Historias de un músico
El «aquí y ahora» distraído
«Por pensar tanto en lo que vendrá, desatendemos el presente, olvidando que es lo único que poseemos»

Un músico toca la vihuela en una iglesia. / S. Torralba
Tomás Camacho
Siempre he tenido la manía –no sé si es un don o una patología– de tomar notas sobre la marcha de todo lo que me fascina: filosofía, bricolaje, ecología…, el problema no es el qué, sino el dónde. Como escribo con lo primero que tengo a mano, mis «brillantes ideas» han quedado impresas en los materiales más inverosímiles: cartulinas, trozos de plástico, tapas de libros y, con demasiada frecuencia, papel higiénico.
Mi estudio no es una estancia ordenada, es un totum revolutum. Una amiga mía, con poca delicadeza, al verlo lo llamó directamente «cochiquera» (pocilga en castellano). Yo prefiero llamarle «bazar oriental», donde puedes encontrar de todo, excepto, en mi caso, lo que busco en ese momento. Mis notas pueden estar en lugares inusitados: cajones, carpetas, armarios, se esconden en libros, estanterías o habitan en la librería del baño, mi despacho favorito por excelencia.
Hace unos días, me obsesioné con recuperar una de aquellas «geniales ideas» sobre la Duda metódica de Descartes. Tras una odisea de arqueología doméstica removiendo libros, portafolios, recortes y cajones, ¡eureka!, apareció el «pergamino». La nota decía: «La duda metódica es un método de trabajo…, critica toda creencia que no sea demostrable…, Justo debajo, añadía otra máxima: «La imaginación debe estar sometida a la razón y no controlada por ella». Sin embargo, la razón cartesiana se dio de bruces con lo siguiente que dice: «Tomar agua es bueno solo hasta las 5 de la tarde» y ¡subrayado!, no olvidar comprar tomates, berenjenas y cebollas.
Al final, empecé a dudar de si buscaba a Descartes o si la verdadera razón era el cumplir con un recado de Odile.
Hubo una época en la que mi «patología» –esa mezcla explosiva de distracción, despiste y ocurrencias repentinas– me tenía seriamente preocupado. Por suerte, un opúsculo de neurociencia vino a calmar mi intranquilidad. El texto afirmaba que la distracción es una forma inteligente de aprender y que el despistado, lejos de perder el tiempo, procesa pensamientos complejos mientras divaga. Al ver que citaban a Leonardo da Vinci y a Haydn, ¡de pronto me vine arriba!: mis olvidos ya no eran fallos, sino «procesos cognitivos avanzados».
Sin embargo, para no perderme en divagaciones, reconozco que debo rescatar los sabios consejos de mi maestro. Él siempre decía, con una paciencia infinita, que durante el estudio, y en la vida en general, para un máximo rendimiento, lo adecuado es centrarse en un solo elemento cada vez. Su fórmula era simple pero infalible: empezar por lo más sencillo, avanzar poco a poco y explorar distintas posibilidades hasta dar con la solución óptima. Al final, quizás el secreto consista en eso: dejar que la mente divague para generar ideas disparatadas, y aplicar el método de mi maestro para transformarlas en realidades útiles.
Resulta que estas ideas –basadas en el «Aquí y ahora»– ya se practicaban hace milenios en la filosofía oriental, a través de prácticas como el Zen, el Yoga o el Tai chi.
Dejando a un lado posible distracciones, en este capítulo me gustaría abordar la figura de los vihuelistas españoles del siglo XVI, quienes, a juzgar por sus obras, no debían ser muy despistados.
Durante esa época, el instrumento más utilizado en la Corte Española era la vihuela de mano, cuyo diseño en forma de ocho la asemeja a la guitarra actual. La diferencia esencial entre ambas radicaba en su función: mientras la vihuela se empleaba para interpretar música culta de la corte, la guitarra se utilizaba, principalmente, como instrumento de acompañamiento en la música popular.
En ese siglo, la vihuela alcanzó su máximo esplendor como instrumento solista y de cámara. Su repertorio, de carácter polifónico y gran refinamiento, dejó un legado de obras de enorme valor musical.
Desde 1536, año en que se publicaron en Valencia Los seys libros del Delphin de Luis de Milán, hasta 1576, fecha de la publicación en Valladolid de El Parnaso de Esteban Daza, la vihuela reinó en las cortes españolas, mientras que en el resto de Europa lo hacía el laúd.
Sobre esta música, recuerdo un Récital de Guitarre Espagnole, que ofrecí en el magnífico Auditorio de la Villa Louvigny de la RadioTelevisión de Luxemburgo, cuya primera parte estaba dedicada al Siglo XVI Español.
Dentro de este repertorio, hay una joya que merece especial atención: la obra del canónigo de la Catedral de Sevilla Alonso de Mudarra (1510–1580). En su Tercer libro incluyó una pieza fascinante titulada «Fantasía que contrahace el arpa a la manera de Ludovico». En ella, evoca el estilo de Ludovico, un legendario arpista de la corte de Fernando el Católico, que asombraba a todos con su técnica.
Para su época, la música de Mudarra era increíblemente vanguardista. Esto se debe a su denso contrapunto y a una mayor libertad en el uso de las disonancias. De hecho, en un momento de la partitura, el propio autor advierte: «desde aquí fasta acerca del final hay algunas falsas; tañéndose bien no parecen mal». Otra innovación armónica relevante es el empleo del tetracordo frigio descendente, un recurso que siglos más tarde se convertiría en el rasgo de identidad de la música andaluza (la cadencia andaluza).
De todas las versiones analizadas de esta obra, la transcripción realizada por el maestro José Tomás, es, sin duda, la más coherente para resaltar con precisión la intención original del autor.
Querido Parménides, susurraba mi maestro, contemplando a su burrito devorar flores silvestres, sin proponértelo, posees la mayor de las sabidurías, siempre habitas en el «aquí y ahora». No hay en ti angustia por el porvenir. Vives este momento como si fuera el único, porque para ti lo es. Qué paradoja la nuestra; por pensar tanto en lo que vendrá, los humanos desatendemos el presente, olvidando que es lo único que verdaderamente poseemos.
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