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Historias de un músico

Un viaje a… Papageno

Recuerdo un episodio insólito que me ocurrió hace ya años

El guitarrista español Fernando Sor.

El guitarrista español Fernando Sor. / FdV

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Tomás Camacho

Vigo

Un buen día recibí, a través del Ministerio Español de Asuntos Exteriores, una invitación para participar en un festival de música en Dakar (Senegal). Aquella edición estaba dedicada a W. A. Mozart y una de las condiciones era interpretar algunas obras del compositor salzburgués o inspiradas en él.

La propuesta me hizo una ilusión enorme. No todos los días tiene uno la oportunidad de viajar a África para tocar a Mozart. Me puse inmediatamente manos a la obra y confeccioné un programa que se ajustara al tema. Además de las imprescindibles páginas de Albéniz, Falla o Rodrigo, realicé una transcripción de las XII Pieces pour Clavecin de Mozart, junto al extraordinario Tema y variaciones, Op. 9, de Fernando Sor sobre La Flauta Mágica.

Todo parecía ir sobre ruedas... hasta que aparecieron las vacunas. Por entonces, para entrar en Senegal era obligatorio vacunarse contra el tifus, el tétanos, la fiebre amarilla y otras cuantas enfermedades cuyo nombre preferí olvidar en cuanto salí del dispensario de Sanidad Exterior de Vigo. La mala suerte quiso que alguna de aquellas vacunas me sentara francamente mal. Y yo que, como la mayoría de los de mi género, cuando enfermo me convierto en un «quejica», para desesperación de quienes me rodean, pasé unos días convencido de que difícilmente llegaría vivo a Dakar.

Afortunadamente, en vísperas del viaje, ya me encontraba razonablemente bien. El programa estaba completamente memorizado, la maleta hecha, la guitarra preparada y el billete de avión en mis manos. Todo estaba listo. Precisamente por eso, el desenlace fue todavía más inesperado.

La víspera de la salida recibí un telegrama urgente del Ministerio de Exteriores comunicándome que el viaje quedaba suspendido debido a unos disturbios en la zona.

Durante unos segundos me quedé pasmado mirando el papel sin saber muy bien qué hacer... Después guardé el billete, deshice la maleta y volví a colocar la guitarra en su lugar habitual.

Nunca he sabido qué me produjo una mayor desilusión: perder el concierto, sentir que tantas horas de estudio habían quedado en nada o descubrir que había soportado todas aquellas vacunas para, al final, no salir de Vigo.

Con el paso de los días, una vez superada la frustración inicial, encontré consuelo al recordar las sabias palabras de mi maestro. Solía decirnos que, cuando nuestras expectativas profesionales no se cumplieran y un contratiempo nos hiciera sentir frustrados, debíamos asumir que esas situaciones forman parte inevitable de cualquier trayectoria. Tarde o temprano volverían a repetirse, por lo que lo más inteligente era prepararse para afrontarlas sin dejarnos vencer por el desánimo.

Nos recordaba que, ante un revés de este tipo, solo existen dos caminos. El primero consiste en enfadarse, lamentarse y culpar al mundo –o a uno mismo– del infortunio. El segundo, mucho más difícil pero también mucho más provechoso, es tratar de extraer algún aprendizaje de la experiencia.

«Pensad en todo lo que habéis aprendido durante la preparación de este proyecto», nos decía. «Ese conocimiento ya es vuestro y nadie os lo podrá quitar. Os será de enorme utilidad en el futuro. Por lo que, en realidad no habéis perdido nada; al contrario, habéis ganado experiencia, disciplina y recursos que os acompañarán el resto de vuestra carrera».

El Tema y variaciones Op. 9 pertenece a Fernando Sor (Barcelona, 1778-París, 1839). Este autor ocupa un lugar singular en la historia de la música. Compositor y guitarrista de extraordinaria sensibilidad, recibió su primera formación en la Escolanía de Montserrat bajo la guía de fray Anselmo Viola, maestro de sólida ciencia contrapuntística y refinado armonista. De aquella escuela heredó un profundo sentido del equilibrio que, con el paso de los años, se abriría a los nuevos aires expresivos del Romanticismo. Su música se sitúa, así, en ese luminoso territorio de transición donde aún resuenan la claridad de Haydn, la elegancia de Mozart y el lirismo de Pleyel.

No resulta extraño que François-Joseph Fétis, eminente crítico musical y fundador de la célebre «Revue Musicale de París, lo alabara con una frase destinada a perdurar: «Sor, el Beethoven de la guitarra».

Entre las páginas más celebradas de su catálogo destaca el Tema y variaciones, Op. 9, inspirado en la deliciosa melodía «Das klinget so herrlich», de «La flauta mágica de Mozart», a la que Sor prefirió dar el poético título de «O cara armonía». La melodía aparece hacia el final del primer acto, cuando Papageno, haciendo sonar sus campanillas mágicas, hechiza a los esclavos de Sarastro y detiene, por un instante, el curso de la violencia. Sobre ese tema de apariencia sencilla, Sor despliega un prodigioso ejercicio de imaginación, transformándolo en una sucesión de variaciones donde el virtuosismo nunca eclipsa la elegancia ni la profundidad musical.

Siempre la he considerado una creación fascinante: luminosa y llena de ingenio, y con esos discretos guiños humanitarios y masónicos tan propios de Mozart.

Y creo que esta obra encierra también una discreta lección sobre el aprendizaje. Sor parte de Mozart pero nunca se convierte en su imitador: dialoga con él, lo recrea y acaba encontrando una voz inconfundiblemente propia. Aquella música me trae a la memoria unas palabras de mi maestro, pronunciadas una tarde mientras su burrito jugueteaba con una mariposa:

Querido Parménides, no sabes cuán difícil es la tarea de enseñar. La tendencia natural del alumno es imitar al maestro y esto, aunque sea válido en una primera etapa, con el tiempo resulta muy pernicioso. Si dejamos que sigan esta inclinación, siempre serán simples imitadores. En cambio, si sobre nuestro ejemplo los incitamos a la duda y a la reflexión, —estimulando la búsqueda de soluciones—algún día encontrarán el camino para ser ellos mismos. «Si el saber es valioso, la duda es el horizonte que lo expande».

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