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La «Chacona», catedral gótica

La música barroca está llena de monumentos sonoros, pero ninguno se compara con la «Ciaccona» de Bach

Retrato de Johann Sebastian Bach

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Tomás Camacho

Se suele decir que los músicos somos despistados por naturaleza, que andamos con la cabeza en las nubes. También que el desorden es propio de la creatividad. En fin, quien no se consuela es porque no quiere. Porque, según esa teoría, yo debería ser un genio… y va a ser que no.

Una de mis distracciones ocurrió en el Auditorio del Teatro García Barbón de Vigo. Era un concierto crucial para mí. Fiel al dicho bíblico de que «nadie es profeta en su tierra», evitaba tocar en la ciudad donde ejercía de profesor. El programa era exigente, centrado en el Barroco alemán. La primera parte dedicada a Silvius Leopold Weiss incluía arreglos míos para guitarra de diez cuerdas, algunos junto al magnífico percusionista Carlos Castro. La segunda estaba dedicada enteramente a Johann Sebastián Bach, coronada por la monumental Chacona en re menor.

Ya en el camerino, minutos antes de salir a escena, intentaba concentrarme mientras escuchaba el murmullo del público que llenaba el auditorio. Repasaba mentalmente los primeros compases cuando, al mirar hacia abajo, el corazón se me paró. Llevaba puestos unos zapatos comodísimos, pero más adecuados para trabajos agrícolas que para un concierto de gala. Los de vestir se habían quedado olvidados en casa.

En pleno ataque de pánico, supliqué a mi esposa, Odile, que corriera a la entrada del teatro. Su misión: interceptar a cualquier amigo, medirle el pie con la mirada y requisarle su calzado elegante. Ella partió con una diligencia heroica.

Quiso el destino que entre el público se encontrara el gran maestro David Russell y su esposa María Jesús, recién aterrizados de una gira por Norteamérica. Durante la cena posterior al concierto, David me confesó, aún extrañado, lo delirante de la situación: le había parecido muy raro que, tras un año sin vernos, Odile, antes incluso de saludarles formalmente, lo examinara de arriba abajo con la mirada clavada en el suelo para espetarle a bocajarro: «David, ¿qué número calzas?».

Por suerte, en el último instante, mi esposa apareció en el camerino con el calzado del maestro. El problema es que me quedaba dos o tres tallas grande. Pasé toda la velada caminando por el escenario como un pato mareado. Mientras tanto, el pobre David, resignado en su butaca, soportaba el concierto de Bach con los dedos de los pies encogidos y embutidos en mis toscos zapatos camperos. Aparte de esto el concierto trascurrió por los cauces normales, demostrando que, a veces, la música barroca exige grandes sacrificios... especialmente a los amigos.

Al reflexionar sobre esto, me di cuenta de que olvidé las cinco reglas de oro que mi maestro nos exigía antes de tocar en público:

1. Dominar, asimilar y memorizar el programa por completo.

2. Un mes antes de la cita, tocar el repertorio de corrido. Si te equivocas, sigue adelante como en el concierto; ya analizarás los fallos después.

3. Realizar varios simulacros ante audiencias reales, ya sean conocidos o extraños.

4. Cambiar de escenario; no hagas los simulacros donde siempre estudias.

5. Utilizar en los simulacros la indumentaria del concierto. Justo aquí, en el último peldaño, fue donde fallé.

La música barroca está llena de monumentos sonoros, pero ninguno se compara con la Ciaccona (Chacona) de Johann Sebastian Bach. Considerada en sus orígenes como una danza popular española muy famosa en el siglo XVI, esta forma musical evolucionó en manos del genio alemán hasta convertirse en el tema con variaciones más amplio, completo y elevado jamás escrito.

El año 1720 tras regresar Bach de un viaje a Karlsbad junto a su patrón, el príncipe Leopold, el compositor llegó a su hogar en Köthen y se encontró con una realidad terrible: su esposa, Maria Barbara, había fallecido repentinamente y ya estaba enterrada. Sumido en un profundo dolor, compuso la monumental Ciaccona, agregándola a la Partita n.º 2 BWV 1004 para violín solo, como homenaje póstumo a su amada esposa.

Los expertos definen esta obra como una catedral gótica musical, donde cada sonido se coloca con total simetría y perfección, logrando que cada variación detone una explosión de emociones profundas. La pieza consta de un tema breve de 4 compases y 63 variaciones. La pieza esconde citas numéricas y melódicas de corales luteranos relacionados con la muerte y la resurrección (como «Christ lag in Todesbanden»).

Esta perfección ha llevado a varios musicólogos a sostener que Bach empleó la proporción áurea –patrón de diseño presente en la naturaleza y utilizado por los grandes artistas de todas las épocas–. Al analizar la Ciaccona, queda claro que la obra alcanza ese equilibrio áureo absoluto. Lo que sigue siendo un misterio es si Bach lo consiguió de forma intencionada o mediante una pura y genial intuición natural.

La Ciaccona se divide en tres grandes secciones contrastantes (A-B-A) que forman una estructura simétrica de espejo: Tras el tema, La primera, en la tonalidad de re menor, de carácter solemne y grave que traslucen su enorme tristeza y desesperación. La segunda, en tono de Re Mayor, cambia totalmente su carácter, reflejando una dulzura casi religiosa, como rememorando la felicidad vivida junto a María Bárbara. Y la tercera, de vuelta al tono del principio, aunque ahora el dolor es más sereno, como de aceptación de la providencia divina. Concluye la obra con acordes majestuosos que dejan una sensación de paz.

–Querido Parménides –le decía mi maestro a su burrito, que movía las orejas como si tomara apuntes mentales–. Aunque no lo sepamos, tanto tú como yo, habitamos en la proporción Aúrea. Tú, que te extasías con el canto del jilguero, o la contemplación de la espiral de un caracol, y yo, al mirar Las Meninas de Velázquez o escuchar la Chacona de Bach.

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