«¡Qué horror, no se equivocó ni en una sola nota!»

Debussy, retratado alrededor de 1900.
Tomás Camacho
Esa frase, atribuida a Claude Debussy, la escuché hace ya muchos años. Cuentan que este excelente compositor, deseoso de pasar inadvertido, se había sentado en el último anfiteatro de una sala de conciertos parisina para escuchar a una pianista de renombre interpretar sus obras.
Escuchó en silencio, con atención casi dolorosa. Y al concluir el recital, Claude Debussy, máximo exponente del impresionismo musical, de atildadas barbas y semblante amable exclamó:
«¡Qué horror, no se equivocó ni en una sola nota!».
Siguiendo con mi relato sobre Historias de un Músico. Un día, mi maestro nos planteó una pregunta aparentemente sencilla:
–¿Para qué sirve la música?
Nosotros, en nuestra tierna ignorancia, respondimos con frases espontáneas:
–¡Para tocar en las fiestas!
–¡ Para conocer un instrumento!
–¡Para divertirnos!
–¡Yo no sé!
El maestro sonrió y, con franciscana paciencia, nos dio una respuesta que, en ese momento no éramos capaces de comprender:
–La música, –nos dijo ¡Y el arte en general! –subrayó, Sirven, entre otras cosas, para cultivar y desarrollar la parte más razonable, más noble, más bella y más sensible de cada uno de nosotros –y sentenció–, y el que se dedique a ella, tiene por misión transmitir esos valores a los demás. –Y, os diré una cosa: hace ¡muchísimos, muchísimos años! ya los hombres y mujeres de entonces conocían y practicaban la música!
Hoy –prosiguió– imitando a esas personas empezaremos por ¡El Ritmo! Y, señalando el centro del pecho –nos dijo– Poned vuestra mano izquierda sobre el corazón, y escuchad... ¡pon-pon-pon-pon!... Esto es el ritmo de vuestro corazón, y de la vida, pues sin él, no podríamos vivir. Ahora vamos a repetir lo que habéis oído: ¡Coged un lapicero y golpead sobre la silla con él, marcando ese mismo ritmo... ¡pon-pon-pon-pon!... ¡Muy bien! Este es uno de los tres primeros elementos de la música: ¡El ritmo! –Esas mujeres y hombres primitivos, lo descubrieron igual que vosotros. Ahora –dijo– haremos los mismo andando, marcando el ritmo con pasos: ¡pon-pon-pon-pon!.... Y nos pusimos a pasear por la sala. Pues, si observamos a los animales al andar, el viento al silbar, las olas del mar sobre la arena, ¡todo, todo, tiene ritmo!. –Insistía– ¡Probad, probad a escuchar la naturaleza y veréis qué divertido es!
Recuerdo que, si alguno de nosotros fallaba o lo hacía a destiempo –paraba y susurraba lo siguiente–, cuando os equivoquéis o tengáis un error, no debéis preocuparos por ello, eso sí, observad que ha pasado, y porque ha ocurrido el error. De esta manera evitaréis que vuelva a suceder. Pues –continuó– los fallos y errores nos dan la oportunidad de aprender, de mejorar.
–Ahora pasaremos a la Melodía...–Con este método tan peculiar y sencillo nos fue introduciendo en los diferentes elementos básicos de la música–
Como ya mencioné anteriormente, mi maestro poseía una pequeña casa de campo, y cuando se desplazaba a ella, siempre acompañado de su inseparable Parménides –que así llamaba cariñosamente a su burrito, con quien sostenía largos soliloquios–. «Dime, Parménides, tú, que eres bondadoso por naturaleza y amante de lo bello y las cosas sencillas, ¿no crees que la música hace mejores a las personas? Estoy seguro de que piensas que quien la cultiva no puede albergar maldad ni hacer daño a nadie». Y, respondiéndose a sí mismo, concluía: ¡Es imposible que un alma sensible a la belleza sea a la vez malvada o violenta!».
Con el paso del tiempo, he ido comprendiendo cada vez mejor el sentido de estas sabias palabras del maestro.
Desde la soledad de la habitación de un hotel en un país lejano, tras un concierto, que no me dejó del todo satisfecho, vuelven a mí aquellas viejas lecciones de vida.
En este recital –aunque creo haber tocado todas las notas de forma correcta– reconozco que lo hice con cierta rigidez, demasiado pendiente de no errar. Toqué con la mente, pero no con el sentimiento. En mi afán por no fallar, olvidé lo esencial: que la música no es solo exactitud, sino razón y respiración. No es solo precisión, sino también exaltación y emoción.
Recuerdo especialmente el Homenaje a Claude Debussy de Manuel de Falla, incluido en el programa de esa noche. Esta pieza, tan breve y tan cargada de detalles emotivos, no perdona la indiferencia. Si uno se limita a ejecutar las notas, aunque lo haga impecablemente, deja fuera lo esencial: el fraseo, la articulación agógica, el timbre y ese motivo persistente que se alza como un lamento. En definitiva, se pierde el misterio, la tristeza, la espiritualidad y la evocación que Falla plasmó ante la pérdida de su amigo y maestro.
Me faltó atreverme a recrear, jugar con el control, y dejar que la música respirara por sí misma, para que emergiera el verdadero sentido de este perfecto, delicado y profundo Tombeau, un homenaje a Claude Debussy.
Suscríbete para seguir leyendo
- Cambio de rumbo para las cabañas turísticas de Bueu, que salen a la venta
- Davila 09/12/2025
- Las denuncias al presidente de la diputación de Lugo por acoso sexual: «Me dijo que debía acostarme con él si quería ser funcionaria»
- Al menos cinco personas estafadas en el área de Vigo por una oferta de empleo publicada en Milanuncios
- Sandra Osorio, la campeona de España de pesca submarina que aprendió sola en Vigo: «Era un deporte de hombres y nadie quería venir conmigo»
- Vigo cambiará todas las placas de sus calles, pero ¿qué ocurrirá con las que tienen valor histórico?
- Una vecina de Vigo logra cancelar más de 14.500 euros de deuda gracias a la Ley de Segunda Oportunidad
- Los alquileres «por las nubes» se expanden más allá del centro de Vigo: cuatro distritos ya están por encima de los 700 euros de media