Joaquín Rodrigo: luminosa ceguera

Joaquín Rodrigo y su hija Cecilia en Vigo. / Jesus de Arcos
Tomás Camacho
Ante la proximidad del 125º aniversario del nacimiento del gran compositor Joaquín Rodrigo (1901-1999), es de justicia rescatar un episodio fundamental que vincula su legado con la ciudad de Vigo.
En 1991, coincidiendo con el 90º cumpleaños del maestro, el Conservatorio Superior de Música de Vigo –que entonces tenía el honor de dirigir– decidió rendirle un homenaje en vida junto al equipo directivo. Con esta iniciativa Vigo se sumó con orgullo al reconocimiento que el autor del Concierto de Aranjuez recibía de grandes capitales como Nueva York, Moscú o Berlín. Esta iniciativa, que hoy cobra un valor histórico especial, contó con el apoyo decidido del Ayuntamiento y de Caixavigo.
Nacido en Sagunto, la vida de Joaquin Rodrigo cambió drásticamente al cumplir tres años de edad y sufrir la difteria que le privó de la vista.
Educado en un colegio para ciegos de Valencia, el maestro supo transformar el silencio visual en una ventaja creativa. Lo que parecía una limitación se convirtió en su mayor virtud: una capacidad única para sumergirse en la abstracción musical y traducir el mundo, no a través de la luz, sino del sonido. [Solía decir: «Pienso que la ceguera me ha dado más mundo interior. Ese mundo en el que vivimos los ciegos»].
A los 16 años ingresó en el Conservatorio de Valencia, enfocando de manera más profundamente sus estudios de piano. Posteriormente se trasladó a la Scola Cantorum de París, en donde contó con el consejo de figuras de la música como Paul Dukas, Manuel de Falla o Ricardo Viñes.
Vigo guarda un recuerdo divertido y entrañable de uno de nuestros compositores más universales. Cuando el maestro Joaquín Rodrigo, acompañado de su hija Cecilia, llegó al hotel Bahía de Vigo, el profesor encargado por el conservatorio para servirle de guía, quiso agasajarlo con lo mejor de la ciudad. Al entrar en la suite, el docente exclamó con orgullo: «Maestro, le hemos reservado la séptima planta; tiene usted delante las mejores vistas de la ría». Se hizo un breve silencio, roto solo por la suave brisa marina que entraba por la ventana entreabierta, mientras sonreía frente aquel despliegue de generosa, aunque algo despistada hospitalidad. Y, ante tal comentario, Rodrigo –famoso por su agudeza y buen humor– asintió con elegancia, confirmando que, efectivamente, el aire de la ría se «veía» de maravilla desde allí.

Tomás Camacho y Joaquín Rodrigo, en el puerto de Vigo en 1991. / FdV
El maestro Rodrigo pudo realizar sus estudios musicales gracias al sistema Braille. El código táctil –que mediante 64 combinaciones representan letras, números, signos de puntuación y notas musicales– fue la herramienta con la que construyó sus sueños artísticos. Aunque cada punto grabado en el papel exigía un segundo acto de entrega: con paciencia infinita Rodrigo dictaba, nota a nota, sus hallazgos para que fueran traducidos al pentagrama convencional. Esta labor minuciosa la realizaba codo a codo con su esposa, Victoria Kamhi, cómplice y manos en la tarea de dar vida a su obra. A pesar de todos los inconvenientes que su ceguera le causaba, Rodrigo siempre supo ver la parte positiva gracias a su enorme tesón y buen humor.
Sobre esta perseverancia, acude a mi memoria una clase con mi maestro en el viejo caserón de la calle mayor. El maestro dejando descansar la partitura sobre el atril se volvió hacia nosotros y, con la solemnidad que otorgan los años, nos recordó que la música –y el arte en general– no es solo algo bello y agradable al oído, sino que también exige trabajo y sacrificio. «Pero recordad –añadió con una sonrisa serena– que hasta el estudio más árido y técnico se vuelve liviano cuando nos mueve la ilusión de alcanzar ese momento en que, finalmente, la melodía y las armonías fluyen con libertad, recorren nuestro cuerpo y nos hacen vibrar de pura emoción».
El homenaje A Rodrigo tuvo lugar la semana de santa Cecilia y contó con grandes intérpretes como el dúo Khomitzer-Arpad Bodo, el pianista Chang Rook Moon, Román Gonzalez, Marcos Díaz y el Trío Chamorro.
Cómo no acordarme de mi interpretación del Concierto de Aranjuez junto a la Orquesta Joaquín Rodrigo de Valencia. El primer movimiento (Allegro con spirito) arranca con rasgueos rítmicos de la guitarra sostenidos por el pulso suave pero firme de violonchelos y contrabajos. Esa energía inicial nos trasporta a la España goyesca, evocando el perfume de los jardines y el frescor de las fuentes de Aranjuez del siglo XVIII. El Adagio contiene una de las melodías más bellas y profundas de la música española, se despliega como un diálogo melancólico entre la orquesta y la guitarra. Por momentos, parece como si un lamento o lágrima se escapara de entre sus cuerdas, fundiéndose en un suspiro de emoción compartido entre intérpretes y público.
Finalmente, el tercer movimiento (Allegro gentile) nos despierta de la ensoñación. Con un aire de danza popular y reminiscencias barrocas, propone un juego constante de diálogos y modulaciones. La obra concluye de forma magistral con una pequeña coda que se extingue suavemente en la tonalidad inicial de Re, dejando tras de sí un poso de recogimiento y una emoción palpable en el aire.
El homenaje culminó con la solemnidad que requería la ocasión en el Teatro García Barbón de Vigo, ante autoridades y un público llegado de toda Galicia.
–Mira, Parménide –susurraba mi maestro a su fiel compañero–, la vida sería un desierto si no fuese por esos hilos de oro que la sostienen: el tesón, la ética y la estética. ¿Te imaginas el sudor vibrante sobre el mármol de Miguel Ángel, o la amargura de Beethoven al no poder escuchar sus propios sonidos? Al entrelazar la sordera heroica de Beethoven con la luminosa ceguera de Joaquín Rodrigo, nos queda un legado que trasciende el silencio y la sombra: una lección de optimismo imperecedero grabada en el alma de quienes tuvimos la fortuna de conocerle.
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