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Bolaño y una libélula

En «Notas para una autobiografía», compendio de entrevistas a Roberto Bolaño desde sus inicios radicales hasta su consagración, el autor chileno deja ver con claridad las obsesiones y experiencias que han levantado su literatura

Roberto Bolaño

Roberto Bolaño / Pablo García

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Jaime Priede

Los libros de Roberto Bolaño siempre tuvieron algo de libélula: ojos grandes, colores llamativos y su capacidad mensajera de transportar pensamientos a lo lejos. La relación con ellos es un signo de buena fortuna y un enlace con el conocimiento ancestral. Pero también tienen algo de animal falsamente disecado dispuesto a saltarte al cuello en cuanto te descuides. No son libros que se dirijan al lector para hablarle o hechizarlo; se trata, más bien, de tocarlo, marcarlo, atravesarlo con el viento helado de la muerte o la brisa ardiente de la carcajada. Un extraño poder el suyo para que la literatura se salga de sí, de sus goznes, y alcance un más allá. Por eso es difícil que Bolaño y su memoria descansen en paz.

Desde el mismo momento de su muerte, y a cuentas de una supuesta vida sentimental oculta, surgieron los primeros atisbos de un desencuentro creciente entre familia y amigos del ámbito literario que habían estado a su lado en los últimos años, desencuentro que se hizo viral en los medios de comunicación y desembocó violentamente en una agria enemistad con la publicación póstuma de «2666» (Anagrama, 2004), apenas un año después de su muerte. Han pasado más de veinte y las secuelas todavía se hacen ver en la edición que Alfaguara publica en su Biblioteca Roberto Bolaño bajo el título «Notas para una autobiografía», y que reúne diversas entrevistas concedidas por el autor chileno, desde sus inicios en la literatura, hasta el año de su muerte. Más allá de un escueto © que hace mención a sus herederos, nada se sabe de quién o quiénes llevaron a cabo la labor de selección y edición, ya que la «Nota de los editores» que encabeza el volumen no viene firmada por nadie. El interés del volumen, no obstante, compensa las lagunas de su historia textual, porque las casi tres décadas de recorrido abarcan el testimonio personal desde sus años de formación en Ciudad de México hasta la etapa final como escritor plenamente consciente de la repercusión de su obra.

Parece que se está dando una revisión del concepto de autobiografía y de lo personal, lo vivencial, en la literatura. Por un lado, el enfoque autoficcional en la narrativa ha llenado las mesas de novedades de libros que involucran directamente a la familia, pareja y espacios cotidianos de sus autores. Se habla también de la poesía como género de ficción, sin necesidad de identificar el yo poético con la firma. Ambos géneros parecen saturados desde ese punto de vista, el yo muda de piel, y se sugiere que la verdadera autobiografía se está dando en el ensayo, ya decía Ricardo Piglia que el escritor escribe su vida cuando cree escribir de sus lecturas. Si continuamos por ahí, que no es descabellado, estamos ante un Bolaño más que completo cuando reflexiona sobre su experiencia literaria, alguien que ha vivido la literatura veinticuatro horas al día mientras hacía todo tipo de trabajos para sobrevivir, «todos menos los que no me permitía el decoro y la vergüenza»: desde vigilar un camping a descargar barcos en Francia. Una vida nómada que, siendo muy joven, se inició en Ciudad de México y continuó con un viaje por Europa, acostumbrado a necesitar lo mínimo, un viaje esencial para el imaginario de su generación, en modo beatnik, que se prolonga durante varios años hasta que todo viene a ser lo mismo: el paisaje varía, la arquitectura varía, pero la mecánica del viaje se empieza a repetir. Se asienta entonces en Blanes, un pueblo de la costa barcelonesa en el que regenta una pequeña tienda de ropa y cachivaches para turistas. Pero se trata de escribir, nada es más importante, porque el oficio de escritor es para Bolaño un oficio de exiliados. Un escritor, de una u otra manera, siempre está al borde del exilio, la quintaesencia de todo viaje.

A través de estas entrevistas, unas extensas, propias de un suplemento cultural; otras breves, tipo cuestionario, que se hace en una revista generalista a un autor de éxito, además de dos amenos conversatorios mano a mano con Piglia y Rodrigo Fresán, completamos, o mejor, creemos completar, un perfil que seguramente nunca lo estará, porque no se deja terminar. Bolaño piensa aquí en voz alta, se contradice, vuelve sobre sus propias ideas, piensa en la imagen que va a dar, se centra y deja ver con mayor claridad las obsesiones y experiencias que han levantado su literatura. Ordenadas cronológicamente, desde sus primeros años radicales en Ciudad de México hasta el escritor asentado que reflexiona sobre el oficio, el estilo, la disciplina y el trabajo diario, en este viaje por el tiempo aparece Bolaño como lector voraz, como alguien que vivía en una casa separada diez metros de la de su mujer, sin calefacción, sin necesitar casi nada, acostumbrado a la precariedad material y al fervor absoluto por la literatura.

Notas para una autobiografía / Entrevistas 1975–2003

Roberto Bolaño

Alfaguara, 446 páginas, 22,70 €

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