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Mitos del «pringao» genial

Nos preguntamos cómo Cervantes pudo escribir «El Quijote» con una vida tan asendereada, cuando la cuestión debería ser: ¿lo habría hecho sin ella?

Julio Peña Fernández, caracterizado como Miguel de Cervantes, en el filme «El Cautivo».

Julio Peña Fernández, caracterizado como Miguel de Cervantes, en el filme «El Cautivo».

Darío Villanueva

Darío Villanueva

Álvaro Pombo, premio Cervantes, calificó expresivamente al príncipe de nuestras letras como un «pringao genial», y no se le puede negar su acierto para referirse al autor de la primera novela moderna, encumbrado como un clásico entre los clásicos, y al tiempo conocido como «el manco de Lepanto», cuando precisamente tuvo que huir de España tras una pelea que le endilgó la condena, felizmente no ejecutada, de la amputación de su mano derecha. Se non è vero, è ben trovato: últimas indagaciones apuntan a que el apellido Saavedra que Cervantes hizo suyo no responde a ninguna fuente galaica, sino a una expresión que en dialecto berebere equivaldría a manco.

Desterrado, herido en batalla, rehén en Argel, nunca compensado por los servicios rendidos, poeta que se sabía poco inspirado, dramaturgo opacado por la comedia nueva lopesca, fatigado recaudador de impuestos y comisario de provisiones para la Armada Invencible, varias veces preso, rechazado en su pretensión de venturas americanas, Cervantes vio cómo su éxito tardío de 1605 daba lugar a una continuación apócrifa y se despedía al fin con un sobrecogedor prólogo a su anacrónica novela bizantina Los trabajos de Persiles y Sigismunda, dirigido al conde de Lemos, que no había querido que lo acompañara a Nápoles. «Llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir»: esta frase escrita «puesto ya el pie en el estribo/ con las ansias de la muerte» quizá explique el prodigio de la creación del Quijote. A veces nos preguntamos cómo Cervantes pudo crearlo con la asendereada existencia de pringao que vivió, cuando la pregunta debiera formularse al revés: ¿podría haberlo escrito sin ella?

Más de un siglo hubo de esperar para que Mayáns y Siscar publicara en Londres su primera biografía por encargo de lord Carteret. Y desde 1737, los intentos posteriores se han nutrido de datos y sugerencias tomadas de su propia obra literaria y de los pocos documentos con él relacionados existentes. El último de sus biógrafos, Alfredo Alvar Ezquerra, abordó en 2025 (La Esfera de los Libros) el reto de ofrecernos «la verdad del hombre a través de sus documentos», detallando el contenido de poco más de 300, muchos de no demasiada enjundia; por caso, el borrador de una cédula real nunca despachada a favor de Cervantes sobre 300 fanegas de trigo de Écija.

Esta doble base, su obra y los testimonios, deja manos libres para rellenar los lugares de indeterminación de su biografía. El psiquiatra Arturo Ezquerro acaba de echar su cuarto a espadas con el libro Apego y sexualidad en Miguel de Cervantes (Imaya Editorial, 2026), que nos presenta como una «biografía psicológica» amparada por las teorías de John Bowlby. Una aportación más desde una perspectiva científica para afrontar tan comprometido reto, que hasta el momento ha dado lugar a la invención de reiterados mitos a costa de la vida de aquel pringao genial.

En clave homoerótica

Entre ellos, el de su homosexualidad. A partir de una deposición del dominico renegado Juan Blanco de Paz, en el sentido de que Cervantes había hecho en Argel «cosas viciosas, feas y deshonestas», no han faltado otras propuestas conniventes, incluso desde el hispanismo. Louis Combet lo hizo en 1980 con Cervantes ou les incertitudes du désir. En 1988, Rosa Rossi, en su libro Escuchar a Cervantes, postuló ya decididamente la relación íntima del manco cautivo con el gobernador Hasán Baja, y volvió sobre lo mismo en 2000 con Tras las huellas de Cervantes. Perfil inédito del autor del Quijote. En la misma línea, Daniel Eisenberg abordó en 1988 La supuesta homosexualidad de Cervantes, que no afirma de modo rotundo (et pour cause!), admitiendo, eso sí, que hay textos del escritor que podrían interpretarse en clave homoerótica. En ello viene a convenir Robert Ter Horst en ¿Fue Miguel de Cervantes un homosexual? (2000).

La contención de estos dos cervantistas norteamericanos contrasta con la desenvoltura del dramaturgo Fernando Arrabal en su novela de 1996 Un esclavo llamado Cervantes. Lo describe como un homosexual torturado que de joven ya había sido amante del escenógrafo Pedro Montiel y el bailarín Alonso Guzmán. Luego lo fue del cardenal Giulio Acquaviva, al que, para darle celos, abandonó alistándose en la Santa Liga sin llegar a combatir nunca en Lepanto, tan solo para tener sexo con soldados. Y qué decir del capítulo que dedica a Cervantes Álvaro J. Sanjuán en Grandes maricas de la historia (2022).

El asunto ha cobrado nuevos aires con el estreno de El Cautivo, sobre la que publicó una reseña uno de los biógrafos más solventes del escritor, Jordi Gracia. La tituló: «El cautivo no es Cervantes: es Amenábar». Y su tesis es que, en el filme, la homosexualidad del protagonista está «sacada de la chistera». Tampoco suscriben el planteamiento del guionista y director de El Cautivo ni Arturo Ezquerro ni José Manuel Lucía Megías, autor de tres libros sobre la juventud, la madurez y la plenitud del autor, y de Cervantes íntimo (2025)

Jordi Gracia le reconoce a Amenábar la «absoluta libertad de imaginar cómo pudo ser la vida de un personaje histórico y hacerlo seleccionando lo que secunde sus propósitos». La propia inconsistencia y volatilidad documental para atestiguar lo que fueron las relaciones íntimas de Cervantes en la cautividad deja amplio margen para ello. Hubiese habido otras posibilidades a la hora de narrar las aventuras de quien intentó fugarse varias veces y renunció a ser rescatado antes de su hermano Rodrigo. Al final, la huella que nos deja la película es la de una intensa historia romántica, en la que todo el heroísmo de Miguel de Cervantes se cifra en renunciar al gran amor de su vida para cumplir con el compromiso que la historia de la literatura patria y universal le demandaba: escribir El Quijote.

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