El libro del millón de euros
«El buen mal» de Samanta Schweblin, que reúne seis narraciones inquietantes, ganó el premio nacional de mayor dotación económica

Samanta Schweblin recogiendo el premio Aena. / Kike Rincón
Los premios literarios debieran estar para eso: divulgar un trabajo de calidad, promocionar un nombre desconocido, reivindicar a quien, a pesar de tener una obra publicada, incluso premiada, no acaba de llegar suficientemente a un público amplio. Cada vez que se falla un premio literario inmerecido me acuerdo de lo que dijo Miguel Delibes cuando le dieron el Nadal por La sombra del ciprés es alargada: si no le hubieran dado aquel premio habría dejado de escribir literatura para dedicarse completamente al periodismo. Las letras españolas hubieran perdido un gran escritor.
Los jurados de estos galardones debieran reflexionar cuando conceden premios a novelas de encargo, a autores «de la casa» o a obras de escasa calidad literaria. Hace unas semanas se habló mucho del Premio Aena de Narrativa, no tanto porque tuviera un prestigio especial (era la primera vez que se convocaba), sino por la cuantía del galardón: un millón de euros para el ganador (igual que el Premio Planeta de novela) y otros 30.000 para cada uno de los otros cuatro finalistas seleccionados. Se trata de premiar el libro que, a juicio del jurado, ha sido el mejor publicado el año anterior al de la fecha del fallo. La escritora argentina Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) fue la ganadora de la primera edición de este galardón por su obra El buen mal, un libro de relatos con el que, gracias a este premio, se da a conocer entre una mayoría de lectores que hasta ahora no habían accedido a su literatura. Y ello a pesar de que, como informa su editorial Seix Barral, ha obtenido importantes galardones literarios internacionales: Premio Casa de las Américas, National Book Award, los Premios Shirley Jackson y Tournament of Books, el de Narrativa Breve Ribera del Duero, el Premio Iberoamericano José Donoso, los Premios Haroldo Conti y Juan Rulfo… casi todo lo que ha publicado ha conseguido premios internacionales importantes, a pesar de lo cual su nombre era hasta ahora muy poco conocido en España excepto para un sector minoritario.
Así que a Samanta Schweblin bien podríamos encajarla en cualquiera de las tres categorías que citábamos al comienzo: su obra literaria es de calidad y ella era prácticamente desconocida para una amplia mayoría de lectores españoles a pesar de haber sido premiada con importantes galardones. El hecho de que se premiase un libro de cuentos añade mérito a un género denostado con frecuencia, hasta el punto de que algunas editoriales han decidido dejar de publicar libros de relatos. Además de otros libros de cuentos (Pájaros en la boca, Siete casas vacías), Schweblin es autora de dos novelas, Distancia de rescate y Kentukis. Vive en Berlín, en el barrio de Kreuzberg bañado por el río Spree.
El buen mal es un libro de relatos inspirados unas veces en vivencias personales y otras en evocaciones y recuerdos de pasajes y personas que la autora conoció en algún momento de su vida y que dejaron una huella inquietante en su memoria. Hay en todos ellos personajes y situaciones que pueden parecernos absurdas o imposibles tratándose de narraciones de hechos que se presentan como sucedidos normales, pero una vez terminadas las historias tampoco nos parecen tan inverosímiles ni que sus desenlaces estén fuera de la lógica del relato, hasta el punto que el lector llega a experimentar una cierta identificación emocional con los personajes. Una sensación que se resume en la cita de Silvina Ocampo que Schweblin sitúa en el pórtico de estos relatos: «Lo raro siempre es más cierto».
Cada una de las narraciones de El buen mal es un viaje al interior de una persona que vive experiencias al límite: intentos de suicidio, amenazas de muerte, tragedias familiares, reencuentros con personas olvidadas… Samanta Schweblin cuenta estas vivencias desde el interior de los personajes afectados, descendiendo hasta el fondo de sus almas con una naturalidad que las hace más reales incluso cuando introduce elementos fantasiosos. Solo con leer las primeras líneas del primer relato, «Bienvenida a la comunidad», ya alcanzamos a valorar la profundidad de los sentimientos de la protagonista, una mujer que vive una vida corriente de ama de casa con un marido indiferente y dos hijas que la adoran, que intenta suicidarse sin conseguirlo y acto seguido se va a su casa a preparar la cena familiar. Y que para salir del atolladero en el que se encuentra debe decidir sobre su futuro sacrificando su vida o atendiendo a la solución que le sugiere un vecino que sabe de sus sentimientos: «causar dolor para sentir culpa».
El personaje principal de estos cuentos de Samanta Schweblin casi nunca es la narradora de cada una de las historias sino alguien que irrumpe en su vida de manera inopinada (un vecino, un niño, un desconocido, la víctima de una tragedia, un personaje que viene del pasado…) y que provoca situaciones inquietantes en una vida tranquila y hasta tediosa pero que, a pesar de ponerla en peligro, ese «buen mal» le aporta una fuerza que ayuda a entender mejor a la persona que lo sufre. Hay aquí teléfonos que suenan y que nadie responde al contestar, una lámpara que no funciona, una poeta falta de inspiración y alcoholizada («bebo porque sobria soy muy peligrosa para los demás») en cuya biblioteca los libros se colocan con los lomos hacia adentro… En casi todos los relatos hay un animal que introduce una nueva dimensión en las historias y colabora a interpretar el misterio que las rodea: un conejo, un caballo, gatos… que adquieren protagonismo dentro de la trama que cuentan.
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