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Joy Williams, escritora: "Nuestra gestión de la Tierra y de sus criaturas ha sido nefasta"

La autora estadounidense, una de las figuras más misteriosas, fascinantes y admiradas de la literatura anglosajona contemporánea, concede una entrevista en exclusiva al suplemento 'ABRIL' con motivo de la publicación en España de su libro de relatos 'Noventa y nueve cuentos divinos'

La escritora Joy Williams.

La escritora Joy Williams. / EP

Inés Martín Rodrigo

Inés Martín Rodrigo

Madrid

No recuerdo cuándo fue la última vez que me mandaron una carta. Es probable que estuviera en Dublín, en el verano de mis 13 años. Todavía conservo una caja de latón con la correspondencia que durante los meses que allí pasé estudiando inglés mantuve con mi mejor amiga. Casi tres décadas después, he vuelto a recibir una misiva, y de una remitente extraordinaria: Joy Williams (Chelmsford, Massachusetts, 1944).

La escritora, una de las figuras más misteriosas, fascinantes y admiradas de la literatura anglosajona contemporánea, virtuosa del relato, autora de cinco novelas y dos ensayos, no tiene ordenador, tampoco teléfono móvil, mucho menos internet, y apenas (casi nunca) concede entrevistas.

Fue excepcional, por tanto, que accediera a responder a las preguntas que, tras la lectura de su último libro traducido al castellano, 'Noventa y nueve cuentos divinos' (Seix Barral), se acumularon en mi cuaderno, redactadas a mano. Sus contestaciones, mecanografiadas, llegaron a mi dirección con un agradecimiento introductorio y esta despedida: "Espero que esto te sea útil". Y lo fue, tanto como su obra.

—En primer lugar, me gustaría preguntarle por la influencia que tuvo Thomas Bernhard en la concepción de estos 'Noventa y nueve cuentos divinos'.

William Gaddis era un gran admirador de Thomas Bernhard y fue él quien me animó a leerlo. Yo también me entusiasmé con Bernhard, pero sospecho que no lo entiendo del todo. 'El imitador de voces (104 relatos mínimos)' es su obra más accesible, es oscura y divertida. Nunca he sido tan feliz escribiendo como cuando recopilaba las historias de este libro. O quizá no tan feliz exactamente. Más… segura. ¡Y todo fue gracias al gruñón de Bernhard!

—"Solo podemos saber lo que Dios no es, no lo que Dios es", escribe en un fragmento de uno de los relatos. Es como si al escribir intentara alcanzar verdades que no son observables, ni demostrables... ¿Se considera una escritora metafísica?

Considerarme una escritora metafísica en el contexto actual sería un suicidio.

—¿Y cómo influye el cristianismo en su obra, incluyendo este libro?

Soy cristiana, pero el cristianismo ha sido terriblemente malinterpretado y mal aplicado. Lo mejor es no dejar de buscar nunca, en todas partes.

Soy cristiana, pero el cristianismo ha sido terriblemente malinterpretado y mal aplicado. Lo mejor es no dejar de buscar nunca, en todas partes

—En ese sentido, su ficción parece interesada en la eternidad, en ciertas formas de irrealidad.

Hemos maltratado tanto la Tierra y a sus criaturas, nuestra gestión ha sido tan nefasta, que resulta difícil no pensar que el mundo que hemos creado no es el que debería ser.

—¿Y puede la ficción acercarnos a la comprensión del ser humano o somos finalmente incognoscibles?

Creo que nos comprendemos demasiado bien como seres humanos; ese no es el reto.

—Se lo pregunto porque, como lectora, pero también como escritora, muchas veces me planteo si la literatura es el espejo que refleja el trauma de la vida, si debe serlo...

El objetivo de la literatura siempre ha sido algo difuso, pero su relevancia futura depende de que sea capaz de reflejar no sólo el trauma humano, sino, como sugieres, el de toda la vida. La ciencia ha registrado los sonidos de un glaciar agonizante; los últimos cantos son, naturalmente, trágicos.

