La constelación Habermas seguirá brillando

Jürgen Habermas. / SIMELA PANTZARTZI
Con Habermas se nos ha ido el más grande filósofo vivo del campo del pensamiento social. Su enorme obra nos deja toda una teoría de la acción social, de la democracia, del derecho, de la ética y de la racionalidad. Fue el miembro más destacado de lo que se llama segunda generación de la Escuela de Fráncfort, la que siguió a sus maestros, los Adorno, Horkheimer y Marcuse entre otros.
Su obra finalmente representa una prolongación pero a la vez un corte, una severa crítica de aquellos. Pretendía conservar el proyecto inicial de lo que les identificaba: la teoría crítica, una teoría filosófica articulada con el conocimiento de las ciencias sociales, un proyecto que los maestros habrían abandonado en cierto modo y sustituido por una filosofía de crítica radical de la Razón, lo que, según Habermas, les habría conducido a una aporía insalvable: la de una razón que terminaba por anular a la razón misma.
Habermas se alejó de aquella negatividad -quizás excesivamente-, intentando una crítica no de la Razón sino del tipo de racionalidad dominante, el de una razón instrumental que desde la instancia económica invadía todas las demás esferas sociales, particularmente el ámbito en que los individuos se socializan, tratan de entenderse y articulan su solidaridad. En este ámbito, en cambio, se desenvolvía otro tipo de racionalidad que había que explicitar y teorizar, lo que llamaría racionalidad comunicativa. Sobre ella en definitiva basaría todas sus propuestas.
Desde ese ángulo, abordó muchas grandes cuestiones que a todos nos conciernen. Nunca quiso quedar atrapado en los circuitos académicos. Solo vamos aquí a señalar alguna. Analizó a fondo y propuso vías alternativas a problemas como el de la debilidad de la democracia existente; el de la complejización creciente de nuestras sociedades, cada vez más diversificadas y de la vulnerabilidad del individuo; el de la necesidad de construcción de organizaciones transnacionales para regularizar las fuerzas determinantes del espacio internacional que también penetraban en los ámbitos nacionales borrando sus fronteras; o la referente en particular al curso decepcionante de la Unión Europea.
Para él una sólida democracia debería recoger tanto la tradición liberal como la republicana. Daría prioridad al ideal de autorrealización colectiva, de participación en el destino común. La recepción de estas dos tendencias debía significar una corrección respecto de cada una. Los derechos individuales tenían que dejar de entenderse como meramente negativos; o como una especie de derechos prepolíticos bajo los que abrigar unas preferencias que se demandasen ante la Administración estatal. Mientras, el republicanismo tendría que evitar cierto dar por descontados los derechos subjetivos en una mera hispostasiación de la soberanía colectiva basada en la supuesta configuración de una macrosujeto unitario que comparte valores y costumbres al modo como lo pensara Rousseau.
Para Habermas los derechos individuales vienen exigidos por los mismos derechos políticos o relativos a la auto-constitución de la comunidad, y el aseguramiento y plenitud de aquéllos demanda la presencia vigorosa de éstos. No hay deslinde posible: unos están articulados a los otros. Habermas desarrollaría toda una teoría del derecho en que precisaría esa conexión reciproca. Cada individuo en la participación ciudadana no podría dar por válida sus primeras preferencias, al modo liberal, sino someter éstas a una deliberación con los otros. Esto se daría en los ámbitos diversos que conforman la opinión pública (redes, asociaciones, medios de comunicación, partidos, sindicatos, parlamentos).
El modelo de esos intercambios sería el de uno en que todos pudieran participar con igual libertad, en el que solo la validez del mejor argumento se aceptara. De ese modo nos aclararíamos respecto de lo bueno para nosotros mismos y para la comunidad. Una opinión pública así, racionalmente conformada, unos sujetos racionalmente auto-clarificados, unas propuestas que habrían pasado el filtro de lo que es válido y generalizable y lo que no, podría lograr que la voluntad ilustrada de la sociedad domeñase las esferas del poder y de la economía, y estos se orientaran al interés común.
Un modelo de democracia como este no podría ya basarse en ninguna cultura o identidad particulares. El desarrollo y complejización de nuestras sociedades, crecientemente intensificado, exigirían que la integración tenga que darse en un nivel más general y abstracto como sería el nivel político democrático y jurídico.
