Entrevista | Manuel Esteban Escritor
«El Vigo de mis novelas es contradictorio»
El autor se lanza a conquistar el mercado nacional con la edición de sus dos obras iniciales en castellano, diez años después de ganar el Xerais

Manuel Esteban / Pablo Vázquez
Diez años después de ganar el Premio Xerais con A ira dos mansos, el escritor vigués Manuel Esteban se lanza a la conquistar nuevos lectores con la edición en castellano de sus novelas iniciales. El autor será el pregonero de la Feira do Libro de Vigo, que arranca el próximo 1 de julio.
–Sus dos primeras novelas de la saga de Carlos Manso llegan ahora al castellano con Planeta/NdeNovela. ¿Qué supone verlas reunidas en un solo volumen y en una lengua diferente a la que las escribió?
–Ahora que está de moda hablar de la tasa de mortalidad infantil de los libros, que es muy alta porque no se venden casi ejemplares, yo tengo la inmensa fortuna no solo de haber ganado un premio Xerais con A ira dos mansos, sino que 10 años después se sigue reimprimiendo en gallego y por un golpe de fortuna Planeta ha puesto un ojo en ella editándola en castellano para que llegue a más lectores. Es una fantasía con la que nunca hubiera soñado.
–¿Cómo ha sido el proceso de traducción o adaptación al castellano? ¿Ha modificado algo?
–La he traducido yo mismo y me daba un poco de miedo porque después de 10 años yo no soy el mismo, tengo siete libros por medio, en aquel momento no me consideraba ni escritor; temía revisitar el libro para traducirlo y encontrarme incómodo con descubrir que tal vez no fuera aquel libro que yo esperaba o tuviera la tentación de cambiar muchísimas cosas. Reconozco que en La ira de los mansos aproveché para coser un par de hilos que le habían quedado un poquito sueltos, lo escribí en la mesa de la cocina, absolutamente inconsciente de que fuera a ser publicado nunca jamás por nadie y esa impericia al final pasa un poquito de factura. El reto más grande fue traducir la idiosincrasia de los personajes, sobre todo de Carlos Manso, que es de colmillo retorcido, retranqueiro, muy vigués, y hay que darle un poco ese giro para que el lector en otra lengua se encuentre cómodo ahí también.
–¿Le impone más el mercado nacional que el gallego?
–Da vértigo; es multiplicar, no sé si por 10, por 20 o por 50, todo lo que me ha sucedido hasta ahora, lo bueno y lo malo. Tengo mucha fe en Carlos Manso, que es un personaje que a esta altura un montón de lectores han empatizado con él, y por otro lado al final todos los seres humanos somos un poco parecidos, uno escribe desde lo local, desde lo pequeño, desde lo inmediato, y puede llegar a cualquier otro sitio.
–Empezó a escribir a partir de experiencias vinculadas al nacimiento de su hijo Antón y encontró en la novela negra el vehículo para comunicar un mensaje social asociado con la discapacidad intelectual. ¿Qué podía hacer una investigación policial que no podía hacer una charla de sensibilización?
–Cuando era vicepresidente de la asociación Down Vigo iba por centros de salud, asociaciones de vecinos, institutos y otros foros intentando explicar nuestra perspectiva sobre la integración, un fenómeno que necesita de un esfuerzo mutuo, no solo de una parte, para integrarse, sino de la otra para ser integrado. Había una serie de mensajes que quería transmitir, pero era muy difícil, me sentía como un vendedor de enciclopedias llamando a la puerta de alguien que no quería enciclopedia; era como dar monólogos, excepto cuando me encontraba con alguien al que el tema le tocaba de lleno. Entonces pensé en la novela policial, negra, sobre todo en su vertiente social, en autores como Márkaris, Mankell, Camilleri e incluso Montalbán, que levantan acta de las zonas grises de la sociedad, esas donde no funcionan nuestros principios que creemos inmutables, donde no funciona esa regla que usamos para medir lo que vale una persona, donde empiezan a fallar esos paradigmas y esa frontera moral del ser humano. Me pareció un género donde podía encontrar el tono y la manera de lanzar ese mensaje y yo creo que funcionó.
–¿En esta década qué siente que la sociedad ha aprendido sobre la discapacidad intelectual y qué sigue igual?
–Por un lado, quiero ser optimista, porque es mejor que morirse, como decía el meme de aquella niña después de la pandemia. En A ira dos mansos quería contar la historia de dos chavales con síndrome de Down: Violeta, que aparece muerta en la primera página, y Pedro. Quería retratarlos con sus fallos, con sus necesidades afectivas, sexuales y emocionales, con sus familias complicadas, como seres humanos que son, y alejarme de la condescendencia, del paternalismo, del cliché de cuando aparecen personas con discapacidad intelectual en la ficción lo hacen al calor de una determinada cuota que hay que cubrir y casi siempre con esa imagen de angelitos del cielo. En ese sentido creo que seguimos necesitando poner encima de la mesa no solo que tienen la misma o más dignidad que cualquier otro ser humano, sino que son personas con voluntad, con derecho a equivocarse.
–¿El hecho de ser médico le ayuda a ver la fragilidad humana sin sentimentalismos?
