Concha Espina y la memoria recuperada de la Guerra Civil
Ediciones 98 rescata «Diario de una prisionera», testimonio del cautiverio de la escritora, tres veces candidata al Nobel de Literatura. No se había publicado desde 1938

Concha Espina
Para muchos, Concha Espina es solo el nombre de la avenida madrileña donse se ubica el estadio del Real Madrid. Pese a haber sido tres veces candidata al premio Nobel, un galardón jamás logrado por ninguna mujer española, su figura cayó en el olvido. Ahora ha vuelto a las librerías una de sus obras menos conocidas, Diario de una prisionera, el testimonio del cautiverio que sufrió la escritora durante la Guerra Civil en su casa de Cantabria. Rescata esta obra, que ha permanecido inédita durante 88 años, Ediciones 98, que se ha especializado en la recuperación de títulos y autores de la literatura española injustamente arrumbados.
Concha Espina (Santander, 1869 - Madrid, 1955) fue una escritora muy destacada en su tiempo. Sus obras fueron traducidas a varios idiomas, y desde Suecia, Francia y Estados Unidos fue propuesta al Nobel de Literatura en tres años consecutivos (1926, 1927 y 1928). En la primera ocasión perdió por un solo voto. El galardón lo recibió la italiana Grazia Deledda. Ganó el Concurso Nacional de Literatura (1926) y el Premio Nacional de Narrativa (1927).
Bien pudo haber sido la primera mujer novelista en ingresar en la Real Academia Española, honor que recayó mucho más tarde (1983) en la escritora cántabra y gallega Elena Quiroga.
Su matrimonio con Ramón de la Serna y Cueto fracasó, y en 1934 fue una de las primeras mujeres de la Segunda República en divorciarse, para lo que contó con la asistencia jurídica de su amiga Clara Campoamor. Además del divorcio, defendió el sufragio femenino y la República, de la que se distanció tras la Revolución de octubre de 1934.
Fue, probablemente, la primera mujer española que vivió de la literatura, gracias a la cual logró sacar adelante por sí sola a sus cinco hijos. Defensora de los derechos de la mujer y de los desfavorecidos, organizaba en su casa de Madrid tertulias por las que pasaron personajes tan diversos como Antonio Machado, Federico García Lorca, José Antonio Primo de Rivera, Santiago Ramón y Cajal, Gerardo Diego y José Ortega y Gasset.
Confinamiento en Cantabria
El golpe de Estado de julio de 1936 la sorprendió en la casa de su abuela en Mazcuerras (Cantabria). Allí, en una especie de arresto domiciliario junto a otras once mujeres, pasó la Guerra Civil hasta que fue liberada por las tropas sublevadas. A escondidas, en condiciones de penuria y con escasa luz –lo que tal vez contribuyó a su posterior ceguera–, escribió lo que en 1938, en pleno conflicto fratricida, se publicó bajo el título de Esclavitud y libertad: Diario de una prisionera, un dietario escrito «en el vértigo de los peligros y la locura de la esperanza», según la propia escritora.
La peripecia de Concha Espina se asemeja a la del escritor gallego Wenceslao Fernández Flórez (1885-1964), también célebre en la época e injustamente olvidado en décadas recientes. El autor de El bosque animado, que vio su vida en peligro y se refugió en dos embajadas tras la sublevación de 1936, no ocultó sus simpatías por los rebeldes y plasmó sus impresiones sobre la represión republicana en obras como El terror rojo, Una isla en el mar Rojo y La novela número 13, todas ellas recuperadas por Ediciones 98.
Concha Espina va más allá que el escritor coruñés y se declara en este diario una «falangista entusiasta», hasta tal punto que decora, clandestinamente, árboles con sellos de la Falange. Su tono difiere radicalmente del de Manuel Chaves Nogales, que confesaba tener «tanto o más miedo» a los «asesinos de la Falange» que a los «analfabetos anarquistas o comunistas».
No por ello es menos valioso el relato vital de la escritora cántabra, un punto de vista femenino que permite disponer de voces de los dos bandos de la contienda, como defiende el director de Ediciones 98, Jesús Blázquez.
En sus escritos, Concha Espina ataca al político socialista Indalecio Prieto, al que califica de «fugitivo de la Costa Azul que trasiega oro a París» y se hace eco de las atrocidades en la zona roja, denunciadas por radio por el militar sublevado Queipo de Llano, quien a su vez fue acusado de ordenar matanzas.
Desde su cautiverio en Luzmela –como así llamaba a Mazcuerras– la novelista comenta episodios de la Guerra Civil que conoce por el boca a boca o la prensa republicana, como el asedio del Alcázar de Toledo y la trágica conversación de Moscardó con su hijo, «un episodio que no puedo comprobar», admite.
Acusa recibo de la noticia de la muerte de Unamuno, «gran pensador y autor eminente, admirado y discutido como pocos intelectuales modernos», y de la ejecución de José Antonio Primo de Rivera –«generoso y noble mil veces»–, aunque alberga cierta esperanza de que siga vivo.
Pese a una iniciativa francesa para sacarla de España, Concha Espina permaneció en cautiverio y fue llevada a la checa de la calle del Sol de Santander, donde estuvo a punto de correr el mismo destino que otros simpatizantes del bando rebelde.
La escritora sabía que estaba en peligro de muerte. En el diario denuncia los «paseos» perpetrados por milicianos de las F.A.I.: «Secuestran violentamente al sentenciado, le sacrifican en sitio cómodo, abren la hoya y le entierran. Algunas veces sin que acabe de morir», anota. También menciona en varios pasajes los asesinatos de prisioneros del buque-prisión Alfonso Pérez, perpetrados en diciembre de 1936 como respuesta republicana a un bombardeo de Santander por parte de la aviación franquista. «Pierdo la cuenta de personas conocidas que desaparecen martirizadas sin más delito que el de sus ideas conservadoras y nacionalistas», lamenta.
Este diario es el primer libro de la pentalogía de Concha Espina sobre la Guerra Civil, que publicará en su totalidad Ediciones 98. La completan Retaguardia: Imágenes de vivos y muertos, Las alas invencibles, Luna roja y Princesas del martirio.
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