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«Y usted, ¿en qué trabaja?»

Encontré cierto sosiego al recordar una máxima sencilla pero contundente que solía repetirme mi maestro: «La música, hijo, no es un trabajo: es una forma de vida»

Invitados bailan el vals en el Teatro de la Opera de Viena.

Invitados bailan el vals en el Teatro de la Opera de Viena. / CHRISTIAN BRUNA / EFE

Tomás Camacho

Corrían los años setenta del siglo pasado cuando, en una de mis primeras giras de conciertos, me sucedió esta situación un tanto melodramática. En una ciudad cuyo nombre ya no recuerdo, ofrecí un concierto. Como era costumbre, asistieron las máximas autoridades civiles, militares y eclesiásticas del lugar. Al finalizar, y siguiendo el protocolo, todos pasaron a saludar al artista.

El encargado de cultura –hombre culto, se suponía– me felicitó con entusiasmo:

-¡Maestro, magnífico concierto!

Sonreí, agradeciendo sus palabras. Pero, sin darme tiempo a saborear el cumplido, añadió con toda naturalidad:

-Y usted, ¿en qué trabaja?

Tras explicarle que me dedicaba a enseñar música en un conservatorio, me fui a la pensión con una sensación agridulce. Por un lado, su comentario me provocaba cierta hilaridad; por otro, me dejaba una incómoda desazón. ¿Cómo era posible que el organizador del acto cultural careciera no ya de conocimientos, sino de la sensibilidad mínima y la aptitud adecuada?

Ya en mi habitación, mientras daba vueltas al asunto, recordaba el programa que había interpretado: incluía la Suite Compostelana de Federico Mompou. ¿Acaso no se dio cuenta aquel individuo de que, para tocar medianamente bien cualquiera de sus movimientos, se requiere destreza y disciplina pero, sobre todo, una profunda introspección para adentrarse en el mundo mágico de las sutilezas sonoras del compositor de la «música callada»?

En esa suite, Mompou se sumerge en lo más profundo y popular del espíritu gallego. El Preludio, íntimo y delicado, de carácter modal y toques impresionistas, comienza con una melodía que cae como gotas de agua sobre una nota persistente –campanela–, evocando con melancolía la fina lluvia de otoño, el orballo. El Recitativo, dentro de su estilo intimo e impresionista, despliega intervalos aumentados y disminuidos que generan atmósferas disonantes y misteriosas. Y la Muñeira final, inspirada en una danza popular de la provincia de Lugo, requiere una notable exigencia técnica: mantener la claridad y la independencia de las voces con las que el autor busca reproducir en la guitarra la sonoridad de una formación tradicional de gaita, pandero y tamboril es un reto que no está al alcance de un diletante.

Tras revivir mentalmente esas músicas y las emociones que me habían acompañado en el escenario, encontré cierto sosiego al recordar una máxima sencilla pero contundente que solía repetirme mi maestro: «La música, hijo, no es un trabajo: es una forma de vida».

Esa noche dormí regular. En ese duermevela, reviví momentos inesperados e inolvidables junto a mi maestro.

Lo primero que soñé fue una de aquellas primeras clases.

Estábamos, entre tímidos y expectantes, en la sala donde solíamos recibir las lecciones. El maestro tomó su flauta y comenzó a tocar. Era una melodía que sonaba a menudo en la radio.

–¿Conocéis esta música? –preguntó–. Levantamos la mano y respondimos al unísono:

-¡Sí!

-Muy bien –dijo, y repitió la pieza varias veces. Luego nos hizo cantarla uno por uno, para indicarnos después cómo lograr que sonara en cada instrumento: flauta, guitarra y saxofón. Lo repitió con paciencia, una y otra vez.

Una vez comprendido el ejercicio, pasó a la teoría. Nos mostró las figuras musicales que contenía aquella canción: negras, blancas y el puntillo, con sus respectivos silencios. Luego las dibujó en la pizarra, sobre una línea recta, en distintos planos –arriba, abajo, más abajo aún–, y teníamos que adivinar si el sonido subía o bajaba, o si una nota duraba más que otra.

La pieza era El Danubio Azul, de Johann Strauss.

Sin solución de continuidad, el sueño avanzó en el tiempo. Habíamos crecido, y ahora había también dos niñas entre los alumnos: Fany, que tocaba el clarinete, y Clara, el violín.

–Chicas y chicos –dijo el maestro–, hoy vamos a formar un grupo de cámara. Se trata de una orquesta en miniatura. ¿Recordáis la orquesta que visitó el pueblo hace algún tiempo? Pues algo así, pero en pequeño.

Entonces, sacando del bolsillo de su inseparable albornoz azul una llave grande y oxidada, se dirigió hacia la puerta misteriosa del fondo. Al cabo de un momento regresó con una partitura enorme, de tapas amarillentas y bordes desgastados por el uso. Nos repartió varias hojas sueltas, con música escrita a mano. ¡Era el vals El Danubio Azul! Sin darnos tiempo, comenzó a marcar el compás con el brazo:

–¡Un, dos, tres... Un, dos, tres...!

–Este es el tiempo del vals –decía–, acentuando ligeramente el primer tiempo de cada grupo.

El sueño continuó, y en él éramos más mayores. Ahora el maestro hablaba con calma:

–Cuando estéis tocando para los demás, no os preocupéis por lo que piensen. Tocad, disfrutad del momento y dejad que cada uno piense según su entendimiento y sensibilidad.

Hizo una pausa y añadió, con una leve sonrisa:

–La ignorancia puede ser muy atrevida, y os encontraréis con personas que trasladan esa ignorancia a aquello que no comprenden.

*Tomás Camacho es profesor y exdirector de los Conservatorios Superior de Música de Vigo y Profesional de Ourense

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