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Fe de errores

La posdemocracia, a diagnóstico

En «Los límites de la democracia», el físico e inmunólogo Eduardo López-Collazo y el neurólogo José Castillo leen los sistemas políticos con la lógica de los sistemas vivos

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Darío Villanueva

Darío Villanueva

Vigo

Hace ya tiempo que destacados politólogos vienen proclamando la desconfianza creciente de la ciudadanía hacia quien gobierna, el rampante escepticismo ante las posibles alternativas de poder, la polarización inclemente entre los partidos que se transmite a la sociedad y la inestabilidad crónica de la gobernanza. Y denuncian la deconstrucción del principio fundamental de la separación de poderes, que conduce a quienes detentan el ejecutivo a ignorar al Parlamento y a desautorizar sistemáticamente al poder judicial.

Timothy Snyder, cuyos ensayos sobre la tiranía y la libertad están ya traducidos, ante los últimos lances de la guerra de Irán y la apoteosis de la posverdad que significa «camuflar la derrota» de Donald Trump ante el régimen supuestamente descabezado de los ayatolás, no duda en combatir la creencia de que la maldad y la estupidez son incompatibles, y de que un líder posdemocrático no pueda ser a la vez insensible, insensato … y perdedor.

Al lado de tan sesudas denuncias me ha llamado la atención el reciente libro «Los límites de la democracia» (Think Tank Editorial, 2026), consistente en «una conversación entre dos científicos en los tiempos de Trump, Putin, Milei y la IA». La novedad está no tanto en el asunto abordado, sino en el perfil de sus autores, el físico e inmunólogo Eduardo López-Collazo y el neurólogo José Castillo. Ambos publican este sugerente ensayo epistolar compuesto por la correspondencia que se cruzaron para tratar no de temas médicos, sino de las posibilidades y los límites del modelo democrático, y de su crisis actual. No la califican de este modo, pero yo no tendría empacho en mencionarla como una más de las «crisis posmodernas».

Sistema inmune

Así, por ejemplo, ellos pueden explicar, a partir de lo que en inmunología se denomina tolerancia, la instrumentación de la democracia formal para alcanzar el poder, y ejercerlo totalitariamente, mediante el señuelo de que el virus populista parezca no penetrar en el cuerpo social como invasor, sino como salvador: el sistema inmune deja de reaccionar porque reconoce al patógeno como propio.

Cada uno desde su laboratorio, ambos apuntan hacia un mismo objetivo. Bien lo expresa Castillo en una de sus cartas: «Como neurólogo, no puedo evitar buscar en mi propio campo un espejo para tu imagen: si tú ves patógenos democráticos que sortean el sistema inmunitario de la república/del estado, yo veo infecciones –y degeneraciones– que alcanzan y trastornan el sistema nervioso central de la polis». Porque los dos se sienten interpelados «desde el cruce que compartimos: el de pensar los sistemas políticos con la lógica de los sistemas vivos. Tú lo haces desde la inmunología y la física, y yo, inevitablemente, desde la neurociencia».

No siempre las posiciones de partida de ambos coinciden, pero el acuerdo siempre sella la discusión final. Convienen, por ejemplo, en que «deberíamos pensar en una inmunoterapia cognitiva para las democracias del siglo XXI». La democracia representativa demanda algunas condiciones cognitivas y emocionales como la paciencia, la tolerancia a la ambigüedad, la asimilación del disenso y la anteposición del procomún a la satisfacción personal inmediata. Estas cualidades dependen directamente de «redes cerebrales que regulan el control inhibitorio, la empatía y el juicio moral». Por eso, Castillo no le hace ascos a la posibilidad de una neurodemocracia por la que abogaría para bien de la neurópolis. En este empeño, sería conveniente encontrar lugar para el ejercicio de una homeostasis democrática, entendida como un sistema que regule «las entradas sensoriales de la polis, como el hipotálamo regula la temperatura del cuerpo».

Muy interesantes me han parecido las cartas que tratan de la intervención en el funcionamiento de la democracia de los medios y las redes al servicio del despliegue de símbolos propagandísticos, pero también de auténticos bulos. Muy ingeniosamente, se habla a este respecto de «un modelo de recompensa social digital» y de cómo las redes sociales «han industrializado la dopamina», de modo que cada interacción en su circuito «se convierte en una microdosis de validación». El ecosistema informativo que se está consolidando favorece «lo falso, lo emocional, lo inmediato». Las redes sociales son efectivamente «fábricas de dopamina» y «cada like, cada mensaje viral, cada indignación colectiva actúa como un refuerzo positivo que alimenta nuestro circuito de recompensa».

Inteligencia artificial

Tampoco se olvidan los dos correspondientes de la irrupción de la inteligencia artificial, y de su incidencia en las decisiones democráticas. Cabe preguntarse si los algoritmos votarán o si ya están votando por nosotros. Por esa vía, el gobierno de los humanos acabaría en manos no humanas. Es el escenario no ya del poshumanismo posmoderno, sino de un auténtico transhumanismo, pienso yo. Y a esta preocupación de su interlocutor neurólogo, el inmunólogo responde que quizá podría abordarse el problema de la inteligencia artificial «en términos de trasplante social: aceptarla, sí, pero con inmunosupresión regulatoria, con mecanismos de control que eviten tanto el rechazo irracional como la colonización total».

No podía faltar el debate entre los coautores cuando se plantean, una vez diagnosticado el mal, decidir y plantear el tratamiento terapéutico. En el epílogo titulado Después de la democracia: mutaciones por venir, López-Collazo habla de «democracia algorítmica», de «democracia neuronal», de «democracia expandida» como un sistema capaz de integrar la inteligencia artificial como herramienta y no como tiranía. Castillo sostiene, por su parte, que la democracia actual está en coma inducido, del que solo la podría rescatar una «cirugía despiadada. No vitaminas, sino bisturí. No cuidados paliativos, sino amputación». Para él «nada hay mejor que la democracia». Pero la salida no es la posdemocracia, sino «una democracia menos sentimental y más quirúrgica, menos enamorada de su mito y más consciente de su biología. Dura, selectiva, cruel consigo misma. Pero viva».

*Académico de la RAE, de la que fue director. Su último libro publicado es «Poderes de la palabra» (Galaxia Gutenberg, 2023).

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