Thomas Pynchon (quizá) se despide de ustedes
«A oscuras», la última novela del longevo y reclusivo narrador estadounidense, es un artefacto delirante, un caos organizado que hasta condesciende a un guiño antitrumpista

Thomas Pynchon / Pablo García
Ricardo Menéndez Salmón
El lector de Thomas Pynchon hallará en «A oscuras» una muestra significativa del conjunto de características que ha hecho de la obra de esta leyenda viva de la literatura norteamericana un fecundo e impar ejemplo de libertad imaginativa pero también formal. Concurren de este modo en la novela las divisas habituales de la prosa pynchoniana, tanto a efectos de su estructura (la peripecia disparatada, la velocidad demencial, la multitud de personajes) como en lo que atañe al detalle (las profesiones excéntricas, el embrujo de la música, cierto eros desquiciado). Desde esa lógica, «A oscuras» es una continuación coherente, quién sabe si un punto y final, dada la venerable edad que atesora Pynchon, a una trayectoria singularísima, que ha inscrito en la memoria colectiva de la literatura posmoderna varios de sus más aplaudidos ochomiles, caso de «El arco íris de gravedad» o «Mason y Dixon».
«A oscuras» transmite, así, la evidencia de un caos exquisitamente medido, lo cual puede parecer una paradoja aunque acaso encierre la marca de agua de su autor, esa capacidad, tan a menudo desorientadora, de mezclar pastiche y Weltanschaaung, banalidad y prospección histórica, sabotaje al sentido común y hard science. Y reafirma (al menos en el ánimo de este lector) en la convicción, extrañamente consoladora, de que, en realidad, Pynchon es un terrorista de la literatura que idea tramas abracadabrantes para dinamitarlas cuando le viene en gana, conculca las dimensiones del tiempo y el espacio sin respeto por las convenciones de ningún género, y, en definitiva, explora los poderes de la ficción hasta sus últimas y más decisivas consecuencias, como si fuera un niño desobediente que, ya desde su primera redacción escolar, hubiera decidido que el único camino honesto para moverse por la escritura es fundar códigos propios, separarse de los caminos de la ortodoxia y afirmarse como un demiurgo tan solvente como caprichoso. De este modo, «A oscuras» ratifica las múltiples virtudes y convoca las elevadas exigencias de lo pynchoniano, y reivindica ese placer difícil de la lectura que, desde su primer libro, el inclasificable «V.», acompaña su exultante aventura.
El protagonista de «A oscuras», de nombre Hicks McTaggart, es un rompehuelgas reconvertido, en el Milwaukee de principios de los años 30 del pasado siglo, en detective privado. El caso que le asigna la suerte tiene el inconfundible aroma de esa picaresca argumental tan querida y mimada por Pynchon: buscar a una rica heredera de la industria del queso que se ha fugado con un clarinetista calavera. Semejante coartada sirve al escritor para mostrar su enorme fondo de armario y su exquisito oído para el argot y los idiolectos, de modo que el inicio de la obra se convierte en un estimulante retrato de la low life norteamericana durante el periodo de entreguerras. Al Capone y la Ley Seca, la Depresión y los antros de juego, el Manual del Sabueso y las refriegas interclase jalonan la primera mitad de la novela. Pero de pronto, mediante esa estrategia tan socorrida y pynchoniana que es el deus ex machina, comienzan a suceder cosas bizarras, como la aparición de un antiguo submarino austrohúngaro o el delirio de un gigoló español, de nombre Porfirio, a quien se atribuye la explotación comercial del autogiro. No es de extrañar, pues, que en medio de este enjambre de sujetos y acontecimientos, McTaggart aparezca nada menos que en la ciudad de Budapest, tan a oscuras como el título de la novela que nos convoca.
El paso del Nuevo al Viejo Mundo instala la novela en una demencial carrera por los mapas y por las ideologías. Fronteras e idiomas, revoluciones y chismes, el Tratado de Trianón y el ascenso de Hitler al poder constelan la peripecia de Hicks, quien, mientras persigue a la Dama del Queso, entrará en contacto con un montón de chicas guapas, con taumaturgos capaces de robar joyas a distancia, con gólems de bolsillo, con hordas de motoristas alucinados, con bandas de música klezmer, con delicados espías británicos y con el espíritu de D’Annunzio en la histórica Impresa di Fiume. En manos de Pynchon, la novela, mutatis mutandis, reafirma con júbilo su capacidad para lo plástico, la posibilidad de adherirse a cualquier discurso, ese impulso que, desde Rabelais en adelante, lleva en su interior y le permite metabolizar el alimento que le arrojen. Folletín de época, farsa ligera, compendio de paranoias, vodevil picante, guía de viajes y retrato político, «A oscuras» es todo eso y, quizá, algo más.
Ese algo más tiene que ver con la tesitura que, a día presente, vertebra Estados Unidos bajo la segunda égida de Donald Trump. Hacia el final de la novela, cuando McTaggart ha sido burlado en la convulsa Europa por sus deberes y obligaciones, el desnortado detective descubre que volver a su país de origen no es asunto sencillo. Las cosas parecen haber cambiado allí, y en una página especialmente inspirada, de ecos wagnerianos, Pynchon insinúa que el símbolo americano por excelencia, la Estatua de la Libertad, se ha convertido en una suerte de monstruoso tótem de mirada tan severa como disuasoria. En «El desaparecido», la primera de las grandes novelas que Kafka no alcanzó a terminar, Karl Rossman, su protagonista, había confundido, a su llegada a Nueva York, la antorcha de la magnífica señora con una espada. El desplazamiento de un símbolo de esperanza a un símbolo de castigo no sólo encajaba como un guante en la concepción del mundo del escritor de Praga, sino que insinuaba una lectura poco complaciente de las recompensas que podían esperarse del Nuevo Mundo. Casi un siglo después de la publicación de la obra de Kafka, cuya primera versión llegó a la imprenta en 1927, «A oscuras», sin renunciar a su tono juguetón y sicalíptico, tan fresco como delirante, quizá permita advertir entre líneas que los antiguos temores, como los viejos vinos, encuentran siempre efigies y odres nuevos en los que contenerse. Y Pynchon, astuto zorro, ha sido siempre un maestro a la hora de contar los asuntos más serios guarecido tras la máscara de la comedia.

A oscuras
Thomas Pynchon
Traducción de Vicente Campos González
Tusquets, 400 páginas, 23,90 euros
Suscríbete para seguir leyendo
Fuente: La Nueva España
- La madre de un vigués de 25 años que falleció por un tumor cerebral: «¿Qué habría pasado si lo hubiesen operado un año antes?»
- La reconocida orquesta gallega París de Noia pierde a una de sus principales voces en la temporada de mayor actividad
- El mercadillo de Cangas cerró hoy a su hora entre lamentos de los comerciantes
- Bouzas activa el «plan B» para sus fiestas por la final de España y cambia el horario de una de las citas más esperadas en Vigo
- El grito de euforia de Nico Williams tras noquear a Francia: «Vamos carallo»
- El TSXG multa con 1.800 euros a un abogado gallego por presentar un recurso lleno de «alucinaciones» con decenas de citas inventadas por la IA
- La Cofradía de Pescadores de Aldán denuncia la presencia continuada de yates en el muelle, pese a estar probido
- El Celta renuncia a retrasar el partido de la primera jornada