Patti Smith: del amor y de la muerte
La cantante y poeta norteamericana, galardonada el pasado miércoles con el Premio Princesa de Asturias de las Artes, publica sus memorias

Patti Smith, en su concierto en Vigo el 18 de julio de 2010. / JOSE LORES
Cuando Patti Smith cumplió setenta años descubrió un secreto familiar que la afectó profundamente. Lo cuenta en «Una gota de sangre», el capítulo de su autobiografía Pan de ángeles, que acaba de publicar Lumen en España. Por tener que documentarme para uno de mis proyectos, tengo muy reciente la lectura de Éramos unos niños, el otro volumen de memorias que Patti Smith escribió hace más de quince años como homenaje al fotógrafo Robert Mapplethorpe, su gran amigo, el que inspiró sus primeras obras en la pintura y en la poesía, el que convivió con ella durante los primeros pasos en los difíciles ambientes underground de Nueva York.
En aquel libro recuperaba con impetuoso y apasionado pulso literario aquellos años de bohemia en el mundo del arte y en el de la música. Ahora, con un lenguaje más maduro y también más poético, vuelve a revisar su vida para contarnos una trayectoria que abarca los dos mundos de una mujer que vivió sus experiencias con la fuerza de un espíritu indomable: su vida privada de mujer acariciada por el amor y asediada por la muerte, y su vida pública, de artista, de poeta y de estrella del rock.
La infancia enfermiza de Patti Smith, hija de una planchadora y de un militar retirado del ejército, que vivían en Chicago, transcurrió entre convalecencias intermitentes que le permitieron dedicar a la lectura un tiempo del que de otro modo no podría disponer. Su familia, padres, un hermano y una hermana, cambiaban con frecuencia de domicilio (tuvo once diferentes durante sus primeros años de vida) hasta que se asentaron en un barrio pobre de Filadelfia y más tarde, definitivamente, en una casa con jardín de su propiedad en las afueras de la ciudad. Recuerda una infancia feliz, con sus hermanos, en un agradable ambiente familiar católico, con una madre interesada en la cultura que le regalaba libros por su cumpleaños y una primera formación en los colegios en los que descubrió la literatura y la poesía.
Durante la adolescencia, en una sociedad conservadora de costumbres anticuadas, la música, el blues y el rock and roll, la rescataban de una monotonía paralizante: «Era nuestra salvación, expresaba lo inexpresable» (p. 94). Quedó embarazada a los veinte años y decidió dar la niña en adopción, una niña cuyo contacto recuperó hace poco. Fue también en aquellos primeros años cuando descubrió en Horizontes perdidos, el libro de James Hilton, la cultura del Tibet, a la que desde entonces ha venido rindiendo culto y que impregna muchas de sus obras (llegó a tener un encuentro con el Dalai Lama).
A la estela de Rimbaud
Su vida cambió radicalmente cuando descubrió sus dotes literarias y se animó a escribir siguiendo la estela de la obra y de la figura de Rimbaud, un hallazgo fundamental. También lo fue la obra y la personalidad de Bob Dylan, a quien tuvo como modelo y con quien se identificó durante muchos años antes de conocerlo personalmente y acompañarlo en algunos conciertos.
En estas memorias de Patti Smith su carrera musical ocupa una parte importante y un espacio mayor que en Éramos unos niños. Habla de todos sus discos, explica los orígenes y el significado de muchas de sus canciones, recuerda los conciertos, las giras por América y Europa, habla con pasión de sus músicos, sobre todo de su guitarrista Lenny Kaye, que la acompaña desde el principio, y sobre todo de Fred Smith, el músico fundador del grupo MC5 que fue el amor de su vida, con quien se casó en la iglesia de los Marineros de Detroit y por quien llegó a abandonar durante un tiempo su carrera musical para dedicarse solo a vivir intensamente aquel amor. Y a escribir: «Entonces supe con toda mi alma que ser escritora era lo que más deseaba en el mundo» (p. 198).
No podían faltar en estas memorias sus relaciones con Mapplethorpe, a quien dedica líneas muy sentidas, pero en estas páginas son frecuentes también las presencias de otros personajes importantes que marcaron su trayectoria, como William Burroughs, Allen Ginsberg, Sam Shepard, Bruce Springsteen, Susan Sontag y Annie Leibovitz, que hizo fotografías para sus discos. Sus vidas y también sus muertes.
Porque a lo largo de estas memorias la muerte es también una presencia constante, desde la infancia, de la que recuerda con lucidez y desazón las de dos niños vecinos de la casa en la que vivían y el dolor por una ausencia que nadie podía explicarle, hasta las que se prolongaron a lo largo de su vida con la desaparición de sus padres, de su hermano, de sus amigos, de su pareja. Muertes dolorosas, difíciles de superar, que la sumieron en periodos de letargo e inacción de los que siempre supo salir con esfuerzo gracias también a la presencia de sus hijos. Y es una suerte que a punto de cumplir ochenta años siga regalándonos con su música y con su poesía.
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