La escritora Joy Williams, con uno de sus perros.

La escritora Joy Williams, con uno de sus perros. / EP

—"Debemos llevar nuestra mente al límite de lo que podemos saber, adentrándonos cada vez más en la oscuridad de la ignorancia". Esa cita del libro sugiere que la verdadera comprensión requiere aventurarse más allá de los límites del conocimiento establecido y abrazar lo desconocido.

La fe es asombro, y el asombro aumenta cuanto mayor es el desconocimiento.

—La naturaleza y lo salvaje son venerados en su obra. Los animales, especialmente los perros, son personajes principales en sus relatos. ¿Qué puede decir sobre su conexión con los animales y con la Tierra y qué opina del trato que estos reciben de la sociedad?

La sociedad trata a la Tierra como un vertedero, y a la mayoría de los animales como algo para cazar, erradicar o comer. Soy vegetariana desde hace 50 años y aún me asombra cómo la gente puede elegir consumir seres pensantes. Trump está teniendo algunos problemas con su política de inmigración masiva porque los sectores agrícola y hotelero han señalado que necesitan inmigrantes para trabajar en los mataderos; los mataderos necesitan trabajadores día y noche.

El objetivo de la literatura siempre ha sido algo difuso, pero su relevancia futura depende de que sea capaz de reflejar no sólo el trauma humano, sino el de toda la vida

—Su visión del mundo a menudo se traduce en la página como una comedia, pero brutal y desoladora. ¿Ha cambiado su visión del mundo en las décadas transcurridas desde que empezó a escribir, teniendo en cuenta que su primer libro, 'Estado de gracia', se publicó en 1973?

Creo que se ha vuelto más oscura. Pero en la ficción no debes mostrar tus cartas. Ni tus sentimientos. En la no ficción, sí. Por eso escribir no ficción puede ser perjudicial para el novelista. Es más declarativo. La ficción tiene que ser mucho más sutil y oblicua, y por eso resulta más inquietante y conmovedora.

—En sus relatos no sobra ni una palabra, y sus novelas tienen la misma fuerza. El lenguaje que usan sus personajes es atemporal, pero siempre preciso. ¿Qué importancia tiene para usted el lenguaje, qué papel desempeña en su obra y... en su vida?

En persona soy terriblemente poco elocuente. Escribir me ayuda un poco, al tener que lidiar con las palabras.

—¿Y escribe de forma consciente o la escritura surge de la oscuridad, del subconsciente?

Creo que la buena escritura depende mucho del subconsciente. Es importante que la historia tenga su propia conciencia intuitiva, y esa conciencia intuitiva no se puede cultivar, pero debe ser venerada.

—El cuento podría ser el género ideal hoy en día, debido a la escasa capacidad de atención que tenemos. Pero parece que sigue perdiendo protagonismo en el mundo literario. ¿Qué opina al respecto?

Creo que los cuentos pueden y deben ser tremendamente impactantes. Deberían tener un toque de otro mundo. Y cuanto más cortos, mejor. No sé por qué no se valoran más. Quizá porque muchos no son tan buenos.

—¿Y cuáles son los atributos principales o esenciales del cuento?

Puedo darte una lista de los atributos necesarios que elaboré en su momento: una superficie limpia con mucha inquietud subyacente; un nivel anagógico; oraciones que se sostienen por sí solas con fuerza; una voz interior que transmite su sabiduría; voces interiores que se exteriorizan de forma extraña e impredecible; un control absoluto; el efecto del cuento debe trascender la naturalidad y la accesibilidad de su situación y lenguaje; en la ejecución se requiere cierta frialdad; no es una forma que se preste a la consolación, pero si se ofrece, debe venir de una fuente inesperada.

En persona soy terriblemente poco elocuente. Escribir me ayuda un poco, al tener que lidiar con las palabras.