Todo el planteamiento se articularía sobre una base histórica ya dada: la que se ha ido conformando en el aprendizaje colectivo de la sociedad moderna, en las estructuras de la personalidad, en el desarrollo moral de los individuos, en la evolución de las instituciones y de las formas de cultura. Con ello se habría ido produciendo toda una racionalización del mundo de la vida; de una manera u otra, habríamos tendido hacia unas formas de individualización en las que ya los ideales antes mencionados de autonomía y autorrealización conforman nuestras formas de vida. Queremos decidir por nosotros mismos nuestro futuro, individual y colectivo; tenemos una actitud reflexiva sobre nuestras tradiciones, no queremos que se nos impongan sin más, deseamos continuar unas pero cambiar o interrumpir otras. Aspiramos a ser responsables de nuestras vidas, decidirlas.
Desde ese enfoque sobre el legado moderno, se comprende la posición habermasiana de no dar por terminado el proyecto ilustrado, su especial sensibilidad respecto de las críticas totalizantes de aquél por el temor de que abriese campo a tendencias irracionalistas contra las que se habría batido lo mejor de la tradición moderna.
Habermas entendía que las democracias actuales, en general los Estados nación, habían entrado en una fase ya postnacional en que debían proseguir las pautas universalizadoras, de integración en niveles superiores, que habían marcado su misma constitución. La construcción histórica del Estado definido por la nación como emblemáticamente se da en el momento de la Revolución francesa, había significado ya una superación de las fragmentaciones particularistas anteriores. Ahora las nuevas condiciones demandarían un avance sobre ello.
Ahora bien, esta constelación postnacional conduce igualmente a la necesidad de conformar instancias de gobernanza transnacional, pues ya un Estado definido por sus fronteras nacionales no puede hacer frente a las tareas para las que se constituyó. La seguridad, la prosperidad económica, la paz, el bienestar no dependen ya del control único de ninguna soberanía nacional. Al mismo tiempo se exigiría una democratización de las instancias ya existentes (ONU, OMC, FMI, BM, etc).
El proyecto de la Unión Europea era, para Habermas, el que mejor podía encarnar una conformación política de gobierno transnacional. Apoyó todo lo que pudo su avance en capacidad política, a través de una Constitución no hipotecada económicamente y una “integración escalonada” en que los países más dispuestos al avance conformasen un núcleo al que en otro nivel quedase el resto que aún no asume una verdadera unidad política; insistía en su democratización real, de la que era un paso esencial la conformación de una esfera europea de opinión pública, en la que en cada país el debate político tomase la perspectiva transnacional. Ni que decir tiene que el rumbo tomado por Europa iba siendo otro.
Que todo esto que él elaboró teóricamente e impulsó comprometidamente hoy se vea más dificultado que nunca, tanto en lo que respecta a las democracias como a las relaciones internacionales, unas asediadas por la ultraderecha en ascenso otras por las potencias y sus vasallos, no se le escapaba y no dejó de confesar su expectativa sombría. Tanto críticos conservadores como supuestamente radicales, ambos curiosamente coincidentes en que no hay otra alternativa que la realpolitik, se han apresurado a mostrar que la situación declaraba muerta sus teorías normativas, tachadas de ficción teórica ilusoria. Este supuesto realismo nunca cuenta que la potencia normativa que surge del desarrollo de unas condiciones históricas como las de la Modernidad es también una realidad. Apoyarse en ella era lo que definía a la Teoría Crítica.
Suscríbete para seguir leyendo
- La Xunta acomete el mayor movimiento de personal de su historia: 3.200 empleados públicos cambian de puesto, el 12 por ciento de toda la plantilla
- El ourensano Juan Bouzo, que cumple 104 años, sigue tomando su vaso de vino al día «porque le da fuerza»
- Stellantis Vigo inicia la producción de las primeras furgonetas K9 de tipo 'low cost'
- Toxo vuelve a necesitar ayuda: un ictus deja secuelas en el perro que hace un año acogió una familia de Moaña
- La Xunta da luz verde ambiental al desarrollo de los terrenos de GEA en Ramón Nieto para levantar hasta 950 viviendas en Vigo
- Un barco de la viguesa Opnapa recaptura un atún patudo marcado por los científicos hace casi diez años
- Más de 35.000 trabajadores del textil y del calzado convocados a una jornada de huelga para defender sus derechos
- Un festival de cometas gigantes colorea este sábado la espectacular playa de Foz do Arelho, en Portugal