–Puede ser, yo además he ejercido muchos años como médico de familia, que te permite desarrollar la parte más psicológica de hablar con el paciente, entenderlo, comprender cuál es su necesidad y cuál su queja. No siempre tenemos delante enfermedades claras, con nombre y apellido, muchas veces hablamos en medicina de familia de problemas de salud, un concepto que va más allá de la enfermedad estricta. Mi experiencia clínica creo que me ha ayudado a desarrollar un tipo de escritura en el que la narración pivota sobre un flujo de pensamientos, sobre una primera persona, el personaje principal, y esa introspección que caracteriza a mis novelas.
–En O meu nome é ninguén (Me llaman nadie) trata sobre la identidad y lo presenta como un manual de filosofía para perdedores. ¿Qué le atrae de los perdedores?
–Quería seguir en la línea de A ira dos mansos porque efectivamente también hay una pérdida de identidad en esa pérdida de dignidad de las personas con discapacidad intelectual, pero escogí un tema que también me atraía mucho y del que sigue siendo muy necesario hablar: los abusos sexuales por parte de miembros de la Iglesia Católica a chavales y en el caso concreto de este libro, a chavales con discapacidad intelectual. Durante el libro sale el protagonista hablando con la estatua de Julio Verne de la avenida de Montero Ríos, en Vigo, haciendo una especie de juego entre el capitán Nemo (que en latín significa nadie); y el título la novela está sacado de una cita de la Odisea. Luego, en la trama policial van sucediendo juegos de identidad donde unos personajes suplantan a otros, como un hacker y el propio Carlos Manso, que asume la identidad de su hermano, quien al arrancar la novela presuntamente se suicida. Respecto a qué me atrae de los perdedores, mi protagonista es un perdedor y eso parte de una decisión muy deliberada. Hay dos razones por las que nos gustan muchísimo como espectadores de ficción los perdedores: una es lo que los alemanes llaman schadenfreude, que es el gusto por las desgracias ajenas, y hay innumerables ejemplos en la literatura; por otro lado, en Manso yo exploro la vertiente del orgullo del perdedor, que también da un cierto placer porque aunque fracase, ha tomado la decisión correcta.
–¿Por eso necesitaba un protagonista antihéroe?
–Necesitaba que fuera un tipo un poco cínico, que se enfrentara a la discapacidad intelectual con la misma mirada condescendiente y con la indiferencia con la que se enfrenta el lector promedio, la sociedad en general. A partir de esa premisa, quería a un hombre muy quemado en la unidad de delincuencia especializada y violenta, pero con la lucidez necesaria para darse cuenta de sus errores. Construí un personaje polifacético, versátil, contradictorio, muy humano, inmaduro e impulsivo, aunque buen tipo; al final de la segunda novela me planteo hacia qué dirección evoluciona y solo me salía hacia abajo.
–Luego escribió una tercera entrega de la serie de Manso, A vinganza dos homes bos, y su camino le ha llevado a otros géneros (juvenil en Setestrelo, ciencia ficción en O xogo de Escher y una historia real de personas rescatadas en el Mediterráneo en A lei do mar). ¿Ha dado por cerrada la novela policíaca o la ha dejado dormida por si necesita volver a ella?
–La tercera novela de Manso efectivamente era un pequeño cierre o por lo menos poner en barbecho al personaje, porque al ser narrado en primera persona y ser tan intenso, dramático y saturado, a mí me agotaba escribirlo, ponerme en su piel; pero los lectores son soberanos y la editorial me lo acabó pidiendo, así que es posible que Manso cabalgue de nuevo.
–La edición en castellano de sus novelas iniciales aparece avalada en la faja del libro por Ledicia Costas, Pedro Feijoo, los dos vigueses, y Manel Loureiro, pontevedrés, y usted sitúa la historia en su ciudad natal. ¿Considera que Vigo, y Galicia, es una localización especialmente buena para la novela negra o este género nos permite verla con otra mirada?
–Por una parte, Vigo es una ciudad suficientemente grande como para que funcione muy bien en novela negra, es una ciudad de frontera, oscura, con contradicciones y no hay nada más negro ni más literario que un buen puñado de contradicciones. Después, Galicia, más allá de los tópicos sobre el narcotráfico, el folklore o la lluvia, tiene un sustrato especial, una combinación entre cierto fatalismo y una naturalidad con la que nos acercamos a la muerte, que es muy peculiar, muy nuestra; o esa sensación permanente de frontera y al mismo tiempo de hogar, además de ese sentimiento que recorre cada línea, por lo menos de lo que yo escribo, pero creo que es muy consustancial a todo lo que se escribe aquí, que es esa sensación de que nadie vela por nosotros más que nosotros mismos.
-¿Qué diferencia su Vigo, por ejemplo, del de Domingo Villar, Pedro Feijoo o Ledicia Costas?
–Vigo es muy grande y nos permite encontrar muchos huecos. El Vigo de Leo Caldas es más cotidiano, más de barrio, más de día; el de Pedro Feijoo es un Vigo más aún más oscuro que el mío, es salvaje, te exprime las glándulas suprarrenales hasta el límite; y el de Ledicia Costas, que es estratosférica, funciona ya en otro plano, es pura magia. Respecto al mío, me cuesta mucho desde mi miopía decirte cómo es: es un Vigo efectivamente contradictorio, más social, el de esa confrontación entre lo que crees que es y lo que es de verdad.
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