Las campanas doblan por Ernest Hemingway
Se cumplen 65 años del suicidio del escritor norteamericano

Ernest Hemingway. / SERGIO URDAY
Durante la guerra civil española, en el Madrid sitiado, Ernest Hemingway paseaba su descomunal corpachón contemplando a través de sus gafas redondas de armadura metálica la desolación de unas calles sembradas de cascotes, efecto de los bombardeos de la aviación franquista. En los bolsillos de su zamarra llevaba cebollas crudas y botellines de whisky que compartía con camareros, limpiabotas, boxeadores, banderilleros y prostitutas en una taberna del Callejón de la Ternera. Se identificaba con el bando republicano, al que entregó 40.000 dólares para comprar ambulancias y medicamentos que el Gobierno americano impidió que llegasen a España por aquello de la neutralidad. Él mismo había sido conductor de ambulancias en Italia durante la Primera Guerra Mundial, en la que resultó herido. Convaleciente en un hospital de la Cruz Roja de Milán, tuvo un romance con la enfermera Agnes von Kurowski, a quien convirtió en protagonista de Adiós a las armas. Ella se cansó de esperar a que se decidiera y al final se casó con un duque napolitano que después la abandonó.
El 17 de marzo de 1937 había aterrizado en Barcelona enviado por la cadena de periódicos NANA (North American Newspaper Alliance) para escribir sobre la guerra artículos que ya le pagaban a dólar por palabra. Se estableció en Madrid, en el hotel Gaylord de la Gran Vía, frente a Chicote, punto de encuentro de los corresponsales de guerra extranjeros, y más tarde en el Florida, en la plaza de Callao, donde además de sus crónicas sobre la guerra escribió el texto para el documental Tierra española de Joris Ivens. La habitación en la que se alojaba es el escenario en el que se desarrolla su única obra de teatro, La quinta columna. Visitó los frentes de la sierra de Guadarrama y de la Ciudad Universitaria y también el de Teruel, donde conoció a Martha Gellhorn, una mujer apasionante, de gran belleza, excelente periodista de guerra, que se convirtió en su amante y más tarde fue su tercera esposa. Líster descubrió que era una agente doble pero Hemingway aún vivió otros cuatro años con ella sin querer enterarse. Con sus experiencias de la guerra Hemingway escribió la novela Por quién doblan las campanas, de la que Sam Wood hizo una película en 1943. Tuvieron que pasar 35 años para que se estrenase en España. Estaba interpretada por su amigo Gary Cooper y por Ingrid Bergman en el papel de Pilar, la protagonista, personaje dicen que inspirado en una brigadista gallega amiga de Hemingway. Pilar fue también el nombre que puso a su barca de pesca en el Caribe.
Hemingway amaba España como ningún escritor lo había hecho antes. Llegó por primera vez en 1922 para hacer un reportaje sobre la pesca del salmón en Navarra, y en Pamplona descubrió la magia de los Sanfermines. Su afición a los toros se consolidó en Madrid, una ciudad a la que consideraba «capital del mundo», donde vivió en una pensión de la Carrera de San Jerónimo con su primera esposa, Hadley Richardson, alternando sus visitas al Museo del Prado con la asistencia a las corridas de toros y a las tertulias de la Granja del Henar y el café Pombo y a las taurinas de la Cervecería Alemana. Su mejor reportaje lo publicó en tres entregas de la revista Life en 1959 sobre la temporada taurina que enfrentó a las dos grandes figuras del momento, Antonio Ordóñez (hijo de su amigo el torero Niño de la Palma) con su cuñado Luis Miguel Dominguín, que no salió muy bien parado (por entonces Dominguín reservaba sus mejores faenas para Ava Gardner). El reportaje fue publicado en forma de libro en 1985 con el título de El verano peligroso, al que su editor Charles Scribners añadió textos inéditos.
Para Hemingway España era «el último buen país», una tierra no contaminada por las luchas de la Primera Guerra Mundial y digna de ser apoyada en favor de la República.
Cuba, la otra patria
Cuba fue el otro territorio que Hemingway adoptó como patria. Llegó por primera vez a La Habana en 1928 con su segunda esposa, Paulina Pfeiffer, desde el puerto francés de Le Havre a bordo del vapor Orita. En Cayo Hueso pensaba terminar de escribir Adiós a las armas, una novela que se le resistía y de la que llegó a escribir hasta 14 finales distintos, pero la estancia solo duró 48 horas. Cuando volvió a La Habana en 1939 fue ya para quedarse. Se alojaba en el Hotel Ambos Mundos, cerca del bar Floridita y más tarde compró por 18.000 dólares el refugio campestre de Finca Vigía, a donde llevó sus 9.000 libros. Vivió allí durante veinte años con 34 gatos, cuatro perros y su cuarta esposa, Mary Welsh. Su secretario era un exiliado español al que había conocido durante la guerra civil. Hoy esa casa es un museo. Allí escribió Tener o no tener, Por quién doblan las campanas, París era una fiesta y otras buenas novelas. En Cuba compartía bebidas y aventuras con los tripulantes de sus botes de pesca, con sus compinches de las peleas de gallos, con los cocineros de las cantinas y los clientes de los bares. Su estancia en Cuba le inspiró El viejo y el mar, que Life publicó por entregas antes de convertirse en libro y ser premiado con el Pulitzer en 1953.
Una literatura de la simplicidad
A Hemingway se le identifica con los escritores de la Generación perdida americana. Fue amigo de John Dos Passos y de Scott Fitzgerald, con quienes terminó enfrentado. De Dos Passos lo separó la muerte del republicano José Robles durante la guerra española. Ambos se culpaban mutuamente de su detención. Fitzgerald, con quien había coincidido en París junto a Ezra Pound, Gertrude Stein y James Joyce, lo recomendó a su editor Max Perkins, que le publicó Fiesta, su primera novela. Su amistad se deterioró debido al modo de vida exagerado de Scott y Zelda Fitzgerald. La ruptura definitiva se produjo después de un combate de boxeo que Hemingway perdió contra el escritor canadiense Morley Callaghan y de cuya derrota Hemingway culpó a Fizgerald, que hacía de árbitro.
La obra de Hemingway, premiada con el Nobel de Literatura en 1954, deslumbra por su simplicidad, por su brutalidad y sencillez, por su primitivismo. Escribió una literatura aparentemente simple con un estilo propio, depurado, desnudo y transparente, que parece acercarse al periodismo por su inmediatez pero que es alta literatura. Los temas de sus novelas son también simples: la pesca, la caza, la aventura, el viaje… con protagonistas que actúan a través de la acción, la violencia, el sexo y el alcohol, haciendo de la brutalidad una virtud literaria. Con todo ello construyó un universo propio y una visión nihilista del mundo. Un día le confesó a Ava Gardner los motivos de su afición por la caza mayor: «Paso mucho tiempo matando animales para no matarme a mí mismo».
El domingo 2 de julio de 1961, hace 65 años, estaba en su finca de Ketchum en el estado de Idaho, enfermo y afectado por una fuerte depresión, agudizada por la muerte de su amigo Gary Cooper y por una paranoia por la que creía estar siendo vigilado por el FBI, lo que en parte era cierto. Se suicidó a las ocho de la mañana disparándose en la boca con Boss, su escopeta favorita de dos cañones, oprimiendo el gatillo con los dedos de los pies. Seguía así el camino de su padre y de sus hermanos Úrsula y Leicester, que también se habían suicidado. En el bolsillo de su chaqueta tenía dos reservas para los Sanfermines de Pamplona.
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