—Creció en Maine, su padre era pastor y fue hija única. ¿Hubo algún aspecto particular de su infancia que la moldeó como escritora?

Creía que estaba absolutamente sola, una huérfana en este mundo. Lo cual, por supuesto, no era cierto. Me gustaban las historias del 'Nuevo Testamento'. Todo me fascinaba.

—En su precioso ensayo 'Uncanny Singing That Comes from Certain Husks', escribe: "Hay algo malsano y destructivo en todo el proceso de escritura. Los escritores son como eremitas o anacoretas –eremitas o anacoretas natos– que parecen perplejos sobre por qué subieron al polo o entraron en la cueva en primer lugar". ¿Cómo se ve como escritora? ¿Por qué escribe?

Ese texto termina así: "El escritor escribe para servir escribe con la desesperanza de poder servir– no a sí mismo ni a los demás, sino a esa gran y fría gracia elemental que nos conoce". Un escritor que admiro mucho es Don DeLillo. Dije de él en una ceremonia de premios que era como un gran tiburón que se mueve oculto entre nosotros. Bajo el estruendo y la ruina del momento, con una facilidad apocalíptica en los mismos elementos de nuestra psique y de los tiempos que más nos perturban, que más tememos. ¿Por qué escribo? Porque yo también quiero ser un gran tiburón. Otro tiburón, en otra parte del océano. El océano es inmenso.

—En ese mismo ensayo, asegura: "Creo que un escritor no debería hacerse amigo de su obra". ¿Y qué hay de los críticos? ¿Le importan?

Los críticos pueden ser hirientes, sin duda. Uno intentó matarme en 1978, pero el libro ('El hijo cambiado') está teniendo bastante éxito ahora. El análisis crítico es fundamental. A veces pienso que los comités de premios se equivocan más y causan más daño que los críticos.

Pocos estadounidenses están contentos con el comportamiento cruel e impredecible de nuestro país en estos momentos

—Creo que compartimos un profundo amor por Emily Dickinson.

Santa Emily: ella desentrañaba la vida secreta de cada palabra. Y ante la muerte no tuvo miedo.

—En un ensayo para la revista 'Harper’s' titulado 'El genio de Joy Williams', Jonathan Dee la comparaba con James Salter y Denis Johnson. ¿Qué opina de esas comparaciones? ¿En qué autores se inspira para escribir, cuáles de ellos la han traído hasta aquí?

Recientemente he descubierto la obra de Andréi Platónov. Es extraña y conmovedora, con una perspectiva muy particular. También me gustan las obras frenéticas de Vladimir Sorokin y 'El pasajero' de Cormac McCarthy. Además, he estado releyendo una y otra vez la colección de poemas de Jorie Graham 'To 2040'. Es una voz que nunca antes había escuchado, viene de más allá de una puerta oscura y aterradora. Es una verdadera precursora de lo que necesitamos de la literatura ahora. Hemos llegado al final de una gran plenitud y estamos cayendo en un estado de creciente ausencia.

—Para terminar, me imagino a alguien muy pesimista escribiendo una historia sobre lo que está sucediendo ahora mismo en su país… ¿Cómo está sobrellevando usted todo esto, con Donald Trump al frente de EEUU de nuevo?

Sí. Nuestros grandes satíricos parecen haberse quedado mudos. Y, como siempre, nadie quiere escuchar a los agoreros. Creo que pocos estadounidenses están contentos con el comportamiento cruel e impredecible de nuestro país en estos momentos. Quizá los más ricos piensen que todo está bien. Desde el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021, como sociedad, no hemos sido quienes creemos ser. También creo que el apoyo incondicional y obsceno del Gobierno a la masacre de palestinos en la Franja de Gaza por parte de Israel ha dividido a nuestro país mucho más de lo que se ha contado y ha erosionado aún más nuestra moral.

Noventa y nueve cuentos divinos

Joy Williams

Traducción de Albert Fuentes Sánchez

Seix Barral

160 páginas

18,50 euros

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