Suspiros de España

El compositor y guitarrista español Gaspar Sanz, en un grabado.
Tomás Camacho
Recuerdo con especial nitidez un concierto que ofrecí hace años en Denia, muy cerca de donde pasé mi infancia. El diario Información, en la sección de la Marina Alta, había anunciado la actuación del concertista del Verger Tomás Camacho en el Auditorio de la CAM.
Todo transcurría con normalidad, hasta que, durante la Suite de Danzas Anónimas del Renacimiento Italiano, empecé a percibir algo extraño. En los pasajes más lentos como en Se ío m’Acorgo, me llegaban desde la primera fila unos ligeros suspiros que crecían en intensidad a medida que avanzaba el programa. Al llegar al Barroco Español, los gimoteos eran ya evidentes; cada silencio de las Folías de España se llenaba con un lamento contenido que me inquietaba profundamente. Por fortuna, la primera parte concluyó con el brillo y la energía del rasgueo del Canarios, permitiéndome retirarme al camerino con una mezcla de alivio y desconcierto.
Aquellas muestras de melancolía tenían un origen que yo desconocía en ese momento: entre el público se hallaba mi gran amigo Manuel Ferrando. El compañero entrañable de mil aventuras infantiles con quien no había tenido contacto en más de treinta años.
Mientras intentaba relajarme en la soledad del camerino, dos golpes secos interrumpieron mi aislamiento: ¡Toc, toc! Al invitar a pasar, descifré por fin el misterio. No se trataba de que mi interpretación fuese nefasta –hipótesis que llegué a barajar con angustia–, sino que la música había servido de hilo de Ariadna para unir dos vidas distantes en el espacio. En ese momento, el tiempo se rindió, y entre risas y asombro nos fundimos en el abrazo más esperado, aquel que solo se dan quienes han compartido el tesoro de la niñez.
«Querido compañero Parménides –decía mi maestro–. Para quienes aún no lo conozcan, Parménides es su confidente más fiel: el oyente silencioso de sus interminables soliloquios sobre filosofía, arte y… dotado de una paciencia que ya quisieran los santos. Su única particularidad es que camina a cuatro patas y es un burrito viejo y pequeño. Como sé que eres sensible a los afectos y a la amistad –proseguía–, te diré que el alma reconoce lo afín, y que lo semejante siempre busca lo semejante. Solo en la bondad puede echar raíces la verdadera amistad; el malvado, en su discordia interna, no es capaz de una amistad verdadera. En cambio, nuestra unión nos acerca tanto que a veces dudo si el pensamiento que formulo es realmente mío o si tú, en tu sabio silencio, me lo has prestado para complacerme».
La primera parte del concierto concluyó con una selección de la Instrucción de música sobre la guitarra española, de Gaspar Sanz. Esta suite es una refinada recopilación de danzas del siglo XVII Español que explora el contraste entre el recogimiento y el virtuosismo. Sanz logró algo revolucionario para su tiempo: elevar las danzas populares de las calles y los «corrales de comedias» a la sofisticación de la corte. Aunque fueron escritas originalmente para guitarra de cinco órdenes, su escritura se adapta con naturalidad a la guitarra moderna.
La suite arranca con la Españoleta, una melodía que transmuta su origen popular en una solemnidad casi mística. En la versión de Sanz adquiere un carácter ceremonioso y cortesano. Le siguen la Gallarda y el Villano; la primera, un despliegue de agilidad italiana llena de giros inesperados, y el Villano, una pieza que nació en las calles y se estilizó al entrar en los corrales de comedias del Siglo de Oro.
Gaspar Sanz (Calanda, 1640 – Madrid, 1710) personificó el ideal del humanista barroco: organista, guitarrista y bachiller en Teología por Salamanca. Sin embargo, su verdadero legado reside en esa alquimia que señalaba mi maestro: «Una música que brota de la raíz popular para elevarse a través del filtro culto y la técnica resuelta y brillante. Como recordatorio del compromiso del músico, Sanz nos legó una sentencia definitiva: ‘La guitarra ni es perfecta ni inperfecta sino como tu la hizieres , pues la falta de perfección está en quien la tañe y no en ella’».
El corazón emocional de la suite se revela en las Folías de España. Esta danza de ritmo ternario, tempo lento y estructura de variaciones, cautivó a los compositores europeos de su época por su mezcla de melancolía y rigor formal. Sus raíces, de origen portugués, vinculadas a antiguos ritos de fertilidad, se esconden bajo una armonía hipnótica que ha sobrevivido siglos.
La suite finaliza una exhibición de virtuosismo con el Canarios, danza que evoca el folklore de las Islas Canarias. Su motor rítmico es la alternancia constante entre los compases de 3/4 y 6/8, un juego de acentos tan efectivo que, siglos después, Leonard Bernstein lo rescataría para el famoso tema «America» en West Side Story. Simula un baile de cortejo entre parejas, acercamiento y rechazo. Con su zapateado característico y sus brillantes rasgueos finales, el Canarios cierra la suite con un despliegue de destreza y vitalidad.
«Como te decía, viejo amigo –proseguía mi maestro ante el silencio de Parménides–, la música, como parte del arte, no es solo un simple fenómeno estético ni un simple deleite para el oído. Es también conocimiento, pero sobre todo, debe recuperar la calma de nuestra inocencia perdida, despojarnos del disfraz de adultos, y devolvernos a la verdadera libertad: esa sana amistad y pureza de sentimiento que constituyen el único proyecto moral capaz de transformar la vida en algo noble.
A mi querido amigo Manolo Ferrando, quien, en los días más negros de la Galicia de 2002, movilizó a su empresa para acudir a la Costa da Morte. Allí, entre la niebla, el chapapote, y el frío, demostraron que la solidaridad es el único antídoto contra el desastre.
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