Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

La guitarra Martin de Amancio Prada

El cantante leonés tocó alguna de las últimas canciones de su concierto en Vigo con el instrumento que le regaló Joan Baez

Amancio Prada tocando la guitarra española. A la derecha, la que le regaló Joan Baez.

Amancio Prada tocando la guitarra española. A la derecha, la que le regaló Joan Baez. / Mario Canteli

Jacobo Iglesias

Todos los que el pasado 7 de marzo asistimos al recital de Amancio Prada en Vigo con el que celebraba el 50 aniversario del disco en el que musicó los poemas de Rosalía de Castro, no asistimos solo a un concierto, sino a algo mucho más antiguo y sofisticado: un filandón.

Amancio Prada (León, 1949) lleva la comarca del Bierzo en la sangre, y pertenece a esa estirpe leonesa en la que el filandón es santo y seña. Los filandones sucedían después de cenar y alrededor del fuego. Se trataba de reuniones en las que los vecinos cantaban y se contaban todo tipo de historias y cuentos, mientras las mujeres hilaban. En esa tradición se formaron algunos de nuestros grandes escritores leoneses como Julio Llamazares, Luis Mateo Díez o José Luis Merino, que aprendieron su oficio escuchando mil y una historias en los filandones de su infancia.

La puesta en escena en el teatro García Barbón era sobria, casi minimalista para estos tiempos que corren en que el ruido lo inunda todo. Dos guitarras flanqueaban un solo asiento. Pero había algo que llamaba la atención. Junto a la guitarra española de Amancio Prada había otra, una imponente guitarra acústica de la casa Martin. Era extraño. porque Amancio nos tiene acostumbrados a su inseparable guitarra española. Tal vez otro músico saldría con él a escena.

Cuando empezó el recital, Amancio nos fue metiendo en ese universo narrativo y poético en el que teje y desteje historias de su juventud, la universidad o el primer concurso al que se presentó y que inesperadamente ganó con una guitarra prestada y una canción «anticoncurso». La canción era «Pra a Habana», un poema musicalizado de Rosalía de Castro que le hizo ganar, contra toda lógica comercial, el premio de diez mil pesetas con el que pudo comprar su primera guitarra española e irse a París para empezar a ser Amancio Prada.

A esa primera historia siguieron otras sobre Rosalía, su espiritualidad, su morriña, sus Cantares Gallegos, sus ediciones en Vigo o las muchas interpretaciones que se le han dado a su «Negra sombra». También recordó emocionado sus interminables charlas sobre Rosalía con su amigo Alonso Montero, recientemente fallecido en Vigo. Y después habló largo sobre Federico García Lorca, sus Seis poemas galegos y la admiración que este sentía por Rosalía de Castro a quien consideraba su «hermana en tristeza».

Muy pronto, casi sin darnos cuenta, estábamos metidos de lleno en ese particular filandón en el que

Amancio Prada entreteje historias, poemas, canciones, coplas y versos recitados. Y uno ya no sabía si Amancio cantaba canciones en medio de sus cuentos o si nos contaba cuentos en medio de sus canciones. En cualquier caso, tocó íntegro el disco de Rosalía y alguna otra pieza relacionada con ella.

Y después nos habló de Jorge Manrique, de San Juan de la Cruz, y recitó versos de Bécquer y de Lorca, y nos cantó unas coplas aprendidas de su amiga Carmen Martín Gaite. Y aún tuvo tiempo para recitar esos versos de Machado (En el corazón tenía / la espina de una pasión / logré arrancármela un día / ya no siento el corazón) que homenajean a los de Rosalía (Unha vez tiven un cravo / cravado no corazón). O para contar un chiste filosófico a cuenta de Juan de Mairena: «Los grandes hombres somos siempre modestos».

En un mundo que cada vez tiene más prisa por llegar a ninguna parte, asistir a un viejo y sosegado filandón liderado por Amancio Prada constituye un extraño privilegio. Detenerse durante más de dos horas y media para escuchar el ritmo cadencioso de sus historias, cantos, versos, coplas y poesías es un lujoso anacronismo. Quien lo probó lo sabe. Conscientes de ese pequeño milagro al que acabábamos de asistir, el público demoró varios minutos puesto en pie con una ovación cerrada que obligó al autor a recorrer los pasillos del teatro y salir por la puerta principal.

Y como suele ocurrir, la mejor historia la dejó para el final. Amancio Prada descubrió un día por casualidad a Joan Baez cantando «Adiós ríos, adiós fontes» y se quedó estupefacto. Más sorprendido se quedó cuando la propia Joan Baez lo invitó personalmente a tocar ese himno de Rosalía en la que sería la última actuación de su última gira. Joan Baez se retiraba de los escenarios y quiso que Amancio Prada subiera a cantar con ella «Adiós ríos, adiós fontes» en el Teatro Real de Madrid. Al terminar el recital Joan Baez le dijo a Amancio que no se marchara pues tenía que darle una cosa. Amancio confesó que pensaba que le traería un disco firmado por ella o algún recuerdo parecido, pero Joan Baez trajo la guitarra con la que había tocado durante tantos años y se la regaló: una imponente acústica que la casa Martin diseñó especialmente para ella en una serie limitada.

Solo entonces, después de contar aquella historia, Amancio se inclinó hacia su izquierda para coger la guitarra acústica de Joan Baez y tocó con ella alguna de las últimas canciones.

Amancio Prada terminó el recital cantando «Libre te quiero» sobre un poema de Agustín García Calvo, y todo el mundo se fue a la calle con muchas ganas de hablar y de contar historias. Porque Amancio Prada nos hizo sentir que formábamos parte de algo que ya creíamos olvidado: una tradición, unos versos, una cultura. Nos hizo creer que todavía podemos reunirnos para contar y escuchar historias sin prisas. Nos hizo entender que la fuerza milenaria de los relatos y la poesía siguen presentes en nosotros. Y por encima de todo eso nos hizo sentir esencialmente humanos. Joan Baez sabía bien a quien le cedía el testigo de su voz y de su guitarra.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents