especie de tótem inalcanzable –explica–. Y por otro, sirve de escudo: si ya tenemos a una poeta mujer absolutamente referencial, parece que interesa menos que entren otras voces poéticas femeninas». Piensa en autoras que el canon dejó fuera –Pura Vázquez, Luz Pozo Garza–, como también en una intuición incómoda: «Existe la sensación de que ninguna de ellas va a alcanzar el nivel de Rosalía».

Al margen de aquello, Andrés –que ya cuenta con cinco poemarios– sostiene que, cuando se estudia a la autora de En las orillas del Sar, se suele excluir todo el condimento avanzado y pionero de su obra. Generalmente, «se enseña a través de un prisma patriarcal, sentimentalista, incluso sentimentaloide».

En 1863, en el prólogo de Cantares Gallegos, Rosalía escribió que su propósito era mostrar que su idioma no era el que «bastardean e champurran torpemente» quienes se burlaban de él, sino una lengua capaz de la misma dignidad literaria que cualquier otra. Ese gesto fundacional –convertir el habla del pueblo en lengua de cultura– sigue siendo la vara con la que se mide, siglo y medio después, lo que significa hoy hacer literatura en gallego.

La lengua bajo la piedra

Para Noelia Gómez –que, al igual que las otras dos poetas entrevistadas, es parte de la destacada antología Poesía galega novísima (Urutau, 2020)–, el gesto de Rosalía sigue en pie, aunque la tierra tiemble debajo. La lengua gallega acumula, a través de sus letras, varios premios en la actualidad, pero en la calle, la situación es distinta: cada año pierde hablantes. Gómez combate diariamente esta crisis: «Yo escribo en gallego desde que tengo uso de razón –dice–. Es la lengua en la que soy y en la que respiro», y menciona plataformas como Queremos Galego, nacidas para frenar un declive que las políticas públicas, admite, no están logrando revertir.

Clara Vidal –ganadora, también, del Premio de Poesía Erótica Illas Sisargas por su obra Masaxe con argán mal pronunciada (Caldeirón, 2024)–, ofrece una lectura más áspera. Para ella, escribir en gallego sigue siendo una decisión política, pero el terreno empeoró: «Rosalía tiña o apoio do costume galegofalante da meirande parte da poboación galega. Non existía a oficialidade, mais os seus textos representaban a fala real da xente. Identificábanse. Hoxe, as galegofalantes que ademais escribimos somos as raras, as que non ocupan os andeis principais nas bibliotecas ou nas librarías, as que se posicionan necesariamente, as que van en contra das porcentaxes, as que non poden ter pretensións económicas coa escrita». Y añade una imagen que resume el giro histórico: si antes la amenaza venía de fuera –la lengua invasora–, hoy los ataques al idioma llegan también desde dentro, «das institucións, dos servizos públicos, dos textos lexislativos, dos políticos».

A diferencia de la época de Rosalía de Castro, el gallego –dice Tamara Andrés– parece habitar hoy en el tejido cultural –literario, musical, teatral– y no en la calle. En ese contexto, como quien voltea los rasgos de una estatua con el reflejo del mar, propone invertir la fórmula de la poeta: si su logro consistió en erigir la lengua del pueblo en lengua de cultura, el desafío actual sería «devolverle al pueblo, cada vez más castellanohablante, la lengua de la cultura».

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